La Coctelera

Categoría: Biografías

Recordando al Maestro

A los 10 años de su muerte
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Viktor Emil Frankl: un Job contemporáneo


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El Dr. Viktor E. Frankl
y el autor de

la nota Dr. Ricardo J. Sardi


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.................................................................Nota Editorial diario "los Andes, Mendoza 20/10/82


.......A los 92 años de edad ha fallecido en Viena el 2 de septiembre el creador de la logoterapia (Psicología del sentido de la vida), denominada la Tercera Escuela Vienesa de Psicoterapia, después del Psicoanálisis de Sigmund Freud y de la Psicología Individual de Alfred Adler.......................-

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Nacido en 1905. Tempranamente orienta su vocación por los temas humanísticos y existenciales, comenzando una relación epistolar con Freud, a quien envía un trabajo científico sobre el origen psíquico de la mímica de afirmación y negación. Esta colaboración la encuentra Freud con la suficiente consistencia como para recomendar su publicación en la revista Internacional de Psicoanálisis en el año 1924. Frankl tenía 19 años.


Estudia medicina, colabora con A.Adler y en 1929 sienta las bases de su método analítico existencial. Se recibe de médico en 1930. Se especializa en Neurología y Psiquiatría- Cuando comienza la persecución antisemítica, es internado en campos de concentración, junto con su esposa Emmy Grosser(Tilly), embarazada y forzada a abortar, corriendo la misma suerte su padre Gabriel, su madre Elsa LLon, su hermano Walter y su cuñada.


Su hermana Estela había escapado a Australia. Toda su familia excepto ella, fallecen en el holocausto.


De tal modo relata que cuando es liberado y retorna a Viena "nadie me está esperando"


"Experimentum cruci" denomina las vivencias de su internación en el Lager que destila en un texto publicado con el título de "Un psicólogo en el campo de concentración", que en sus primeras ediciones en vez de nombre del autor lleva un número, el 119.104, el número de prisionero de guerra de Frankl. Me decidí a publicarlo en forma anónima, porque quise ser libre para hablar sin ninguna inhibición". Es un testimonio que ahora se encuentra editado por Herder como "El Hombre en busca de sentido", destacándose reveladoramente en él ni un asomo de afán revanchista, ni encono odioso ni resentimiento vengativo. Es asombroso comprobar lo que la lectura de ese libro produce en muchas personas, verdaderas metanoias, reforzando la convicción que existe la llamada "auto-biblio-logoterapia" fenómeno ampliamente investigado por el maestro Javier Estrada, quien llegó a entrevistar al propio Frankl inquiriendo por la fuerza que su autor dictó de corrido, sin pausas, mientras tres mecanógrafos se turnaban en escribir. De ese libro, cuando el matrimonio Frankl visitó a Karl Jaspers en Suiza comentó el gran filósofo: "ese librito suyo, Dr. Frankl; es uno de los grandes libros de la humanidad".

La logoterapia no se origina en los campos de concentración, pero sí obtiene en ellos su convalidación.


Las tesis Franklianas tienen una dramática confirmación que la vida del hombre tiene sentido aún en las situaciones más extremas, más difíciles, más aniquilantes, en las llamadas por Jaspers situaciones límites.


Hasta el momento de exhalar su último suspiro, insiste Frankl, el hombre decide lo que es.


Producida su liberación en 1945, de regreso de haber sido un testigo viviente de lo peor que es capaz de hacer el hombre (sólo sobrevivió 1 de cada 29 internados en los campos) que había enfrentado con la firme determinación de "no me arrojaré a la alambrada electrificada", incluso "una vez estuve delante de Eichmann cara a cara y otra vez delante de Mengele mirándolo a los ojos", retoma su trabajo como médico, publica libros y en 1947 se casa con Eleonore Schwindt(Elly), su matrimonio ecuménico donde nacerá su hija Gabriele.


También fue de los primeros en advertir sobre las neurosis colectivas y sobre los peligros crecientes que acechan a la humanidad,


Así terminó una de sus conferencias: “Desde Auschwitz ya sabemos de lo que el hombre es capaz. Desde Hiroshima ya sabemos lo que está en juego”.


En 1954 visita la República Argentina por primera vez, invitado por César Castillo, Jorge David y Acevedo Sojo sorprendiéndose por el conocimiento y difusión en el país de la logoterapia, retornando varias veces, porque tal como le gustaba decir “ Es donde mejor me siento comprendido”. Se forma en ese año la primera Sociedad Argentina de Logoterapia Existencial con la presidencia de Frankl.


En 1986 llega a Mendoza para presidir el Primer Congreso Argentino de Logoterapia, con su esposa Elly, de quien se dijo que era el calor que acompaña a la luz, y como buen montañés, viniendo del aeropuerto y mirando los cerros, me preguntaba ávidamente si se podía ver el Aconcagua desde la ciudad.


En ocasión de recibir por parte del intendente Rivera la designación de Ciudadano ilustre, declara a Mendoza “Capital de la Logoterapia Argentina”, donde recibe varias distinciones y los doctorados Honoris Causa de cuatros universidades (fue doctorado de casi treinta universidades del mundo). La reciprocidad de esa estimación se aprecia en carta a O. Lazarte del 21/12/83: ”Es preciso que los argentinos lleven (al IV Congreso Mundial de Logoterapia) el fresco viento de Latinoamérica.

Era una personalidad curiosa y multifacético; así como había escrito una obra de teatro, distendido y risueño en casa de Juan Alberto Etcheverry pidió un órgano electrónico y nos regocijó ejecutando tangos, incluso uno de su autoría. Gustaba de hacer caricaturas, practicaba alpinismo y era piloto de avión.


En lo que se sentía frustrado: en no haber podido escribir nunca un salmo, y se consolaba diciendo que era psiquiatra y no salmista.


El rezumado más sintético que daba de la logoterapia era que consistía en una educación para la responsabilidad. En Porto Alegre, en 1984 decía que ya existía una estatua de la Libertad en EE.UU. y que faltaba construir una estatua de la Responsabilidad en algún lugar de Latinoamérica.


Ella Mayer, a quien entreviste personalmente, había sido compañera de barraca en prisión de la esposa de Frankl, Tilly, y me refería que siempre aseguraba que su esposo iba a sobrevivir “porque el no tiene hambre de acá (tocándose el estómago) sino que tiene hambre de acá (tocándose la cabeza).


Toda su existencia fue consagrada al servicio de los demás y sintetizó su vida y su teoría de un modo que marcó derroteros permanentes para los que hemos sido sus seguidores.

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“He encontrado el sentido de mi vida ayudando a los demás a encontrar el sentido de las suyas”.



En él creo que se confirma lo que afirma Bergson: ” Hay vidas que por si mismas constituyen un llamado.”

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......Dr. Ricardo Sardi

La conquista de la fiebre amarilla

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Finlay, el sabio olvidado

El origen de la fiebre amarilla aún es objeto de controversias. Algunos creen que esta enfermedad apareció en México en el siglo XV, otros, que se describió en el África ya en 1585.

Recordemos que esta enfermedad se ha conocido con no menos de 152 nombres a lo largo de su historia.

Los escritos del Dr. Benjamín Rush y otros autores relativos a la epidemia que azotó Filadelfia en 1793 describen dramáticamente sus terribles efectos.

Otros puertos de EE. UU. también fueron afectados en el siglo XVIII. Ciudades del Caribe, y de la América Central y del Sur, periódicamente sufrían epidemias devastadoras, que también llegaban a las playas de España, Portugal y Francia.

Esta peste era endémica en la Isla de Cuba. Apareció por primera vez en La Habana en 1649, provocando alta letalidad y la muerte de los médicos Estela, Gutiérrez y Sandoval. En 1878, las estadísticas refieren 1,599 defunciones por fiebre amarilla y en los 10 años de guerra por la Independencia de la Isla –entre 1868 y 1879- fallecieron en La Habana 92.231 individuos, de los cuales 11.603 lo fueron por fiebre amarilla.

Este azote contribuyó a la formación de los EE. UU., ya que obligó a Napoleón a ceder la Luisiana después que perdió nueve décimas partes de su fuerza expedicionaria en Santo Domingo, en 1802.

La fiebre amarilla o “vómito negro” como se la llamaba, derrotó mayor número de expediciones, ya fuesen españolas, francesas o inglesas, en el Nuevo Mundo, que las acciones militares. Las cifras de mortalidad eran pavorosas. Todos los esfuerzos hechos en el Continente para desterrar el azote amarillo seguían fracasando. Los sabios más famosos de la época, entre ellos el gran Pasteur, no pudieron arrancar a la fiebre amarilla su terrible secreto. Una de las mayores dificultades encontradas en la lucha contra este mal era la falta de conocimientos respecto a su mecanismo de transmisión.

El Dr. Rush creía que la epidemia de Filadelfia de 1793 se había originado en las emanaciones de un cargamento de café que se pudría en los muelles. En 1797 anotó el hecho de que un paciente desarrolló la enfermedad después de fumar un cigarro, y también que la dirección de los vientos parecía tener alguna influencia sobre el número de víctimas.
El concepto de que los insectos pudiesen participar en la difusión de las enfermedades alcanzó aceptación con muchas resistencias. El Obispo Knud de Dinamarca mencionó esta posibilidad en 1498 en su “De Regimine Pestilentico”.

Ambrosio Paré se refirió a la influencia morbosa de las moscas en los campos de batalla. La primera comunicación científica que estableció que los insectos podían intervenir en la transmisión de algunas enfermedades fue publicado por el Dr. Patrick Manson en 1880, en la que reveló que el mosquito es el huéped intermediario de la filariasis.

En 1894 Manson dio a conocer sus teorías al Mayor Ronald Ross, del ejército británico; dos años más tarde, en la India, Ross determinaba la participación de la hembra de algunos anofeles en el ciclo vital del parásito del paludismo.

Los primeros en sugerir que un insecto pudiese desempeñar un papel en la transmisión de la fiebre amarilla fueron el Dr. J. Crawford, de Baltimore, en 1807; el Dr. J. C. Nott, de Mobile, Alabama, en 1848; y el Dr. L. Beauperthuy, en 1854.

En febrero de 1881 se realiza en Washington la Conferencia Sanitaria Internacional. El Dr. Finlay asiste como delegado por Cuba, y es allí cuando declara oficialmente, por primera vez, que para que se propague la fiebre amarilla son necesarias tres condiciones: la presencia de un enfermo, la de un sujeto apto para contraer la enfermedad y la de un agente transmisor. Concluye que todas las medidas tomadas hasta entonces para detener la fiebre amarilla eran ineficaces, pues se dedicaban a combatir las dos primeras condiciones “en lugar de atacar la tercera para destruir el agente de transmisión o apartarlo de las vías por donde propaga la enfermedad”. “No nombré el mosquito en aquella ocasión –dice Finlay – reservándome hacerlo después que yo hubiera realizado un experimento total que tenía proyectado”.

Pero el mosquito no fue acusado específicamente hasta que el Dr. Finlay leyó su trabajo “El mosquito hipotéticamente considerado como agente transmisor de la Fiebre Amarilla,” ante la Academia Real de la Habana, el 14 de agosto de 1881.

Lamentablemente, por dos décadas nadie prestó atención a sus afirmaciones. El sabio se había adelantado a su tiempo. Y pasaron veinte años difíciles, sin que Finlay, al que se hacía objeto de chanzas y sarcasmos, lograra convencer a los demás de la exactitud de su doctrina. Mientras tanto, el temido “vómito negro” seguía segando vidas por millares.

Carlos Juan Finlay Barrés nació en la ciudad de Puerto Príncipe, hoy denominada Camagüey, el 3 de diciembre de 1833 y falleció en La Habana el 20 de agosto de 1915. Era hijo de un médico escocés y de madre francesa. Inició su educación en su patria y posteriormente se matriculó en la Escuela Médica Jefferson, de Filadelfia, donde se doctoró en 1855. Viajó a Francia a especializarse en Oftalmología. En 1864 comenzó su práctica médica en La Habana. Se hizo experto en epidemiología e hizo contribuciones respecto a la lepra, el beriberi, la filariasis, la triquinosis, la fiebre recurrente, el cólera y la tuberculosis; la cirugía del cáncer, el bocio exoftálmico, los efectos nocivos para la salud del gas de alumbrado, los principios científicos de la electroterapia, la reclusión de los leprosos, los niños recién nacidos...; se ocupa de la filariasis humana, la que comprueba por primera vez en Cuba, de la malaria y los abscesos hepáticos; pero su mayor interés lo constituía la fiebre amarilla. En 1872 publicó el primero de sus numerosos artículos sobre esta enfermedad. En ocasión de disertar en la Academia de Ciencias Médicas, Físicas y Naturales de La Habana en 1876 sobre “La verdad científica, la invención y su correctivo”, decía:

“La ciencia es la encargada de eslabonar las verdades sueltas que la observación le presenta”

Y agregaba:

”Desdeñada por muchos, ensalzada por otros hasta la extravagancia, la idea a priori, no por eso deja de ser una de las partes esenciales del mecanismo del entendimiento”.

Y concluía:

“Hipótesis, teoría, invención: estos son los trajes que la necesidad impone a la verdad antes de ser precepto científico....”.

Desde diciembre de1880, había pensado que los zancudos podían ser el agente involucrado en la enfermedad.

Cierta noche, el Dr. Finlay debió atender a un padre carmelita, gravemente enfermo de fiebre amarilla y debió permanecer a su lado varias horas, de tal manera que al volver a su hogar, estaba muy cansado. Se iba ya a acostar, cuando recordó que no había rezado, cumpliendo con su deber religioso, como buen católico que era.

“Demasiado cansado para arrodillarse, se sentó en su sillón. Era una noche calurosa; respiraba incómodamente; estaba deprimido y con ansiedad por sus enfermos graves y moribundos; y para colmo de males, un mosquito comenzó a rondarle. Este molesto insecto se mantuvo revoloteando y tratando de hundir la proboscis en su frente.
Mientras combatía el calor, su cansancio y el mosquito, al mismo tiempo que trataba de concentrarse en el rezo, repentinamente se le ocurrió un pensamiento: ¿Podrían los mosquitos ser los vectores de la fiebre amarilla?”. (Forster,3).

Emprendió unos experimentos, recurriendo a la especie de zancudo que sus observaciones sobre la epidemiología de la fiebre amarilla le señalaban como la más sospechosa: el llamado Culex mosquito por Robineau-Desvoidy y que ahora conocemos como Aedes aegypti. Primer gran acierto de Finlay, que lo basó en el estudio atento de sus hábitos domésticos.

Con ayuda de un viejo microscopio que adquiriera mientras estudiaba Medicina en Filadelfia, comenzó Finlay por observar el aparato picador del mosquito, encontrando que es un instrumento muy adecuado para transportar el material infectante desde el interior de los vasos sanguíneos hasta el individuo susceptible.
Planteó su hipótesis de trabajo:

“Tres condiciones serán indispensables para que la fiebre amarilla se propague:
1ª. Existencia de un enfermo de fiebre amarilla en cuyos capilares el mosquito pueda clavar sus lancetas e impregnarlas en partículas virulentas, en el período adecuado de la enfermedad.
2ª. Prolongación de la vida del mosquito entre la picada hecha en el enfermo y la que deba reproducir la enfermedad; y
3ª. Coincidencia que sea un sujeto apto para contraer la enfermedad alguno de los que el mismo mosquito vaya a picar después”.

Entre 1878 y 1881, Patrick Manson había demostrado que una filaria, Wuchereria bancrofti, cuyas larvas circulan en la sangre del hombre, tenía como mesonero a varias especies de zancudos.

Finlay se dedicó a cazar ejemplares de Aedes aegypti eligiendo los que no habían picado, uno de los cuales infectó haciéndolo picar a un enfermo de fiebre amarilla que se hallaba en el quinto día de su enfermedad y de la cual murió dos días más tarde. Seleccionó, entre los susceptibles, a los sujetos que servían para la experimentación y que él denominaba “los sanos no aclimatados” a la enfermedad, a uno de los cuales hizo picar –el 30 de junio de 1881- con el mosquito infectado doce días antes.

“Teniendo entonces en cuenta que la incubación de la fiebre amarilla –comprobada en algunos casos especiales- varía de uno a quince días –dice Finlay- seguí observando al sujeto T.B. (el sujeto de la experiencia). El día 9 de julio, empezó a sentirse mal y el 14 entró en el hospital con una fiebre amarilla benigna, pero perfectamente caracterizada”.

Esta fue, evidentemente, la primera transmisión experimental de fiebre amarilla humana, obtenida por picadura de Aedes aegypti.

Él sabía que la fiebre amarilla producía inmunidad de larga duración y que los individuos foráneos, al cabo de algún tiempo, enfermaban de ella. Por eso para sus experiencias, seleccionó 20 personas sanas, cerciorándose que nunca la habían padecido; prefirió soldados o religiosos provenientes de España y que no hubieran tenido la oportunidad de exponerse a contraer la enfermedad. Para confirmar su manera de razonar, se sometió a la picadura del mosquito, con resultados negativos; dos días después, inoculó a otro voluntario, quien a los cinco días presentó un cuadro infeccioso benigno, que fue diagnosticado en el hospital como fiebre amarilla de tipo abortiva. Igual resultado obtuvo con otro mosquito que infectó a otro enfermo de fiebre amarilla en el tercer día de su enfermedad y con el cual, a los doce días, contagió a otro individuo sano susceptible, quien presentó síntomas y signos de la infección cinco días más tarde, caso que también fue diagnosticado como fiebre amarilla abortiva. En el resto de los veinte individuos sanos en observación, que no sometió a la picadura por mosquitos no se observó ningún caso de fiebre amarilla durante todo el tiempo que duró la experimentación; eran los testigos.

En su clásico trabajo ante la Academia dijo:

” Estas pruebas son ciertamente favorables a mi teoría, pero no quiero incurrir en la exageración de considerar ya plenamente probado lo que aún no lo está, por más que sean ya muchas las posibilidades que puedo invocar a mi favor. Comprendo demasiado, que se necesita nada menos que una demostración irrefutable para que sea generalmente aceptada una teoría que discrepa tan esencialmente de las ideas hasta ahora propagadas acerca de la fiebre amarilla”.

Durante 19 años continuó realizando inoculaciones experimentales entre soldados españoles y sacerdotes, pudiendo exhibir como hecho incontrovertible a favor de su hipótesis, los 17 sujetos inmunizados, cuyo estado inmunitario no fue investigado por ninguno de sus críticos. Finlay hizo el propósito de obtener la prevención de la enfermedad mediante inoculaciones benignas, aplicando un concepto similar al de la inmunización antivariólica.

También se ocupó de la derivación profiláctica: para combatir la fiebre amarilla, había que destruir los mosquitos.

En 1898, deseando contribuir con su aporte a la guerra por la independencia de su patria, proclamó en vano, ante una asamblea de oficiales del Ejército de la Marina Norteamericana que, para extirpar la fiebre amarilla, había que eliminar los focos de crianza del mosquito Aedes aegypti. En esa oportunidad, predominó la opinión adversa que sostenía el alto Comando bajo la influencia del cirujano general Dr. G. Stemberg. Las consecuencias de esa actitud negativa fueron nefastas para el ejército norteamericano de ocupación. Doscientos soldado morían diariamente (Hench), no obstante las drásticas medidas de higiene ambiental adoptadas por el Comandante y Jefe del Cuerpo Médico Dr. William C. Gorgas, quien también estaba imbuido del escepticismo dominante en las altas esferas norteamericanas sobre la doctrina de Finlay y, en consecuencia, no quiso tomar ninguna disposición en contra del mosquito Aedes aegypti, señalado por Finlay como agente transmisor de la fiebre amarilla.

Se nombró en Washington una comisión médica presidida por el médico militar y bacteriólogo Mayor Walter Reed. Después de intentos equivocados y perplejos enfrentan una curiosa situación. Un soldado, en una celda de la prisión, cayó enfermo y murió de fiebre amarilla, pero sus compañeros de celda, expuestos a la misma atmósfera y alimentación, permanecieron sanos.

”¿Podría haber entrado algo por entre las barras de la ventana abierta, golpeado a sólo un hombre y huido? ¿Podía la fiebre amarilla ser causada por un agente alado? ¿Podía tener razón el Dr. Carlos Finlay?” (Hench).

Y así, presionados por el Gobernador Militar de la Isla de Cuba, Gral. Leonardo Wood, la Comisión se entrevistó con Finlay en su casa, el cual con toda generosidad, les entregó sus trabajos, nómina de las personas inoculadas y una cubeta con huevos del insecto y con los cuales la Comisión haría las infecciones experimentales.

La Comisión Americana, siguiendo la huella fecunda de Finlay, pudo develar definitivamente el misterio de la transmisión de la fiebre amarilla. El Comandante del Cuerpo Médico del Ejército Americano en la Isla de Cuba, W. C. Gorgas, se decidió finalmente en febrero de 1901 a iniciar la profilaxis de la fiebre amarilla, bajo el lema: “guerra a muerte al mosquito”. Recurrió al petróleo, que hacía arrojar en los focos de crianza domésticos: barriles, tinas, charcos de agua, escusados, floreros y cuanto tiesto podía conservar aguas estancadas por más de una semana. Con estas medidas, en siete meses eliminó para siempre la fiebre amarilla de La Habana, poniendo fin a 250 años del flagelo. Gorgas (quien se había opuesto tercamente durante más de dos años a seguir los consejos de Finlay) exclamaba más tarde:

“No conozco ninguna teoría establecida por un hombre de ciencia que obtuviera tan rápida y brillante sanción y que fuese aplicada con tanto éxito por aquellos que ejercen el poder”.

En forma sucesiva se dio el saneamiento de Panamá, Veracruz, Nueva Orleáns, Río de Janeiro y Guayaquil.

Párrafo especial merece la espectacular construcción del Canal de Panamá, después del fracaso sufrido por Fernando Lesseps, a causa de la inexorable mortandad por fiebre amarilla que allí se producía. El Canal de Panamá sólo pudo construirse cuando W. C. Gorgas efectuó el saneamiento del lugar, aplicando las medidas profilácticas inspiradas en la doctrina de Carlos Finlay.
Esta fue la epopeya de Finlay “el obstinado”.

El 3 de diciembre es el Día del Médico. Esta efeméride fue propuesta en 1953 por la Confederación Panamericana de Dallas, Texas, como Día de la Medicina Americana, eligiéndose la fecha del nacimiento del científico cubano Dr. Carlos Finlay (1853-1915) descubridor del agente transmisor de la fiebre amarilla.
El Gobierno Argentino modificó (por Decreto 11.869 del 3 de julio de 1956) la fecha original de celebración del Día del Médico, trasladándola al 3 de diciembre.

Horacio Fischer y Ricardo Joaquín Sardi

La Capacidad De Resistir Del Espíritu

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Helen Keller nace el 27 de junio de 1880, en Tuscumbia, Alabama, E.E.U.U.

Al año y medio, bañándola, la madre descubre su ceguera; nota, repentinamente, que la criatura parece no ver su mano cuando se la pasa por delante de la cara, ya que no parpadea. Consulta a un médico que confirma su parecer.

A Helen le falta la retina. No verá nunca.

Después advierten que no oye la campana que la llama a almorzar, ni cuando agitan una lata con piedras, rústico sonajero que es uno de sus juguetes favoritos, ni cuando le hablan con dulzura, ni siquiera cuando le gritan. No reacciona, es que tampoco oye.

Sobreprotegida por padres y hermanos, mimada exageradamente, se convierte en una pequeña tirana con su familia. Sus arranques, caprichos y veleidades son su ley, sus berrinches, violentísimos.

Virtualmente, hace lo que quiere. Durante las comidas, se pasea, mete los dedos en los platos de los demás y toma lo que le agrada, sin oposición de nadie.

Kate Keller no pierde esperanzas de curar a su hija.

Lee el libro de Dickens “Apuntes norteamericanos”, donde se narra el asombroso caso de Laura Bridgman the deaf, dumb and blind girl.
(photo from: Lamson, Mary Swift - Life and education of Laura Dewey Bridgman c. 1878 - New England Publishing Co.)

Consulta al Dr. Alejandro Graham Bell, sabio famoso inventor del teléfono que aconseja escribir al Director del Instituto Perkins de Boston, Michel Anagnos, quien promete enviarle una maestra.

Ese Instituto fue creado por el Dr. Samuel Gridley Howe, el demiurgo curador de Laura Bridgman, ciega, sorda y muda, ya fallecida.

El también ha muerto, llevándose a la tumba el secreto de la inverosímil curación, de la rehabilitación de su excepcional paciente.

El 14 de abril de 1866 ha nacido Anne Sullivan Macy,ciega varios años por tracoma.

Educada con la Bridgman, será la maestra elegida para Helen.
Al ponerse en contacto de la realidad de esa familia aglutinada alrededor de la niña discapacitada, su desconcierto será mayúsculo.

Helen no sólo es rebelde y caprichosa, no sólo hace todo lo que se le antoja, con la dolorida complacencia de toda su familia: también patea, araña, muerde, pellizca, tironea, da cabezazos.

En uno de sus primeros encontronazos con Anne, le asesta tal golpe que le hace saltar un diente.

A todos sus familiares, las luchas cotidianas con ella les han dejado moretones y cardenales a granel.
La maestra apela a todo lo imaginable para poder empezar a conducir a su díscola alumna.

Una mañana, durante el desayuno, se produce una crisis mayor.
Helen, en un alarde de mala educación, mete la mano en el plato de Anne para sacarle un trozo de vianda. Anne comprende que debe afrontar la situación con energía. Será ahora o nunca. Si lo tolera, la niña nunca la respetará.

Le impide salirse con la suya y la criatura chilla, comenzando su berrinche.

La familia Keller, que sufre al ver contrariada a Hellen, sale del comedor. Anne cierra la puerta; y la domadora y la fiera se quedan solas en la jaula. Anne sigue comiendo tranquilamente y la niña se echa al suelo, chilla, se arrastra, patea, exhibe todo su repertorio y habilidades de déspota de la familia.

Matiza todo esto con pellizcos a Anne y la joven le replica con sendos bofetones.
Por fin, la niña, cansada, se levanta del suelo. Busca ayuda en los complacientes de siempre, que, ahora, la han dejado sola.

Intenta repetir todo lo conocido. En vano. Desorientada, se sienta en su lugar. Agotado su arranque de rebeldía, intenta comer tomando la comida con los dedos. Anne se lo impide, poniéndole una cuchara en la mano. Helen la tira al suelo, y es obligada a levantarla. Luego se repite el mismo trámite con la servilleta.

Ante el prolongado silencio, la familia entra al comedor para observar, azorados, que la pequeña come, por primera vez, pacíficamente y con los cubiertos, en su lugar.

Pero en los días siguientes vuelve a aparecer la resistencia obstinada de Hellen para aceptar ser conducida en un planteo educativo.

Hellen se repliega, se encierra en su armadura defensiva, se muestra fría, hostil e insobornable. Ni las caricias ni las condescendencias de Anne la doblegan ni suavizan.

La joven maestra concluye por comprender que necesita hallar el camino hacia la ternura de Hellen si quiere triunfar; no podrá enseñarle nada si la niña no empieza por amarla.

Pero... ¿cómo?

Y sagazmente, en una iluminación intuitiva, apela al único recurso eficaz:
separarla de su familia.

Hay que desarraigarla del clima psicológico donde es dueña y señora, donde sus caprichos son ley, y convertirla en una dócil alumna, para que llegue a ser una niña como todas.

Después de una fuerte negociación, Anne consigue su objetivo: maestra y alumna se alojan en un pabellón, aisladas de los demás, donde la primera medida de la educadora es cambiar los muebles de lugar para evitar que Hellen se ubique y deba depender de ella. Pasan unos días borrascosos, no exentos de violencia, en los que no siempre Anne lleva la mejor parte. Hasta que por fin el 20 de marzo de 1887 Anne anota en su diario la gran noticia:

¡la fierecilla se ha rendido!

Toda la familia Keller desde la puerta del pabellón observa absorta el inaudito espectáculo:

Hellen apaciblemente sentada, modosita y dócil, ensarta abalorios y aprende a hacer crochet!

Desde este primer logro se inicia el contacto con el mundo hermético y claustral de la pequeña salvaje. Ahora comienza el penoso, el dificilísimo proceso que significa vincular con el mundo sensible a una criatura que no ve, ni oye, ni habla, ni sabe el nombre de las cosas, y que incluso ignora que las cosas tienen un nombre

Un día, 3 de abril de 1887, la instructora de Helen Keller se dispuso a salir de paseo con su pupila.

He aquí el relato de la paciente:

”...me trajo el sombrero y por ello supe que iba a salir a la cálida luz del sol. Este pensamiento, si es que una sensación muda puede llamarse así, me hizo saltar de alegría.

Bajamos caminando por el sendero que conducía a la caseta del pozo de la casa, atraídos por la fragancia de la madreselva que la cubría.

Alguien estaba bombeando agua, y mi instructora me colocó la mano bajo el chorro. Mientras el fresco líquido se derramaba por mi mano, ella me tomó la otra y deletreó allí la palabra “A-G-U-A”, primero lentamente y luego con viveza.

Permanecí inmóvil, concentrando la mente en el movimiento de sus dedos. De repente, me asaltó como una vaga conciencia de algo olvidado..., la excitación de un pensamiento recobrado, y sin saber muy bien cómo, me fue revelado el misterio del lenguaje.

Supe entonces que A-G-U-A correspondía al maravilloso frescor que yo sentía resbalar por mi mano.

¡Aquélla palabra viva despertó mi alma, le infundió esperanza, la llenó de luz y de alborozo, la liberó!.

Cierto es que todavía quedaban obstáculos que salvar, pero eran obstáculos que andando el tiempo podía vencer sin dificultad.

Me alejé del pozo con un deseo enorme de aprender. Ahora todo tenía un nombre, y cada nombre alumbraba otra idea. De regreso a la casa todos los objetos que palpaba parecían estremecerse llenos de vida.

La causa de ello estaba en que ahora lo veía todo con la extraña y súbita visión que me había poseído”.

(citado en Carl Sagan. Los dragones del Eden. Especulaciones sobre la inteligencia humana. Grijalbo 2ª edición, 1980, pag.153).

La mentora de la niña ha registrado la fecha exacta en que

empezó a comprender realmente el sentido y la función del lenguaje

y lo describe:

"Tengo que escribirle unas líneas esta mañana porque ha ocurrido algo verdaderamente importante. Helen ha dado el segundo gran paso en su educación. Ha aprendido que cada cosa tiene un nombre y que el

alfabeto manual es la llave para todo lo que desea conocer... Esta mañana, mientras se estaba lavando, deseó conocer el nombre del "agua". Cuando desea conocer el nombre de algo señala en su dirección y acaricia mi mano. Yo deletreé, "a-g-u-a" y ya no pensé más en el asunto hasta después del desayuno...

Más tarde fuimos a la fuente e hice que Helen tuviera la jarra bajo el grifo en tanto yo daba a la bomba. Mientras salía el agua fría y llenaba la jarra deletreé "a-g-u-a" sobre la mano abierta de Helen. La palabra, que se juntaba a la sensación del agua fría que caía sobre su mano, pareció ponerla en marcha. Retiró la jarra y se quedó como extática. Su cara parecía resplandecer.

Deletreó "agua" varias veces. Se inclinó hacia el suelo y preguntó por su nombre y señaló hacia la fuente y, dando rápidamente la vuelta, preguntó por mi nombre.

Deletreé "maestra". Al volver a la casa se hallaba muy excitada y aprendió el nombre de todos los objetos que tocaba, de suerte que en pocas horas ha añadido treinta y nueve palabras a su vocabulario. A la mañana siguiente anduvo como un hada radiante. Volaba de objeto en objeto preguntando por el nombre de cada cosa y besándome de pura alegría...

Todas las cosas tienen que tener ahora un nombre. Adonde quiera que vayamos pregunta con ansiedad por el nombre de cosas que no ha aprendido en casa. Se halla ansiosa por deletrear con sus amigas y más ansiosa todavía por enseñar las letras a cualquiera que encuentre. Elimina los signos y las pantomimas que utilizaba antes en cuanto dispone de

palabras que los suplan y la adquisición de una nueva palabra le produce el mayor gozo. Nos damos cuenta de que su cara se hace cada día más expresiva".

(Citado en Ernst Cassirer,
Antropología Filosófica, F.C.E., pag. 60, 1945)

Han comenzado la espléndida trayectoria que habrán de recorrer durante toda una vida. Anne Sullivan ha logrado modelar en la niña una sensibilidad conectando con el mundo sus sensaciones dispersas, su noción fragmentaria e inconexa de las cosas, y así va descubriendo todas sus posibilidades latentes. Emplea con su alumna el único método posible, un método eminentemente práctico: el contacto directo con la naturaleza.

Anne combina el aprendizaje práctico con la enseñanza de la escritura.

Los asombrosos progresos de Hellen la afirman en su misión: le confiesa a su amiga que ya no le interesan los hombres ni el amor, que sólo quiere consagrarse a la estupenda tarea de dar su vida para que otro ser humano pueda vivir plenamente.

Helen quiere hablar, apoyando un dedo sobre su garganta y el otro sobre sus labios, percibe y corrige sus vibraciones.

En 1890 la Sra. Lawson, ex maestra de Laura Bridgman, le cuenta a Helen el caso de otra niña sorda y ciega, la noruega Ragnhild Kaata, a quien le han enseñado a hablar.

Anne la lleva a Miss Sarah Fuller, directora de la Escuela para Sordos Horace Mann de Boston.

Miss Fuller, impresionada por la voluntad y decisión de la niña le da once lecciones, y aunque su técnica es imperfecta, aunque el método usado está aún en los albores de la educación oral, Helen, poco después, a tropezones pero con cierta claridad, logra articular penosamente una frase luminosa, fuerte, reconfortante:

“YA NO SOY MUDA”.

Estudia el habla de los demáscolocándoles un dedo sobre la nariz y otro sobre los labios y el pulgar sobre la garganta. Así, los “oye”.
Y logra hablar, por fin.

Helen nunca aprenderá a hablar como las personas normales.

Su voz es gutural, forzada, ronca, dolorosa, desagradable, pero logra hacerse oír. Ahora, abierta las puertas de la comunicación, se ve invadida por el frenesí del conocimiento.

Con el alfabeto manual y ael Braille em aprende la tarea de leer todo lo que hay a su alcance:

aritmética, geografía, zoología, botánica. Enriquece su vocabulario.

Con un vecino erudito estudia latín. A los diez años de edad la recibe Grover Cleveland, el presidente de Estados Unidos, en audiencia especial.
Ya es famosa.

En 1892, Michel Anagnos presenta a la Junta Ejecutiva del Instituto Perkins un informe entusiasta sobre Hellen Keller, con adjetivos encomiásticos y alabanzas sin límites. Acompaña el informe un cuento original de Hellen llamado “El Rey de la Escarcha”, el “debut” literario de la niña.

Este trabajo tiene delicadeza, encanto.

¿Tan rápido ha cuajado la brillantez de la inteligencia de la niña?

¿Será posible que la criatura ciega, sorda y muda que hace un par de años vivía en las tinieblas y ni siquiera sabía cómo se llamaban las cosas y para qué servían, haya girado así a la obra creativa?

Hellen, inteligencia precoz, vocación incontenible, escritora en ciernes, recibe una acusación de plagio!

El cuento original es de Miss Margaret Canby y ha aparecido en 1873, en un pequeño libro titulado "Birdie y sus Amigas las Hadas”.

Pero... ¿dónde puede haberlo leído o escuchado Hellen?. La acusación fulmina a Hellen como un rayo, la hiere en su delicada sensibilidad.

No tiene noción clara de la propiedad literaria pero comprende que es acusada de haberse apropiado de algo ajeno.
De haber robado. Y el cargo es indignante. Está segura de no haber leído ni oído jamás el cuento de Miss Canby. Y niega categóricamente, desesperadamente.
De acuerdo con las férreas normas éticas del Instituto Perkins y por disposición de Agnanos, cuya austeridad no tolera situaciones ambiguas,
se forma una comisión investigadora ad hoc, integrada por cuatro ciegos y por cuatro videntes. Y la niña de 12 años que acaba de salir de las tinieblas más totales se ve enfrentada de improviso con la sociedad, en el banquillo de los acusados.

Mark Twain la defiende, como la propia Miss Canby, restando toda importancia a lo sucedido.

La llaman para interrogarla. El desarrollo del juicio oral es patético.
Resulta absuelta, pero queda marcada en su actitud cautelosa para toda su futura producción literaria. En 1895 Hellen comunica a Anne su deseo de asistir a la Universidad. ¡El desafío es tremendo!

Anne, después de plantear las dificultades, concurre con ella a la Universidad de Radcliffe, donde son enviadas a la Escuela Cambridge para Señoritas perteneciente a la Universidad. No sólo deberá competir con alumnos que ven, hablan y oyen, sino que habrá de tratar con profesores habituados a los alumnos normales, que no pueden comunicarse con ella porque ignoran el alfabeto manual y que después de todo, no tienen por qué dispensarle a Hellen un trato excepcional y de privilegio.

Anne Sullivan se ha propuesto ser el faro de sus tinieblas, la voz de su silencio, la antena de su sordera.
Sentada a su lado, la maestra de Hellen la transmite con las manos, palabra por palabra, todas las explicaciones de sus profesores.

Cuando vuelven a la casa, le prepara en
Braille las lecciones que deberá estudiar, busca en las enciclopedias y los libros de texto las explicaciones que necesita, contesta la avalancha de preguntas que le formula con salvaje vehemencia el inquieto espíritu de la niña.

Anne y Helen pasarán cuarenta años tratando de mejorar su voz rota, desgarrada, lacerante, sin conseguirlo; pero esas once lecciones, ese esfuerzo heroico de la voluntad de una niña de 10 años por romper las vallas de una garganta, será siempre una victoria incomparable del espíritu.

Las lecciones de Sarah Fuller y las de la Escuela Oral Wright-Humason

le permitieron pronunciar palabras, algunas se entendían, otras no.

Apela entonces a un prestigioso profesor de canto del Conservatorio de Música de Boston, Chales White.

Así, a fines de 1910, Helen comienza a impostar su voz. Cuatro meses después hace su primera presentación en público en Montclair, Nueva Jersey. El público está encantado y la ovaciona. La reclaman de todas partes.

En 1914 inician una gira de vastas proyecciones. En todas partes Hellen encuentra calidez, cordialidad y aplausos.

Ella habla y Anne hace llegar su mensaje al auditorio.

Porque la voz gutural de Hellen no es comprendida por todos y muchas veces se hace indispensable una explicación inmediata de su maestra.

Así constituyen una fórmula forzosa, se complementan ineludiblemente.

La gente acude en tropel a ver a Hellen y a oír a Anne.

Miran a Hellen y escuchan a Anne.
La maestra es virtualmente el megáfono que hace llegar a todos los rincones del recinto la voz y el pensamiento de la brillante alumna.

Y ambas dan la admirable impresión de una perfecta coordinación de dos voluntades, dos inteligencias y dos sensibilidades.

El triunfo de Anne Sullivan es la victoria del espíritu sobre la materia.

En 1915, al encontrarse con ella en la Exposición de S. Francisco la célebre educadora italiana María Montessori no sólo reconocerá en Anne a una pionera de la pedagogía moderna,
sino que saludará en ella y en Helen a dos maestras que le han enseñado hasta dónde puede llegar la vastísima función de la cultura.

¡Cómo no evocar a Pigmalión y Galatea!.

Pero el escultor se enamora de su obra una vez terminada y Anne Sullivan, por amor a esa criatura incomunicada, descubre el sentido de su vida encauzando su obra incomparable, signada por la impronta del eros pedagógico que le hace oblativa su existencia en la autotrascendencia que Viktor E. Frankl nos mostrara magistralmente.

Ricardo Joaquín Sardi

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