El final del siglo V y el siglo IV a. de C. representaron en la historia de la profesión médica un momento culminante de cotización social y espiritual.

El médico aparece como representante de una cultura especial del más alto refinamiento metódico y es, al propio tiempo, la encarnación de una ética profesional ejemplar por la proyección del saber sobre un fin ético de carácter práctico la cual se invoca constantemente para inspirar confianza en la finalidad creadora del saber teórico en cuanto a la construcción de la vida humana.

La ciencia ética de Sócrates, que ocupa el lugar central en los diálogos de Platón, habría sido inconcebible sin el procedimiento de la medicina.

En todas partes y en todos los tiempos ha habido médicos, pero la medicina griega sólo se convirtió en un arte consciente y metódico bajo la acción de la filosofía jónica de la naturaleza.

La conexión entre el pensamiento médico de las obras de Hipócrates y el estudio de la naturaleza en su conjunto encuentra una expresión grandiosa en la introducción al escrito Sobre los vientos, las aguas y las regiones:

“Quien desee aprender bien el arte del médico deberá proceder así:
en primer lugar, deberá tener presentes las estaciones del año y sus efectos, pues no son todas iguales, sino que difieren radicalmente en cuanto a su esencia específica y en cuanto a sus transiciones.

Asimismo, deberá observar los vientos caliente y fríos, empezando por los comunes a todos los hombres y siguiendo por los característicos de cada región.

Deberá tener presentes también los efectos de las diversas clases de aguas. Éstas se distinguen no sólo por su sabor y por su peso, sino también por sus virtudes. Cuando el médico [usualmente en aquellas épocas, médico ambulante] llegue a una ciudad desconocida para él deberá precisar ante todo la posición que ocupa ante las diversas corrientes de aire y ante el curso del sol..., así como también observar lo que se refiere a las aguas... y a la calidad del terreno...

Conociendo lo referente al cambio de las estaciones y del clima y a la salida y ocaso de los astros... conocerá de antemano la calidad del año...

Puede que alguien opine que todo esto se halla demasiado orientado hacia la ciencia natural, pero quien tal piense puede convencerse, si es capaz de aprender algo, de que la astronomía puede contribuír esencialmente a la medicina, pues el cambio de las enfermedades del hombre se halla relacionado con el cambio del clima”

La asistencia médica en la obra de Platón.

Los temas médicos aparecen frecuentemente en los escritos de los antiguos griegos.
Con gran precocidad el “arte de curar” formó parte del pensamiento y la vida social entre los habitantes de la Hélade, como parte esencialísima de la paideia.

Para entender el papel de la medicina dentro de la antropología platónica debemos recordar que se concibe al hombre como una entidad dual compuesta de cuerpo y alma.

Y que mientras la atención del alma puede cumplirse por medio de la música (República, 376 e), las matemáticas y la filosofía en lo que a su educación y cuidado se refiere, la atención del cuerpo corre a cargo de dos disciplinas, o mejor dicho, dos artes: la gimnástica y la medicina.

Ambas tienden a dos momentos o a dos estados del cuerpo humano:
la gimnástica al momento o al estado sano;
la medicina al momento o al estado enfermo.

Las dos tienen sin embargo un objetivo común: procurar el bienestar del cuerpo.
Mantenerlo en un caso, restituirlo en el otro.

Si a la gimnástica y a la medicina las comparamos con la política, vemos que en ésta hay también dos partes que cumplen con respecto al alma de los ciudadanos funciones idénticas a las que aquellas cumplen con respecto al cuerpo.

Dos disciplinas o artes componen la Política, efectivamente:
a la legislación le corresponde dar las normas para una correcta vida pública;
a la justicia le corresponde restituir la corrección en la vida pública (Gorgias, 464 b).

A estas cuatro formas legítimas del arte (gimnasia, medicina, legislación y justicia) que tienen como objetivo el bienestar del hombre al lograr el de su cuerpo y el de su alma,
les corresponden cuatro formas ilegítimas, en cuyo ejercicio y aplicación se nos destacan más las formas primeras. A la gimnasia –como forma legítima- se la puede sustituir con la cosmética –como forma degenerada-, que intenta dar una ilusión de la belleza corpórea en lugar de la belleza auténtica.

A la medicina, a su vez, se la suplanta con la cocina (Gorgias, 465 a) cuando hacemos que no sea Hipócrates quien ordene nuestro régimen alimentario, sino Sarambó, el bodeguero, Tearión, el panadero, o Miteco, el de la famosa cocina siciliana(Gorgias, 518 b).

De la misma manera como a la legislación se la reemplaza con la sofística y a la justicia con la retórica (Gorgias, 465 a).

Así llega Platón a una definición uniforme de la medicina:

“Es el arte que procura al cuerpo lo que le es conveniente, cuando se ha aposentado en él un estado que no le conviene, la enfermedad”

(República, 341 e).

“Su beneficio particular –como en cada caso lo tiene todo otro arte- consiste, para ella en restituir la salud”

(República, 346 a).

“Y es en este sentido que el arte del médico le procura al hombre el mayor de los bienes, puesto que sin salud, ninguno de los otros bienes le es asequible”

(Gorgias,452 a).

“Así se comprende como hay hombres que, obedeciendo a los médicos, sufran curaciones dolorosas y beban remedios desagradables, pues los impulsa como única causa el recuperar la salud”

(Gorgias, 467 c).

“Todo esto define a la medicina con un objetivo independiente, pues es la ciencia de la salud y de la enfermedad”

(Cármides, 171 a).

A través de textos distribuídos en diversos diálogos -Gorgias, Cármides, República, Político, Timeo y Leyes- Platón nos muestra un cuadro muy completo de lo que fue en las ciudades griegas el ejercicio de la medicina.

Tal como fue la estructura social de la polis clásica ésta asistencia se desmembró en tres modalidades:
el tratamiento de los esclavos,
la asistencia médica a los hombres libres y ricos,
el cuidado terapéutico de los enfermos libres y pobres.

A)El esclavo enfermo.

El tratamiento médico de los esclavos en la Atenas platónica aparece magistralmente descripto en las Leyes:

“Ocurre aquí lo mismo que con los médicos: éste tiene una manera de curarnos; el otro tiene otra manera de hacerlo. Recordemos, pues, los dos sistemas, para presentar luego nuestra demanda al legislador, como si fuéramos niños que ruegan a su médico los cure de la manera más suave posible.

Hay, pienso, médicos y servidores de médicos, a los que también llamamos médicos...

Pueden (los médicos) ser, pues, ya libres, ya esclavos, y en este caso adquieren su arte según las prescripciones de sus dueños, viéndoles y practicando empíricamente, pero no según la naturaleza, como los (médicos) libres por sí mismos lo aprenden y lo enseñan a sus discípulos...

Y siendo los enfermos en las ciudades unos libres y otros esclavos, a los esclavos los tratan por lo general los esclavos, bien corriendo de un lado para otro, bien permaneciendo en sus consultorios; y ninguno de tales médicos da ni admite la menor explicación sobre la enfermedad de cada uno de esos esclavos, sino que prescribe lo que la práctica rutinaria le sugiere, como si estuviese perfectamente al tanto de todo y con la arrogancia de un tirano, y pronto salta de allí en busca de otro esclavo enfermo, y así alivia a su dueño del cuidado de atender a tales pacientes”

(Leyes 720 a c).


Platón
aquí nos informa ampliamente y con gran penetración sobre el tratamiento médico de los esclavos griegos que difería esencialmente del que en Atenas recibían los hombres libres y destaca en ese tratamiento:

1)A los esclavos no los atendían por lo común médicos propiamente dichos formados en las escuelas médicas de Cos, Cnido, Cirene o Sicilia, sino toscos empíricos que al lado de algún médico, casi siempre como esclavos suyos, habían aprendido la rutina externa del arte de curar.

2)La comunicación verbal entre el terapeuta y el paciente era mínima.

De acuerdo con lo que acerca del ser del esclavo se pensó en la Grecia clásica, la medicina que con él se practicaba era una suerte de “veterinaria para hombres”.

3)Casi nula era, por tanto, la individualización del tratamiento.

El enfermo quedaba sometido sin discriminación al rasero igualitario de la norma general;
y a la manera de un tirano,

“como un hombre orgulloso e ignorante, que a nadie consiente hacer nada contra su propio dictamen, ni deja que nadie le pregunte”

Político, 294 c),
el terapeuta trataba rudamente de gobernar con sus prescripciones el curso de la naturaleza.

No es de extrañar la gran afluencia de población a los templos de Asclepio en busca de alivio.

“Donde no hay recompensa, no hay arte”

dice irónicamente el aldeano Cremilo en el segundo Pluto de Aristófanes.

Su pobreza le impide contratar los servicios técnicos de un médico verdadero y le obliga a llevar a Pluto al templo de Asclepio.

Como sigue sucediendo aún hoy, la inagotable fe supersticiosa ocupaba entonces el lugar de la lúcida confianza en la medicina científica.

B)El enfermo libre y rico.

Bien distinta era la conducta del terapeuta en el caso de los enfermos libres y ricos. También estos recurrían a la incubación (dormir en el suelo) en el templo ya que seguía viva en sus almas la fe en la virtud sanadora de los dioses.

Pero cuando se buscaba la genuina asistencia médica la individualización más exquisita del tratamiento se constituía en norma principal del asclepíada.

¿Por qué el tema de la asistencia médica despierta tan profundamente el interés de Platón?.

El problema de la ley justa y eficaz aparece con frecuencia en los diálogos de la madurez y senectud del filósofo.

“Las desemejanzas entre los hombres y entre los actos, y el hecho de que nada entre las cosas humanas goza jamás, por así decirlo, de fijeza –enseña el Extranjero del Político-, no permiten que un arte, sea el que sea, imponga en cuestión alguna un principio valedero para todos los casos y para todo tiempo”

(Político 294 b).

Esto es justamente lo que hace la ley cuando sus preceptos tienen validez general.

El saber hacer del hombre llega a ser “arte” cuando procede según principios y normas de carácter general.

La “ley” (nomos) a su vez, sólo es de veras eficaz, suponiendo que sea justa, cuando el legislador es capaz de aplicarla general y coactivamente (Político, 296-297).
El problema de la relación entre nomos y physis se convierte en una cuestión doble: la relación mutua entre la ley y el arte, la posible perfección de sus operaciones respectivas.

Según Platón, en el caso del arte de curar se lograría la perfección, individualizando razonablemente el diagnóstico y el tratamiento del enfermo.

De los textos platónicos se desprende que se procuraba alcanzar esa meta merced a tres recursos técnicos, que Laín Entralgo denomina:
ilustración, persuasión y adecuación biográfica.

La ILUSTRACIÓN del enfermo por parte del médico tenía fines diagnósticos y terapéuticos.

Cuando cuida a hombres libres, el médico libre, dice Platón en las Leyes,

“conferenciando con el enfermo y con los amigos de éste, aprende por sí algo de los enfermos, y por otro lado instruye en la medida de su capacidad al enfermo mismo”

Leyes 270 d).

Y continúa, más explícito:

“Si algún médico de los que practican el arte de curar empíricamente –esto es: uno de los esclavos empíricos- sorprendiese a otro médico de condición libre en conversación con un enfermo también libre, sirviéndose en ella de argumentos punto menos que filosóficos, tomando la enfermedad desde su principio y remontándose a considerar la entera naturaleza de los cuerpos, pronto se reiría a carcajadas y no diría otras palabras que las que siempre tienen a flor de labio la mayor parte de esos pretendidos médicos:
Insensato, no estás curando al enfermo; lo que en fin de cuentas haces es instruirle, como si él quisiera ser médico y no ponerse bueno”

(Leyes 857 c d).

Queda claro: el médico libre trata al enfermo libre ilustrándole acerca de su enfermedad y utilizando tal empeño para la perfección de su diagnóstico.

En el escrito hipocrático “de prisca medicina” se aconseja a los médicos:

“Los discursos y las pesquisas de un médico no tienen otro objeto que las enfermedades de que cualquier hombre enferma y que cualquier hombre padece.

Sin duda, los ignorantes en medicina no pueden saber en sus enfermedades propias, ni cómo éstas nacen y terminan, ni por qué causas crecen y disminuyen;
pero si los que han descubierto estas cosas se las explican, les será fácil instruirse en ellas; porque entonces no se tratará más que de recordar, escuchando al médico, lo que ellos mismos han experimentado.

Si el médico no llega a hacerse comprender de los profanos y si no pone a sus oyentes en ésta disposición de espíritu, no alcanzará (a conocer) lo que las cosas son”

(L. I, 572-574).

La concordancia entre el saber del médico y la intelección que el enfermo hace de sí mismo cuando su mente ha sido ilustrada por la palabra de aquél, era para el asclepíada hipocrático firme criterio de verdad.Tal aserto sigue fundamentando la praxis del clínico actual.

Desde un punto de vista terapéutico, la ilustración del enfermo por el médico sirvió en la práctica hipocrática para acrecentar la confianza en el terapeuta.

Pero el recurso supremo para suscitar tal confianza – y, por tanto, para individualizar terapéuticamente la relación entre el paciente y su médico-, fue, según Platón, la PERSUASIÓN VERBAL.

El buen médico no prescribe nada al enfermo

“mientras no le ha convencido (de la eficacia de su tratamiento);
y solo entonces, teniéndole ya ablandado por la persuasión, trata de llevar a término su obra restituyéndole la salud”(

Leyes, 720 d).

Esto mismo había enseñado muchos años antes el ejemplar discípulo de Zamolxis que en Potidea descubrió a Sócrates la eficacia terapéutica de los “bellos discursos”:

>“el terapeuta

–dijo a Sócrates ese médico tracio-

no debe emplear sus fármacos si el enfermo no le ha presentado previamente el alma para que él la trate mediante los “bellos discursos”

(Cármides, 157 b).

Con otras palabras, mientras el paciente no haya sido convenientemente persuadido, mediante oportunos discursos, de que esos fármacos poseen eficacia terapéutica real.

En el libro Gorgias, o de la retórica dirá el mismo Gorgias:

“Si tú supieras Sócrates, que en cierto modo tiene en sus manos la retórica todos los poderes!
Y de ello voy a darte una prueba convincente.
Muchas veces he ido con mi hermano o con otros médicos a casa de enfermos que se negaban a beber un medicamento o a dejar que se les practicase un corte o una cauterización; el médico no pudo persuadirlos, y yo lo conseguí sin

emplear otros medios que la retórica”. (Gorgias 456 b).

Y en El Encomio de Helena, Gorgias será taxativo: “La palabra es un poderoso soberano, que con un pequeñísimo y muy invisible cuerpo realiza empresas absolutamente divinas.
En efecto, puede eliminar el temor, suprimir la tristeza, infundir alegría, aumentar la compasión.

Las sugestiones inspiradas mediante la palabra producen el placer y apartan el dolor.

La fuerza de la sugestión adueñándose de la opinión del alma, la domina, la convence y la transforma como por una fascinación.

Dos artes de fascinación y de encantamiento han sido creadas, las cuales sirven de extravío al alma y de engaño a la opinión.

...Pues la fuerza de la persuasión... es imposible de resistir y por ello no da lugar a censura, ya que tiene el mismo poder que el destino.

En efecto, la palabra que persuade el alma obliga necesariamente a esta alma, que ha persuadido, a obedecer sus mandatos y a aprobar sus actos.

Por tanto, el que infunde una persuasión, en cuanto priva de la libertad, obra injustamente, pero quien es persuadida, en cuanto es privada de la libertad por la palabra, sólo por error puede ser censurada.

...Y la misma proporción hay entre el poder de la palabra respecto a la disposición del alma que entre el poder de los medicamentos con relación al estado del cuerpo.

Así como unos medicamentos expulsan del cuerpo unos humores y otros a otros distintos, y unos eliminan la enfermedad y otros la vida, así también unas palabras producen tristeza, otras placer, otras temor, otras infunden en los oyentes coraje, otras mediante una maligna persuasión emponzoñan y engañan el alma”.

En el Fedro, o de la belleza se dirá:

“La ciencia médica tiene, en cierto modo, el mismo carácter que la retórica.

En ambas hay que analizar una naturaleza: la del cuerpo en la una, la del alma en la otra, si se quiere recurrir no solo a una rutina y a una práctica, sino a una técnica, para suministrar al cuerpo medicinas y alimentos y producir así en él la salud y la fuerza, y al alma, ideas y ocupaciones justas para transmitirle la convicción y la virtud que se desea. (Fedro 270 b).

La individualización del tratamiento alcanzará su cúspide por obra de la persuasión verbal:

ésta hace que el enfermo acepte la indicación del terapeuta con la certidumbre objetiva y subjetiva de que esa indicación es realmente “para él”

La palabra del médico hace cualitativa y según el alma una individualización del tratamiento que de otro modo no sería sino cuantitativa y según el cuerpo.

“Aquella prescripción tiránica de que hablábamos y que comparábamos a las prescripciones de los médicos que llamamos serviles, no es, según esto, sino ley pura; y lo manifestado antes de ella, eso que éste (Megilo) ha llamado lo suasorio, siendo como es realmente persuasivo, tiene el mismo carácter que un exordio en relación con un discurso”

(Leyes, 722 e-723 a).

La oportuna persuasión mediante un “bello discurso” hace suaves la ejecución del tratamiento médico y la obediencia a la ley (Leyes 720 a).

Aceptando como justo el texto legal, el ciudadano queda en sí y por sí mismo obligado a lo que la ley impone y así procura demostrarlo Platón.

“Si un médico, sin intentar persuadir a su paciente, pero realmente impuesto en su arte, obliga a un niño, a un hombre o a una mujer a que cumplan la norma mejor, ¿cual será el nombre de esa imposición?.

¿No será cualquier cosa antes que el llamado error pernicioso contrario al arte?.

Y quien sufra tal imposición, ¿no estará acaso en el derecho de afirmarlo todo, salvo que ha sufrido tratamientos perniciosos e inhábiles por parte d los médicos que se los impusieron?”

(Político, 296 b-c).

La ilustración y la persuasión del enfermo ganan su máxima eficacia individualizadora merced a la ADECUACIÓN BIOGRÁFICA del tratamiento.

“No sólo pueden ser beneficiosos para unos cuerpos y perjudiciales para otros un mismo ejercicio y un mismo remedio

(Leyes 636 a-b);

también sucede que una prescripción dietética o terapéutica, buena en determinada ocasión de la vida, no lo sea tanto en otra”.


Aristóteles
le recuerda a los griegos:

“Los médicos en Egipto

–escribe en su Política (1286 a)-

pueden apartarse de las prescripciones generales al cuarto día del tratamiento, y antes por su cuenta y riesgo.
Es evidente, pues que el régimen fundado en disposiciones escritas y leyes (válidas, por tanto, coactivamente y sin discriminación de personas y tiempos) no es el mejor”.

Sin una exquisita adecuación del tratamiento a la individualidad y a la biografía del paciente, no podría lograr su perfección el arte de curar.

Pero una asistencia médica excesivamente individualizada, atenta a la más leve dolencia y a la más tenue peculiaridad de la constitución y la biografía del enfermo, ¿es realmente deseable?.
¿No será, por último, indigna y perjudicial?

Así lo cree Platón:

“¿No te parece vergonzoso

- dice Sócrates en la República-

el necesitar de la medicina, no cuando nos obligue a ello una herida o el ataque de alguna enfermedad epidémica, sino por estar, a causa de la molicie o de un régimen de vida (tan vicioso) como el descripto, llenos, tal que pantanos, de humores o de flatos, obligando a los ingeniosos asclepíadas a poner a las enfermedades nombres como flatulencias y catarros?”

(III, 405 c-d).

Frente a la medicina que Platón juzga sana y tradicional, solo atenida a las enfermedades que por azar surgen en la vida del paciente, el artificio y la molicie de los hombres han construído una terapéutica “pedagógica”, cuya norma es seguir día a día el curso vital del paciente, a la manera que el pedagogo va siguiendo los pasos del niño que cuida.
Heródico de Selimbria habría sido su inventor:

“Heródico de Selimbria, que era profesor de gimnasia y perdió la salud

-escribe Platón-

compuso una mixtura de gimnástica y medicina, y comenzó a torturarse a sí mismo para seguir después torturando a los demás...

Por no ser capaz de sanar su enfermedad, que era mortal (esto es: incurable) se dedicó a seguirla paso a paso y continuó durante toda su vida sin otra ocupación que la de cuidarse, sufriendo siempre ante la idea de salirse lo más mínimo de su régimen acostumbrado; y así consiguió llegar a viejo, muriendo continuamente en vida por culpa de su propia ciencia”.

(República III, 406 a-b).

Ocioso será decir que son las personas ricas las únicas que pueden permitirse el lujo de utilizar para su propio cuidado esta minuciosa y exigente “terapéutica pedagógica”

“Cada ser viviente

–dice un significativo pasaje del Timeo-

nace llevando consigo una duración asignada por el destino, no contando las enfermedades por necesidad (ananké)... Y lo mismo acaece en cuanto a la composición de las enfermedades.
Si mediante fármacos se pone fin a la enfermedad antes del término fijado por el destino, de ordinario nacen entonces de las enfermedades leves enfermedades graves, y de enfermedades en pequeño número gran copia de enfermedades.
Por lo cual todas las cosas de este género deben ser gobernadas
-educadas- en la medida que para ello haya holgura, y no conviene irritar, tratándolo con fármacos, un mal caprichoso”.

(Timeo, 89 b-c).

Tres afirmaciones hace Platón:
que los tratamientos enérgicos e intempestivos pueden ser perjudiciales;

que la “terapéutica pedagógica” –suave unas veces, menos suave otras, cuidadosamente atenta siempre a la peculiaridad individual y al curso vital del paciente- es la procedente en las enfermedades crónicas;

y por último, que tal método terapéutico no es posible sin cierta holgura del enfermo, porque sólo abandonando sus quehaceres habituales podrá éste consagrarse a los que le imponga el tratamiento; lo cual, como es obvio, pide que dicha “holgura” sea económica.

“Del rico

– enseña la República –

podemos decir que no tiene a su cargo una tarea cuyo abandono forzoso le haga intolerable la vida”

(III, 407 a);
y es evidente que la “terapéutica pedagógica” requiere del paciente –aparte los honorarios del médico y el pago de los remedios que éste prescriba – muy amplia disponibilidad de tiempo libre: ocio.

Sólo el rico puede comprar tiempo propio y tiempo ajeno.

Toda la axiología social del mundo griego
–alta estimación del ocio, subestimación de la faena servil, exigencia ética de emplear el ocio para la propia perfección individual y estética y en última instancia al servicio de la polis – se halla presente en esa breve frase de Platón.

C)El enfermo libre y pobre.

Entre la impersonalizada y “tiránica” asistencia médica a los esclavos y el tratamiento curativo y dietético de los hombres libres y ricos, tan exquisitamente individualizado, se hallaba el cuidado “resolutivo” que en los casos de enfermedad recibían los hombres libres y pobres.

Así dice Sócrates en la República:

“Cuando está enfermo un carpintero, pide al médico que le dé un medicamento que le haga vomitar la enfermedad, o que le libere de ella mediante una evacuación por abajo, un cauterio o una incisión.
Y si le va con las prescripciones de un largo régimen, aconsejándole que se cubra la cabeza con un gorrito de lana y haga otras cosas por el estilo, pronto saldrá diciendo que ni tiene tiempo para estar malo ni vale la pena vivir de ese modo, dedicado a la enfermedad y sin poder ocuparse del trabajo que le corresponde.
Y muy luego mandará a paseo al médico y se pondrá a hacer su vida corriente;
y entonces, una de dos: o sanará y vivirá en lo sucesivo atendiendo a sus cosas o, si su cuerpo no puede soportar el mal, morirá y quedará así libre de preocupaciones”

(República III, 406 d-e).

Tan expeditivo proceder terapéutico tiene para Platón una evidente justificación social:

“He ahí –dice Glaucón comentando las palabras antedichas- el género de medicina que parece adecuado para un hombre de esa clase”

(406 e).

Según Platón, ese modo de tratar a los enfermos es el que conviene al bien de la polis, y por tanto, el objetivamente preferible.

Aristóteles después dirá:

“En toda ciudad, hay tres elementos:
los muy ricos,
los muy pobres y, en tercer lugar,
los intermedios entre unos y otros;
y puesto que hemos convenido que lo moderado y lo intermedio es lo mejor, es evidente que también cuando se trata de la posesión de los bienes de fortuna es la clase intermedia la mejor de todas, porque es la que más fácilmente obedece a la razón”

(Político, 1295 b).

Resumimos el pensamiento platónico acerca de la asistencia médica:

1)Fuesen ricos o pobres, el tratamiento de las enfermedades agudas de los hombres libres era en la Atenas platónica aproximadamente igual en todos los casos.

2)Con su personal destreza y eficacia, más o menos apoyado en el recurso subsidiario de la persuasión verbal, el médico empleaba su arsenal terapéutico, fármacos, dieta o incisiones para acabar cuanto antes con el accidente morboso.

3)Las enfermedades crónicas, en cuya causalidad tanta parte tiene el habitual régimen y estilo de vida del paciente, exigen recurrir al método terapéutico individualizador y biográfico por excelencia: el que Platón llama “pedagógico”.

De este método se puede hacer un uso recto y un abuso.

Lo usan rectamente los médicos que saben “gobernar” o “educar” los estados de enfermedad según las clara reglas apuntadas en el Timeo.

Abusan de la “terapéutica pedagógica” los médicos y los enfermos caricaturizados en la República.

4)El empleo abusivo del método “pedagógico” – y, por lo tanto, la excesiva individualización somática y biográfica de los tratamientos- es perjudicial y debe ser proscrito en una polis que aspire a la perfección, y más aun, cuando se trate de educar a los futuros gobernantes (412 a).

La existencia individual del enfermo así tratado adquiere rasgos de nocividad. Mas que vivir, el paciente así tratado camina hacia su vejez

“muriendo continuamente por causa de la ciencia”.

Porque, como enfáticamente sostiene Platón, la vida de quien no pudiera dedicarse a la ocupación que le es propia

“no valdría la pena de ser vivida”.

(407 a).

Todavía son más fuertes las razones atinentes al bien de la polis.

El excesivo cuidado del cuerpo

“constituye un impedimento para la administración de la casa, el servicio militar o el desempeño de cualquier cargo fijo en la ciudad.

Y lo que es peor todavía, dificulta toda clase de estudios, reflexiones y meditaciones, porque se teme constantemente sufrir jaquecas o vértigos, y se cree hallar la causa de ellos en la filosofía;
de manera que es un obstáculo para cualquier ejercicio y manifestación de la virtud, pues obliga a uno a pensar que está siempre enfermo y a atormentarse incesantemente, preocupado por su cuerpo”

(407 b-c).

... la vida de cada ciudadano debe cumplir su destino “político” venciendo enérgica y abnegadamente la tentación que para los débiles constituyen el cuidado del propio cuerpo y la atención constante al propio derecho: quienes no se ocupan sino en pleitear y quienes viven pendientes del médico son igualmente nocivos para la polis” (405 a-d).

“En toda ciudad bien regida –dice Platón- le está destinada a cada ciudadano una ocupación a la cual por fuerza ha de dedicarse, sin que nadie tenga tiempo para estar toda la vida enfermo y cuidándose”

(406 c);

y esto es tan cierto en el caso de los artesanos como en el de las personas ricas, porque la continua “dedicación a las enfermedades” impide la práctica de la areté [virtud] (407 a-b) tanto como pueda impedir el ejercicio de la carpintería.

Hay más argumentos pensando en el bien común.

Quienes exigen para sus propios cuerpos los cuidados de una terapéutica desmedidamente “pedagógica”, contratan sólo para sí los servicios de un médico que podría y debería atender a otros muchos enfermos.

“¿Cómo podría darse jamás, dice el Extranjero en el Político, alguien capaz de permanecer toda su vida frente a uno solo, dictándole con precisión la norma que le conviene?”

(295 b).

Platón propone para su ciudad perfecta dos instituciones complementarias:
una judicatura compuesta por ancianos virtuosos y conocedores de la vida (409 b-c); y un cuerpo médico

“que cuide de los ciudadanos de buena naturaleza anímica y corporal, pero que deje morir a aquellos cuya deficiencia radique en sus cuerpos y condene a muerte a quienes tengan un alma naturalmente mala e incorregible”

(409 e, 410 a).

De ahí la conducta de Asclepio, tan buen médico como buen político cuando fundó el arte de curar, o el proceder terapéutico de sus hijos Macaón y Podalirio en el ejército sitiador de Troya.

Asclepio

“dictó las reglas de la medicina para su aplicación a aquellos que, teniendo sus cuerpos sanos por naturaleza y por obra de su régimen de vida, han contraído determinadas enfermedades; y quiso hacerlo únicamente para estos hombres y para los que gocen de tal constitución, a los cuales, para no perjudicar los intereses de la comunidad, deja seguir el régimen ordinario, limitándose a librarles de sus males por medio de fármacos e incisiones.

En cambio, con respecto a las personas crónicamente minadas por males internos, no se consagró a prolongar y amargar su vida con un régimen de paulatinas evacuaciones e infusiones”

(407 c-e).

Con más precisión: Asclepio ideó y enseñó a sus hijos (408 a-c) el método terapéutico “resolutivo”; y si se abstuvo de practicar y de transmitir a sus descendientes el método que más tarde habría de inventar Heródico de Selimbria –la terapéutica “pedagógica”- no fue por ignorancia o por inexperiencia, sino porque sabía dar al bien de la polis toda la importancia que éste realmente tiene (406 c).

El buen médico, decía brutal y expeditivamente un apotegma lacónico que recuerda Plutarco, no es el que pudre lentamente a sus enfermos, sino el que los entierra cuanto antes.

Individualizado y robustecido por la ilustración y la persuasión, el método “resolutivo” es para Platón la terapéutica ideal y la parte verdaderamente “divina” del arte de curar.

El método “pedagógico”, en cambio, sería pura invención de los hombres y consecuencia del desorden moral de la ciudad, lacra de una polis en que los ricos, olvidados de la virtud antigua e incapaces de renovarla por su razón, viven atenidos viciosamente a los placeres y las molestias de sus propios cuerpos.

Por último, en La República, o de la Justicia puntualizará Platón:

”¿Qué dirás a esto Sócrates? ¿No es preciso disponer de buenos médicos en la ciudad? Serán estos, sin duda, aquellos que hayan tratado a más personas sanas y enfermas, al modo como se considera buenos jueces a los que han juzgado a personas de los más diversos caracteres.

... serán los médicos más diestros todos aquellos que, además de dominar a fondo el arte médica, hayan tratado desde jóvenes el mayor número posible de cuerpos mal constituídos y hayan sufrido también en sí mismos, por no gozar de una naturaleza robusta, toda clase de enfermedades.

Porque, a mi entender, no es con el cuerpo como curan el cuerpo (en cuyo caso no podrían estar enfermos ni llegar a estarlo nunca) sino con el alma, la cual, si no disfruta de salud, no será capaz de curar nada.

(República 408 d).

Ricardo Sardi