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Helen Keller nace el 27 de junio de 1880, en Tuscumbia, Alabama, E.E.U.U.
Al año y medio, bañándola, la madre descubre su ceguera; nota, repentinamente, que la criatura parece no ver su mano cuando se la pasa por delante de la cara, ya que no parpadea. Consulta a un médico que confirma su parecer.
A Helen le falta la retina. No verá nunca.
Después advierten que no oye la campana que la llama a almorzar, ni cuando agitan una lata con piedras, rústico sonajero que es uno de sus juguetes favoritos, ni cuando le hablan con dulzura, ni siquiera cuando le gritan. No reacciona, es que tampoco oye.
Sobreprotegida por padres y hermanos, mimada exageradamente, se convierte en una pequeña tirana con su familia. Sus arranques, caprichos y veleidades son su ley, sus berrinches, violentísimos.
Virtualmente, hace lo que quiere. Durante las comidas, se pasea, mete los dedos en los platos de los demás y toma lo que le agrada, sin oposición de nadie.
Kate Keller no pierde esperanzas de curar a su hija.
Lee el libro de Dickens “Apuntes norteamericanos”, donde se narra el asombroso caso de Laura Bridgman the deaf, dumb and blind girl.
(photo from: Lamson, Mary Swift - Life and education of Laura Dewey Bridgman c. 1878 - New England Publishing Co.)
Consulta al Dr. Alejandro Graham Bell, sabio famoso inventor del teléfono que aconseja escribir al Director del Instituto Perkins de Boston, Michel Anagnos, quien promete enviarle una maestra.
Ese Instituto fue creado por el Dr. Samuel Gridley Howe, el demiurgo curador de Laura Bridgman, ciega, sorda y muda, ya fallecida.
El también ha muerto, llevándose a la tumba el secreto de la inverosímil curación, de la rehabilitación de su excepcional paciente.
El 14 de abril de 1866 ha nacido Anne Sullivan Macy,ciega varios años por tracoma.
Educada con la Bridgman, será la maestra elegida para Helen.
Al ponerse en contacto de la realidad de esa familia aglutinada alrededor de la niña discapacitada, su desconcierto será mayúsculo.
Helen no sólo es rebelde y caprichosa, no sólo hace todo lo que se le antoja, con la dolorida complacencia de toda su familia: también patea, araña, muerde, pellizca, tironea, da cabezazos.
En uno de sus primeros encontronazos con Anne, le asesta tal golpe que le hace saltar un diente.
A todos sus familiares, las luchas cotidianas con ella les han dejado moretones y cardenales a granel.
La maestra apela a todo lo imaginable para poder empezar a conducir a su díscola alumna.
Una mañana, durante el desayuno, se produce una crisis mayor.
Helen, en un alarde de mala educación, mete la mano en el plato de Anne para sacarle un trozo de vianda. Anne comprende que debe afrontar la situación con energía. Será ahora o nunca. Si lo tolera, la niña nunca la respetará.
Le impide salirse con la suya y la criatura chilla, comenzando su berrinche.
La familia Keller, que sufre al ver contrariada a Hellen, sale del comedor. Anne cierra la puerta; y la domadora y la fiera se quedan solas en la jaula. Anne sigue comiendo tranquilamente y la niña se echa al suelo, chilla, se arrastra, patea, exhibe todo su repertorio y habilidades de déspota de la familia.
Matiza todo esto con pellizcos a Anne y la joven le replica con sendos bofetones.
Por fin, la niña, cansada, se levanta del suelo. Busca ayuda en los complacientes de siempre, que, ahora, la han dejado sola.
Intenta repetir todo lo conocido. En vano. Desorientada, se sienta en su lugar. Agotado su arranque de rebeldía, intenta comer tomando la comida con los dedos. Anne se lo impide, poniéndole una cuchara en la mano. Helen la tira al suelo, y es obligada a levantarla. Luego se repite el mismo trámite con la servilleta.
Ante el prolongado silencio, la familia entra al comedor para observar, azorados, que la pequeña come, por primera vez, pacíficamente y con los cubiertos, en su lugar.
Pero en los días siguientes vuelve a aparecer la resistencia obstinada de Hellen para aceptar ser conducida en un planteo educativo.
Hellen se repliega, se encierra en su armadura defensiva, se muestra fría, hostil e insobornable. Ni las caricias ni las condescendencias de Anne la doblegan ni suavizan.
La joven maestra concluye por comprender que necesita hallar el camino hacia la ternura de Hellen si quiere triunfar; no podrá enseñarle nada si la niña no empieza por amarla.
Pero... ¿cómo?
Y sagazmente, en una iluminación intuitiva, apela al único recurso eficaz:
separarla de su familia.
Hay que desarraigarla del clima psicológico donde es dueña y señora, donde sus caprichos son ley, y convertirla en una dócil alumna, para que llegue a ser una niña como todas.
Después de una fuerte negociación, Anne consigue su objetivo: maestra y alumna se alojan en un pabellón, aisladas de los demás, donde la primera medida de la educadora es cambiar los muebles de lugar para evitar que Hellen se ubique y deba depender de ella. Pasan unos días borrascosos, no exentos de violencia, en los que no siempre Anne lleva la mejor parte. Hasta que por fin el 20 de marzo de 1887 Anne anota en su diario la gran noticia:
¡la fierecilla se ha rendido!
Toda la familia Keller desde la puerta del pabellón observa absorta el inaudito espectáculo:
Hellen apaciblemente sentada, modosita y dócil, ensarta abalorios y aprende a hacer crochet!
Desde este primer logro se inicia el contacto con el mundo hermético y claustral de la pequeña salvaje. Ahora comienza el penoso, el dificilísimo proceso que significa vincular con el mundo sensible a una criatura que no ve, ni oye, ni habla, ni sabe el nombre de las cosas, y que incluso ignora que las cosas tienen un nombre
Un día, 3 de abril de 1887, la instructora de Helen Keller se dispuso a salir de paseo con su pupila.
He aquí el relato de la paciente:
”...me trajo el sombrero y por ello supe que iba a salir a la cálida luz del sol. Este pensamiento, si es que una sensación muda puede llamarse así, me hizo saltar de alegría.
Bajamos caminando por el sendero que conducía a la caseta del pozo de la casa, atraídos por la fragancia de la madreselva que la cubría.
Alguien estaba bombeando agua, y mi instructora me colocó la mano bajo el chorro. Mientras el fresco líquido se derramaba por mi mano, ella me tomó la otra y deletreó allí la palabra “A-G-U-A”, primero lentamente y luego con viveza.
Permanecí inmóvil, concentrando la mente en el movimiento de sus dedos. De repente, me asaltó como una vaga conciencia de algo olvidado..., la excitación de un pensamiento recobrado, y sin saber muy bien cómo, me fue revelado el misterio del lenguaje.
Supe entonces que A-G-U-A correspondía al maravilloso frescor que yo sentía resbalar por mi mano.
¡Aquélla palabra viva despertó mi alma, le infundió esperanza, la llenó de luz y de alborozo, la liberó!.
Cierto es que todavía quedaban obstáculos que salvar, pero eran obstáculos que andando el tiempo podía vencer sin dificultad.
Me alejé del pozo con un deseo enorme de aprender. Ahora todo tenía un nombre, y cada nombre alumbraba otra idea. De regreso a la casa todos los objetos que palpaba parecían estremecerse llenos de vida.
La causa de ello estaba en que ahora lo veía todo con la extraña y súbita visión que me había poseído”.
(citado en Carl Sagan. Los dragones del Eden. Especulaciones sobre la inteligencia humana. Grijalbo 2ª edición, 1980, pag.153).
La mentora de la niña ha registrado la fecha exacta en que
empezó a comprender realmente el sentido y la función del lenguaje
y lo describe:
"Tengo que escribirle unas líneas esta mañana porque ha ocurrido algo verdaderamente importante. Helen ha dado el segundo gran paso en su educación. Ha aprendido que cada cosa tiene un nombre y que el
alfabeto manual es la llave para todo lo que desea conocer... Esta mañana, mientras se estaba lavando, deseó conocer el nombre del "agua". Cuando desea conocer el nombre de algo señala en su dirección y acaricia mi mano. Yo deletreé, "a-g-u-a" y ya no pensé más en el asunto hasta después del desayuno...
Más tarde fuimos a la fuente e hice que Helen tuviera la jarra bajo el grifo en tanto yo daba a la bomba. Mientras salía el agua fría y llenaba la jarra deletreé "a-g-u-a" sobre la mano abierta de Helen. La palabra, que se juntaba a la sensación del agua fría que caía sobre su mano, pareció ponerla en marcha. Retiró la jarra y se quedó como extática. Su cara parecía resplandecer.
Deletreó "agua" varias veces. Se inclinó hacia el suelo y preguntó por su nombre y señaló hacia la fuente y, dando rápidamente la vuelta, preguntó por mi nombre.
Deletreé "maestra". Al volver a la casa se hallaba muy excitada y aprendió el nombre de todos los objetos que tocaba, de suerte que en pocas horas ha añadido treinta y nueve palabras a su vocabulario. A la mañana siguiente anduvo como un hada radiante. Volaba de objeto en objeto preguntando por el nombre de cada cosa y besándome de pura alegría...
Todas las cosas tienen que tener ahora un nombre. Adonde quiera que vayamos pregunta con ansiedad por el nombre de cosas que no ha aprendido en casa. Se halla ansiosa por deletrear con sus amigas y más ansiosa todavía por enseñar las letras a cualquiera que encuentre. Elimina los signos y las pantomimas que utilizaba antes en cuanto dispone de
palabras que los suplan y la adquisición de una nueva palabra le produce el mayor gozo. Nos damos cuenta de que su cara se hace cada día más expresiva".
(Citado en Ernst Cassirer,
Antropología Filosófica, F.C.E., pag. 60, 1945)
Han comenzado la espléndida trayectoria que habrán de recorrer durante toda una vida. Anne Sullivan ha logrado modelar en la niña una sensibilidad conectando con el mundo sus sensaciones dispersas, su noción fragmentaria e inconexa de las cosas, y así va descubriendo todas sus posibilidades latentes. Emplea con su alumna el único método posible, un método eminentemente práctico: el contacto directo con la naturaleza.
Anne combina el aprendizaje práctico con la enseñanza de la escritura.
Los asombrosos progresos de Hellen la afirman en su misión: le confiesa a su amiga que ya no le interesan los hombres ni el amor, que sólo quiere consagrarse a la estupenda tarea de dar su vida para que otro ser humano pueda vivir plenamente.
Helen quiere hablar, apoyando un dedo sobre su garganta y el otro sobre sus labios, percibe y corrige sus vibraciones.
En 1890 la Sra. Lawson, ex maestra de Laura Bridgman, le cuenta a Helen el caso de otra niña sorda y ciega, la noruega Ragnhild Kaata, a quien le han enseñado a hablar.
Anne la lleva a Miss Sarah Fuller, directora de la Escuela para Sordos Horace Mann de Boston.
Miss Fuller, impresionada por la voluntad y decisión de la niña le da once lecciones, y aunque su técnica es imperfecta, aunque el método usado está aún en los albores de la educación oral, Helen, poco después, a tropezones pero con cierta claridad, logra articular penosamente una frase luminosa, fuerte, reconfortante:
“YA NO SOY MUDA”.
Estudia el habla de los demáscolocándoles un dedo sobre la nariz y otro sobre los labios y el pulgar sobre la garganta. Así, los “oye”.
Y logra hablar, por fin.
Helen nunca aprenderá a hablar como las personas normales.
Su voz es gutural, forzada, ronca, dolorosa, desagradable, pero logra hacerse oír. Ahora, abierta las puertas de la comunicación, se ve invadida por el frenesí del conocimiento.
Con el alfabeto manual y ael Braille em aprende la tarea de leer todo lo que hay a su alcance:
aritmética, geografía, zoología, botánica. Enriquece su vocabulario.
Con un vecino erudito estudia latín. A los diez años de edad la recibe Grover Cleveland, el presidente de Estados Unidos, en audiencia especial.
Ya es famosa.
En 1892, Michel Anagnos presenta a la Junta Ejecutiva del Instituto Perkins un informe entusiasta sobre Hellen Keller, con adjetivos encomiásticos y alabanzas sin límites. Acompaña el informe un cuento original de Hellen llamado “El Rey de la Escarcha”, el “debut” literario de la niña.
Este trabajo tiene delicadeza, encanto.
¿Tan rápido ha cuajado la brillantez de la inteligencia de la niña?
¿Será posible que la criatura ciega, sorda y muda que hace un par de años vivía en las tinieblas y ni siquiera sabía cómo se llamaban las cosas y para qué servían, haya girado así a la obra creativa?
Hellen, inteligencia precoz, vocación incontenible, escritora en ciernes, recibe una acusación de plagio!
El cuento original es de Miss Margaret Canby y ha aparecido en 1873, en un pequeño libro titulado "Birdie y sus Amigas las Hadas”.
Pero... ¿dónde puede haberlo leído o escuchado Hellen?. La acusación fulmina a Hellen como un rayo, la hiere en su delicada sensibilidad.
No tiene noción clara de la propiedad literaria pero comprende que es acusada de haberse apropiado de algo ajeno.
De haber robado. Y el cargo es indignante. Está segura de no haber leído ni oído jamás el cuento de Miss Canby. Y niega categóricamente, desesperadamente.
De acuerdo con las férreas normas éticas del Instituto Perkins y por disposición de Agnanos, cuya austeridad no tolera situaciones ambiguas,
se forma una comisión investigadora ad hoc, integrada por cuatro ciegos y por cuatro videntes. Y la niña de 12 años que acaba de salir de las tinieblas más totales se ve enfrentada de improviso con la sociedad, en el banquillo de los acusados.
Mark Twain la defiende, como la propia Miss Canby, restando toda importancia a lo sucedido.
La llaman para interrogarla. El desarrollo del juicio oral es patético.
Resulta absuelta, pero queda marcada en su actitud cautelosa para toda su futura producción literaria. En 1895 Hellen comunica a Anne su deseo de asistir a la Universidad. ¡El desafío es tremendo!
Anne, después de plantear las dificultades, concurre con ella a la Universidad de Radcliffe, donde son enviadas a la Escuela Cambridge para Señoritas perteneciente a la Universidad. No sólo deberá competir con alumnos que ven, hablan y oyen, sino que habrá de tratar con profesores habituados a los alumnos normales, que no pueden comunicarse con ella porque ignoran el alfabeto manual y que después de todo, no tienen por qué dispensarle a Hellen un trato excepcional y de privilegio.
Anne Sullivan se ha propuesto ser el faro de sus tinieblas, la voz de su silencio, la antena de su sordera.
Sentada a su lado, la maestra de Hellen la transmite con las manos, palabra por palabra, todas las explicaciones de sus profesores.
Cuando vuelven a la casa, le prepara en
Braille las lecciones que deberá estudiar, busca en las enciclopedias y los libros de texto las explicaciones que necesita, contesta la avalancha de preguntas que le formula con salvaje vehemencia el inquieto espíritu de la niña.
Anne y Helen pasarán cuarenta años tratando de mejorar su voz rota, desgarrada, lacerante, sin conseguirlo; pero esas once lecciones, ese esfuerzo heroico de la voluntad de una niña de 10 años por romper las vallas de una garganta, será siempre una victoria incomparable del espíritu.
Las lecciones de Sarah Fuller y las de la Escuela Oral Wright-Humason
le permitieron pronunciar palabras, algunas se entendían, otras no.
Apela entonces a un prestigioso profesor de canto del Conservatorio de Música de Boston, Chales White.
Así, a fines de 1910, Helen comienza a impostar su voz. Cuatro meses después hace su primera presentación en público en Montclair, Nueva Jersey. El público está encantado y la ovaciona. La reclaman de todas partes.
En 1914 inician una gira de vastas proyecciones. En todas partes Hellen encuentra calidez, cordialidad y aplausos.
Ella habla y Anne hace llegar su mensaje al auditorio.
Porque la voz gutural de Hellen no es comprendida por todos y muchas veces se hace indispensable una explicación inmediata de su maestra.
Así constituyen una fórmula forzosa, se complementan ineludiblemente.
La gente acude en tropel a ver a Hellen y a oír a Anne.
Miran a Hellen y escuchan a Anne.
La maestra es virtualmente el megáfono que hace llegar a todos los rincones del recinto la voz y el pensamiento de la brillante alumna.
Y ambas dan la admirable impresión de una perfecta coordinación de dos voluntades, dos inteligencias y dos sensibilidades.
El triunfo de Anne Sullivan es la victoria del espíritu sobre la materia.
En 1915, al encontrarse con ella en la Exposición de S. Francisco la célebre educadora italiana María Montessori no sólo reconocerá en Anne a una pionera de la pedagogía moderna,
sino que saludará en ella y en Helen a dos maestras que le han enseñado hasta dónde puede llegar la vastísima función de la cultura.
¡Cómo no evocar a Pigmalión y Galatea!.
Pero el escultor se enamora de su obra una vez terminada y Anne Sullivan, por amor a esa criatura incomunicada, descubre el sentido de su vida encauzando su obra incomparable, signada por la impronta del eros pedagógico que le hace oblativa su existencia en la autotrascendencia que Viktor E. Frankl nos mostrara magistralmente.
Ricardo Joaquín Sardi
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