La Coctelera

Categoría: "Historia de la medicina"

Recordando al Maestro

A los 10 años de su muerte
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Viktor Emil Frankl: un Job contemporáneo


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El Dr. Viktor E. Frankl
y el autor de

la nota Dr. Ricardo J. Sardi


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.................................................................Nota Editorial diario "los Andes, Mendoza 20/10/82


.......A los 92 años de edad ha fallecido en Viena el 2 de septiembre el creador de la logoterapia (Psicología del sentido de la vida), denominada la Tercera Escuela Vienesa de Psicoterapia, después del Psicoanálisis de Sigmund Freud y de la Psicología Individual de Alfred Adler.......................-

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Nacido en 1905. Tempranamente orienta su vocación por los temas humanísticos y existenciales, comenzando una relación epistolar con Freud, a quien envía un trabajo científico sobre el origen psíquico de la mímica de afirmación y negación. Esta colaboración la encuentra Freud con la suficiente consistencia como para recomendar su publicación en la revista Internacional de Psicoanálisis en el año 1924. Frankl tenía 19 años.


Estudia medicina, colabora con A.Adler y en 1929 sienta las bases de su método analítico existencial. Se recibe de médico en 1930. Se especializa en Neurología y Psiquiatría- Cuando comienza la persecución antisemítica, es internado en campos de concentración, junto con su esposa Emmy Grosser(Tilly), embarazada y forzada a abortar, corriendo la misma suerte su padre Gabriel, su madre Elsa LLon, su hermano Walter y su cuñada.


Su hermana Estela había escapado a Australia. Toda su familia excepto ella, fallecen en el holocausto.


De tal modo relata que cuando es liberado y retorna a Viena "nadie me está esperando"


"Experimentum cruci" denomina las vivencias de su internación en el Lager que destila en un texto publicado con el título de "Un psicólogo en el campo de concentración", que en sus primeras ediciones en vez de nombre del autor lleva un número, el 119.104, el número de prisionero de guerra de Frankl. Me decidí a publicarlo en forma anónima, porque quise ser libre para hablar sin ninguna inhibición". Es un testimonio que ahora se encuentra editado por Herder como "El Hombre en busca de sentido", destacándose reveladoramente en él ni un asomo de afán revanchista, ni encono odioso ni resentimiento vengativo. Es asombroso comprobar lo que la lectura de ese libro produce en muchas personas, verdaderas metanoias, reforzando la convicción que existe la llamada "auto-biblio-logoterapia" fenómeno ampliamente investigado por el maestro Javier Estrada, quien llegó a entrevistar al propio Frankl inquiriendo por la fuerza que su autor dictó de corrido, sin pausas, mientras tres mecanógrafos se turnaban en escribir. De ese libro, cuando el matrimonio Frankl visitó a Karl Jaspers en Suiza comentó el gran filósofo: "ese librito suyo, Dr. Frankl; es uno de los grandes libros de la humanidad".

La logoterapia no se origina en los campos de concentración, pero sí obtiene en ellos su convalidación.


Las tesis Franklianas tienen una dramática confirmación que la vida del hombre tiene sentido aún en las situaciones más extremas, más difíciles, más aniquilantes, en las llamadas por Jaspers situaciones límites.


Hasta el momento de exhalar su último suspiro, insiste Frankl, el hombre decide lo que es.


Producida su liberación en 1945, de regreso de haber sido un testigo viviente de lo peor que es capaz de hacer el hombre (sólo sobrevivió 1 de cada 29 internados en los campos) que había enfrentado con la firme determinación de "no me arrojaré a la alambrada electrificada", incluso "una vez estuve delante de Eichmann cara a cara y otra vez delante de Mengele mirándolo a los ojos", retoma su trabajo como médico, publica libros y en 1947 se casa con Eleonore Schwindt(Elly), su matrimonio ecuménico donde nacerá su hija Gabriele.


También fue de los primeros en advertir sobre las neurosis colectivas y sobre los peligros crecientes que acechan a la humanidad,


Así terminó una de sus conferencias: “Desde Auschwitz ya sabemos de lo que el hombre es capaz. Desde Hiroshima ya sabemos lo que está en juego”.


En 1954 visita la República Argentina por primera vez, invitado por César Castillo, Jorge David y Acevedo Sojo sorprendiéndose por el conocimiento y difusión en el país de la logoterapia, retornando varias veces, porque tal como le gustaba decir “ Es donde mejor me siento comprendido”. Se forma en ese año la primera Sociedad Argentina de Logoterapia Existencial con la presidencia de Frankl.


En 1986 llega a Mendoza para presidir el Primer Congreso Argentino de Logoterapia, con su esposa Elly, de quien se dijo que era el calor que acompaña a la luz, y como buen montañés, viniendo del aeropuerto y mirando los cerros, me preguntaba ávidamente si se podía ver el Aconcagua desde la ciudad.


En ocasión de recibir por parte del intendente Rivera la designación de Ciudadano ilustre, declara a Mendoza “Capital de la Logoterapia Argentina”, donde recibe varias distinciones y los doctorados Honoris Causa de cuatros universidades (fue doctorado de casi treinta universidades del mundo). La reciprocidad de esa estimación se aprecia en carta a O. Lazarte del 21/12/83: ”Es preciso que los argentinos lleven (al IV Congreso Mundial de Logoterapia) el fresco viento de Latinoamérica.

Era una personalidad curiosa y multifacético; así como había escrito una obra de teatro, distendido y risueño en casa de Juan Alberto Etcheverry pidió un órgano electrónico y nos regocijó ejecutando tangos, incluso uno de su autoría. Gustaba de hacer caricaturas, practicaba alpinismo y era piloto de avión.


En lo que se sentía frustrado: en no haber podido escribir nunca un salmo, y se consolaba diciendo que era psiquiatra y no salmista.


El rezumado más sintético que daba de la logoterapia era que consistía en una educación para la responsabilidad. En Porto Alegre, en 1984 decía que ya existía una estatua de la Libertad en EE.UU. y que faltaba construir una estatua de la Responsabilidad en algún lugar de Latinoamérica.


Ella Mayer, a quien entreviste personalmente, había sido compañera de barraca en prisión de la esposa de Frankl, Tilly, y me refería que siempre aseguraba que su esposo iba a sobrevivir “porque el no tiene hambre de acá (tocándose el estómago) sino que tiene hambre de acá (tocándose la cabeza).


Toda su existencia fue consagrada al servicio de los demás y sintetizó su vida y su teoría de un modo que marcó derroteros permanentes para los que hemos sido sus seguidores.

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“He encontrado el sentido de mi vida ayudando a los demás a encontrar el sentido de las suyas”.



En él creo que se confirma lo que afirma Bergson: ” Hay vidas que por si mismas constituyen un llamado.”

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......Dr. Ricardo Sardi

La medicina griega, considerada como PAIDEIA.

El final del siglo V y el siglo IV a. de C. representaron en la historia de la profesión médica un momento culminante de cotización social y espiritual.

El médico aparece como representante de una cultura especial del más alto refinamiento metódico y es, al propio tiempo, la encarnación de una ética profesional ejemplar por la proyección del saber sobre un fin ético de carácter práctico la cual se invoca constantemente para inspirar confianza en la finalidad creadora del saber teórico en cuanto a la construcción de la vida humana.

La ciencia ética de Sócrates, que ocupa el lugar central en los diálogos de Platón, habría sido inconcebible sin el procedimiento de la medicina.

En todas partes y en todos los tiempos ha habido médicos, pero la medicina griega sólo se convirtió en un arte consciente y metódico bajo la acción de la filosofía jónica de la naturaleza.

La conexión entre el pensamiento médico de las obras de Hipócrates y el estudio de la naturaleza en su conjunto encuentra una expresión grandiosa en la introducción al escrito Sobre los vientos, las aguas y las regiones:

“Quien desee aprender bien el arte del médico deberá proceder así:
en primer lugar, deberá tener presentes las estaciones del año y sus efectos, pues no son todas iguales, sino que difieren radicalmente en cuanto a su esencia específica y en cuanto a sus transiciones.

Asimismo, deberá observar los vientos caliente y fríos, empezando por los comunes a todos los hombres y siguiendo por los característicos de cada región.

Deberá tener presentes también los efectos de las diversas clases de aguas. Éstas se distinguen no sólo por su sabor y por su peso, sino también por sus virtudes. Cuando el médico [usualmente en aquellas épocas, médico ambulante] llegue a una ciudad desconocida para él deberá precisar ante todo la posición que ocupa ante las diversas corrientes de aire y ante el curso del sol..., así como también observar lo que se refiere a las aguas... y a la calidad del terreno...

Conociendo lo referente al cambio de las estaciones y del clima y a la salida y ocaso de los astros... conocerá de antemano la calidad del año...

Puede que alguien opine que todo esto se halla demasiado orientado hacia la ciencia natural, pero quien tal piense puede convencerse, si es capaz de aprender algo, de que la astronomía puede contribuír esencialmente a la medicina, pues el cambio de las enfermedades del hombre se halla relacionado con el cambio del clima”

La asistencia médica en la obra de Platón.

Los temas médicos aparecen frecuentemente en los escritos de los antiguos griegos.
Con gran precocidad el “arte de curar” formó parte del pensamiento y la vida social entre los habitantes de la Hélade, como parte esencialísima de la paideia.

Para entender el papel de la medicina dentro de la antropología platónica debemos recordar que se concibe al hombre como una entidad dual compuesta de cuerpo y alma.

Y que mientras la atención del alma puede cumplirse por medio de la música (República, 376 e), las matemáticas y la filosofía en lo que a su educación y cuidado se refiere, la atención del cuerpo corre a cargo de dos disciplinas, o mejor dicho, dos artes: la gimnástica y la medicina.

Ambas tienden a dos momentos o a dos estados del cuerpo humano:
la gimnástica al momento o al estado sano;
la medicina al momento o al estado enfermo.

Las dos tienen sin embargo un objetivo común: procurar el bienestar del cuerpo.
Mantenerlo en un caso, restituirlo en el otro.

Si a la gimnástica y a la medicina las comparamos con la política, vemos que en ésta hay también dos partes que cumplen con respecto al alma de los ciudadanos funciones idénticas a las que aquellas cumplen con respecto al cuerpo.

Dos disciplinas o artes componen la Política, efectivamente:
a la legislación le corresponde dar las normas para una correcta vida pública;
a la justicia le corresponde restituir la corrección en la vida pública (Gorgias, 464 b).

A estas cuatro formas legítimas del arte (gimnasia, medicina, legislación y justicia) que tienen como objetivo el bienestar del hombre al lograr el de su cuerpo y el de su alma,
les corresponden cuatro formas ilegítimas, en cuyo ejercicio y aplicación se nos destacan más las formas primeras. A la gimnasia –como forma legítima- se la puede sustituir con la cosmética –como forma degenerada-, que intenta dar una ilusión de la belleza corpórea en lugar de la belleza auténtica.

A la medicina, a su vez, se la suplanta con la cocina (Gorgias, 465 a) cuando hacemos que no sea Hipócrates quien ordene nuestro régimen alimentario, sino Sarambó, el bodeguero, Tearión, el panadero, o Miteco, el de la famosa cocina siciliana(Gorgias, 518 b).

De la misma manera como a la legislación se la reemplaza con la sofística y a la justicia con la retórica (Gorgias, 465 a).

Así llega Platón a una definición uniforme de la medicina:

“Es el arte que procura al cuerpo lo que le es conveniente, cuando se ha aposentado en él un estado que no le conviene, la enfermedad”

(República, 341 e).

“Su beneficio particular –como en cada caso lo tiene todo otro arte- consiste, para ella en restituir la salud”

(República, 346 a).

“Y es en este sentido que el arte del médico le procura al hombre el mayor de los bienes, puesto que sin salud, ninguno de los otros bienes le es asequible”

(Gorgias,452 a).

“Así se comprende como hay hombres que, obedeciendo a los médicos, sufran curaciones dolorosas y beban remedios desagradables, pues los impulsa como única causa el recuperar la salud”

(Gorgias, 467 c).

“Todo esto define a la medicina con un objetivo independiente, pues es la ciencia de la salud y de la enfermedad”

(Cármides, 171 a).

A través de textos distribuídos en diversos diálogos -Gorgias, Cármides, República, Político, Timeo y Leyes- Platón nos muestra un cuadro muy completo de lo que fue en las ciudades griegas el ejercicio de la medicina.

Tal como fue la estructura social de la polis clásica ésta asistencia se desmembró en tres modalidades:
el tratamiento de los esclavos,
la asistencia médica a los hombres libres y ricos,
el cuidado terapéutico de los enfermos libres y pobres.

A)El esclavo enfermo.

El tratamiento médico de los esclavos en la Atenas platónica aparece magistralmente descripto en las Leyes:

“Ocurre aquí lo mismo que con los médicos: éste tiene una manera de curarnos; el otro tiene otra manera de hacerlo. Recordemos, pues, los dos sistemas, para presentar luego nuestra demanda al legislador, como si fuéramos niños que ruegan a su médico los cure de la manera más suave posible.

Hay, pienso, médicos y servidores de médicos, a los que también llamamos médicos...

Pueden (los médicos) ser, pues, ya libres, ya esclavos, y en este caso adquieren su arte según las prescripciones de sus dueños, viéndoles y practicando empíricamente, pero no según la naturaleza, como los (médicos) libres por sí mismos lo aprenden y lo enseñan a sus discípulos...

Y siendo los enfermos en las ciudades unos libres y otros esclavos, a los esclavos los tratan por lo general los esclavos, bien corriendo de un lado para otro, bien permaneciendo en sus consultorios; y ninguno de tales médicos da ni admite la menor explicación sobre la enfermedad de cada uno de esos esclavos, sino que prescribe lo que la práctica rutinaria le sugiere, como si estuviese perfectamente al tanto de todo y con la arrogancia de un tirano, y pronto salta de allí en busca de otro esclavo enfermo, y así alivia a su dueño del cuidado de atender a tales pacientes”

(Leyes 720 a c).


Platón
aquí nos informa ampliamente y con gran penetración sobre el tratamiento médico de los esclavos griegos que difería esencialmente del que en Atenas recibían los hombres libres y destaca en ese tratamiento:

1)A los esclavos no los atendían por lo común médicos propiamente dichos formados en las escuelas médicas de Cos, Cnido, Cirene o Sicilia, sino toscos empíricos que al lado de algún médico, casi siempre como esclavos suyos, habían aprendido la rutina externa del arte de curar.

2)La comunicación verbal entre el terapeuta y el paciente era mínima.

De acuerdo con lo que acerca del ser del esclavo se pensó en la Grecia clásica, la medicina que con él se practicaba era una suerte de “veterinaria para hombres”.

3)Casi nula era, por tanto, la individualización del tratamiento.

El enfermo quedaba sometido sin discriminación al rasero igualitario de la norma general;
y a la manera de un tirano,

“como un hombre orgulloso e ignorante, que a nadie consiente hacer nada contra su propio dictamen, ni deja que nadie le pregunte”

Político, 294 c),
el terapeuta trataba rudamente de gobernar con sus prescripciones el curso de la naturaleza.

No es de extrañar la gran afluencia de población a los templos de Asclepio en busca de alivio.

“Donde no hay recompensa, no hay arte”

dice irónicamente el aldeano Cremilo en el segundo Pluto de Aristófanes.

Su pobreza le impide contratar los servicios técnicos de un médico verdadero y le obliga a llevar a Pluto al templo de Asclepio.

Como sigue sucediendo aún hoy, la inagotable fe supersticiosa ocupaba entonces el lugar de la lúcida confianza en la medicina científica.

B)El enfermo libre y rico.

Bien distinta era la conducta del terapeuta en el caso de los enfermos libres y ricos. También estos recurrían a la incubación (dormir en el suelo) en el templo ya que seguía viva en sus almas la fe en la virtud sanadora de los dioses.

Pero cuando se buscaba la genuina asistencia médica la individualización más exquisita del tratamiento se constituía en norma principal del asclepíada.

¿Por qué el tema de la asistencia médica despierta tan profundamente el interés de Platón?.

El problema de la ley justa y eficaz aparece con frecuencia en los diálogos de la madurez y senectud del filósofo.

“Las desemejanzas entre los hombres y entre los actos, y el hecho de que nada entre las cosas humanas goza jamás, por así decirlo, de fijeza –enseña el Extranjero del Político-, no permiten que un arte, sea el que sea, imponga en cuestión alguna un principio valedero para todos los casos y para todo tiempo”

(Político 294 b).

Esto es justamente lo que hace la ley cuando sus preceptos tienen validez general.

El saber hacer del hombre llega a ser “arte” cuando procede según principios y normas de carácter general.

La “ley” (nomos) a su vez, sólo es de veras eficaz, suponiendo que sea justa, cuando el legislador es capaz de aplicarla general y coactivamente (Político, 296-297).
El problema de la relación entre nomos y physis se convierte en una cuestión doble: la relación mutua entre la ley y el arte, la posible perfección de sus operaciones respectivas.

Según Platón, en el caso del arte de curar se lograría la perfección, individualizando razonablemente el diagnóstico y el tratamiento del enfermo.

De los textos platónicos se desprende que se procuraba alcanzar esa meta merced a tres recursos técnicos, que Laín Entralgo denomina:
ilustración, persuasión y adecuación biográfica.

La ILUSTRACIÓN del enfermo por parte del médico tenía fines diagnósticos y terapéuticos.

Cuando cuida a hombres libres, el médico libre, dice Platón en las Leyes,

“conferenciando con el enfermo y con los amigos de éste, aprende por sí algo de los enfermos, y por otro lado instruye en la medida de su capacidad al enfermo mismo”

Leyes 270 d).

Y continúa, más explícito:

“Si algún médico de los que practican el arte de curar empíricamente –esto es: uno de los esclavos empíricos- sorprendiese a otro médico de condición libre en conversación con un enfermo también libre, sirviéndose en ella de argumentos punto menos que filosóficos, tomando la enfermedad desde su principio y remontándose a considerar la entera naturaleza de los cuerpos, pronto se reiría a carcajadas y no diría otras palabras que las que siempre tienen a flor de labio la mayor parte de esos pretendidos médicos:
Insensato, no estás curando al enfermo; lo que en fin de cuentas haces es instruirle, como si él quisiera ser médico y no ponerse bueno”

(Leyes 857 c d).

Queda claro: el médico libre trata al enfermo libre ilustrándole acerca de su enfermedad y utilizando tal empeño para la perfección de su diagnóstico.

En el escrito hipocrático “de prisca medicina” se aconseja a los médicos:

“Los discursos y las pesquisas de un médico no tienen otro objeto que las enfermedades de que cualquier hombre enferma y que cualquier hombre padece.

Sin duda, los ignorantes en medicina no pueden saber en sus enfermedades propias, ni cómo éstas nacen y terminan, ni por qué causas crecen y disminuyen;
pero si los que han descubierto estas cosas se las explican, les será fácil instruirse en ellas; porque entonces no se tratará más que de recordar, escuchando al médico, lo que ellos mismos han experimentado.

Si el médico no llega a hacerse comprender de los profanos y si no pone a sus oyentes en ésta disposición de espíritu, no alcanzará (a conocer) lo que las cosas son”

(L. I, 572-574).

La concordancia entre el saber del médico y la intelección que el enfermo hace de sí mismo cuando su mente ha sido ilustrada por la palabra de aquél, era para el asclepíada hipocrático firme criterio de verdad.Tal aserto sigue fundamentando la praxis del clínico actual.

Desde un punto de vista terapéutico, la ilustración del enfermo por el médico sirvió en la práctica hipocrática para acrecentar la confianza en el terapeuta.

Pero el recurso supremo para suscitar tal confianza – y, por tanto, para individualizar terapéuticamente la relación entre el paciente y su médico-, fue, según Platón, la PERSUASIÓN VERBAL.

El buen médico no prescribe nada al enfermo

“mientras no le ha convencido (de la eficacia de su tratamiento);
y solo entonces, teniéndole ya ablandado por la persuasión, trata de llevar a término su obra restituyéndole la salud”(

Leyes, 720 d).

Esto mismo había enseñado muchos años antes el ejemplar discípulo de Zamolxis que en Potidea descubrió a Sócrates la eficacia terapéutica de los “bellos discursos”:

>“el terapeuta

–dijo a Sócrates ese médico tracio-

no debe emplear sus fármacos si el enfermo no le ha presentado previamente el alma para que él la trate mediante los “bellos discursos”

(Cármides, 157 b).

Con otras palabras, mientras el paciente no haya sido convenientemente persuadido, mediante oportunos discursos, de que esos fármacos poseen eficacia terapéutica real.

En el libro Gorgias, o de la retórica dirá el mismo Gorgias:

“Si tú supieras Sócrates, que en cierto modo tiene en sus manos la retórica todos los poderes!
Y de ello voy a darte una prueba convincente.
Muchas veces he ido con mi hermano o con otros médicos a casa de enfermos que se negaban a beber un medicamento o a dejar que se les practicase un corte o una cauterización; el médico no pudo persuadirlos, y yo lo conseguí sin

emplear otros medios que la retórica”. (Gorgias 456 b).

Y en El Encomio de Helena, Gorgias será taxativo: “La palabra es un poderoso soberano, que con un pequeñísimo y muy invisible cuerpo realiza empresas absolutamente divinas.
En efecto, puede eliminar el temor, suprimir la tristeza, infundir alegría, aumentar la compasión.

Las sugestiones inspiradas mediante la palabra producen el placer y apartan el dolor.

La fuerza de la sugestión adueñándose de la opinión del alma, la domina, la convence y la transforma como por una fascinación.

Dos artes de fascinación y de encantamiento han sido creadas, las cuales sirven de extravío al alma y de engaño a la opinión.

...Pues la fuerza de la persuasión... es imposible de resistir y por ello no da lugar a censura, ya que tiene el mismo poder que el destino.

En efecto, la palabra que persuade el alma obliga necesariamente a esta alma, que ha persuadido, a obedecer sus mandatos y a aprobar sus actos.

Por tanto, el que infunde una persuasión, en cuanto priva de la libertad, obra injustamente, pero quien es persuadida, en cuanto es privada de la libertad por la palabra, sólo por error puede ser censurada.

...Y la misma proporción hay entre el poder de la palabra respecto a la disposición del alma que entre el poder de los medicamentos con relación al estado del cuerpo.

Así como unos medicamentos expulsan del cuerpo unos humores y otros a otros distintos, y unos eliminan la enfermedad y otros la vida, así también unas palabras producen tristeza, otras placer, otras temor, otras infunden en los oyentes coraje, otras mediante una maligna persuasión emponzoñan y engañan el alma”.

En el Fedro, o de la belleza se dirá:

“La ciencia médica tiene, en cierto modo, el mismo carácter que la retórica.

En ambas hay que analizar una naturaleza: la del cuerpo en la una, la del alma en la otra, si se quiere recurrir no solo a una rutina y a una práctica, sino a una técnica, para suministrar al cuerpo medicinas y alimentos y producir así en él la salud y la fuerza, y al alma, ideas y ocupaciones justas para transmitirle la convicción y la virtud que se desea. (Fedro 270 b).

La individualización del tratamiento alcanzará su cúspide por obra de la persuasión verbal:

ésta hace que el enfermo acepte la indicación del terapeuta con la certidumbre objetiva y subjetiva de que esa indicación es realmente “para él”

La palabra del médico hace cualitativa y según el alma una individualización del tratamiento que de otro modo no sería sino cuantitativa y según el cuerpo.

“Aquella prescripción tiránica de que hablábamos y que comparábamos a las prescripciones de los médicos que llamamos serviles, no es, según esto, sino ley pura; y lo manifestado antes de ella, eso que éste (Megilo) ha llamado lo suasorio, siendo como es realmente persuasivo, tiene el mismo carácter que un exordio en relación con un discurso”

(Leyes, 722 e-723 a).

La oportuna persuasión mediante un “bello discurso” hace suaves la ejecución del tratamiento médico y la obediencia a la ley (Leyes 720 a).

Aceptando como justo el texto legal, el ciudadano queda en sí y por sí mismo obligado a lo que la ley impone y así procura demostrarlo Platón.

“Si un médico, sin intentar persuadir a su paciente, pero realmente impuesto en su arte, obliga a un niño, a un hombre o a una mujer a que cumplan la norma mejor, ¿cual será el nombre de esa imposición?.

¿No será cualquier cosa antes que el llamado error pernicioso contrario al arte?.

Y quien sufra tal imposición, ¿no estará acaso en el derecho de afirmarlo todo, salvo que ha sufrido tratamientos perniciosos e inhábiles por parte d los médicos que se los impusieron?”

(Político, 296 b-c).

La ilustración y la persuasión del enfermo ganan su máxima eficacia individualizadora merced a la ADECUACIÓN BIOGRÁFICA del tratamiento.

“No sólo pueden ser beneficiosos para unos cuerpos y perjudiciales para otros un mismo ejercicio y un mismo remedio

(Leyes 636 a-b);

también sucede que una prescripción dietética o terapéutica, buena en determinada ocasión de la vida, no lo sea tanto en otra”.


Aristóteles
le recuerda a los griegos:

“Los médicos en Egipto

–escribe en su Política (1286 a)-

pueden apartarse de las prescripciones generales al cuarto día del tratamiento, y antes por su cuenta y riesgo.
Es evidente, pues que el régimen fundado en disposiciones escritas y leyes (válidas, por tanto, coactivamente y sin discriminación de personas y tiempos) no es el mejor”.

Sin una exquisita adecuación del tratamiento a la individualidad y a la biografía del paciente, no podría lograr su perfección el arte de curar.

Pero una asistencia médica excesivamente individualizada, atenta a la más leve dolencia y a la más tenue peculiaridad de la constitución y la biografía del enfermo, ¿es realmente deseable?.
¿No será, por último, indigna y perjudicial?

Así lo cree Platón:

“¿No te parece vergonzoso

- dice Sócrates en la República-

el necesitar de la medicina, no cuando nos obligue a ello una herida o el ataque de alguna enfermedad epidémica, sino por estar, a causa de la molicie o de un régimen de vida (tan vicioso) como el descripto, llenos, tal que pantanos, de humores o de flatos, obligando a los ingeniosos asclepíadas a poner a las enfermedades nombres como flatulencias y catarros?”

(III, 405 c-d).

Frente a la medicina que Platón juzga sana y tradicional, solo atenida a las enfermedades que por azar surgen en la vida del paciente, el artificio y la molicie de los hombres han construído una terapéutica “pedagógica”, cuya norma es seguir día a día el curso vital del paciente, a la manera que el pedagogo va siguiendo los pasos del niño que cuida.
Heródico de Selimbria habría sido su inventor:

“Heródico de Selimbria, que era profesor de gimnasia y perdió la salud

-escribe Platón-

compuso una mixtura de gimnástica y medicina, y comenzó a torturarse a sí mismo para seguir después torturando a los demás...

Por no ser capaz de sanar su enfermedad, que era mortal (esto es: incurable) se dedicó a seguirla paso a paso y continuó durante toda su vida sin otra ocupación que la de cuidarse, sufriendo siempre ante la idea de salirse lo más mínimo de su régimen acostumbrado; y así consiguió llegar a viejo, muriendo continuamente en vida por culpa de su propia ciencia”.

(República III, 406 a-b).

Ocioso será decir que son las personas ricas las únicas que pueden permitirse el lujo de utilizar para su propio cuidado esta minuciosa y exigente “terapéutica pedagógica”

“Cada ser viviente

–dice un significativo pasaje del Timeo-

nace llevando consigo una duración asignada por el destino, no contando las enfermedades por necesidad (ananké)... Y lo mismo acaece en cuanto a la composición de las enfermedades.
Si mediante fármacos se pone fin a la enfermedad antes del término fijado por el destino, de ordinario nacen entonces de las enfermedades leves enfermedades graves, y de enfermedades en pequeño número gran copia de enfermedades.
Por lo cual todas las cosas de este género deben ser gobernadas
-educadas- en la medida que para ello haya holgura, y no conviene irritar, tratándolo con fármacos, un mal caprichoso”.

(Timeo, 89 b-c).

Tres afirmaciones hace Platón:
que los tratamientos enérgicos e intempestivos pueden ser perjudiciales;

que la “terapéutica pedagógica” –suave unas veces, menos suave otras, cuidadosamente atenta siempre a la peculiaridad individual y al curso vital del paciente- es la procedente en las enfermedades crónicas;

y por último, que tal método terapéutico no es posible sin cierta holgura del enfermo, porque sólo abandonando sus quehaceres habituales podrá éste consagrarse a los que le imponga el tratamiento; lo cual, como es obvio, pide que dicha “holgura” sea económica.

“Del rico

– enseña la República –

podemos decir que no tiene a su cargo una tarea cuyo abandono forzoso le haga intolerable la vida”

(III, 407 a);
y es evidente que la “terapéutica pedagógica” requiere del paciente –aparte los honorarios del médico y el pago de los remedios que éste prescriba – muy amplia disponibilidad de tiempo libre: ocio.

Sólo el rico puede comprar tiempo propio y tiempo ajeno.

Toda la axiología social del mundo griego
–alta estimación del ocio, subestimación de la faena servil, exigencia ética de emplear el ocio para la propia perfección individual y estética y en última instancia al servicio de la polis – se halla presente en esa breve frase de Platón.

C)El enfermo libre y pobre.

Entre la impersonalizada y “tiránica” asistencia médica a los esclavos y el tratamiento curativo y dietético de los hombres libres y ricos, tan exquisitamente individualizado, se hallaba el cuidado “resolutivo” que en los casos de enfermedad recibían los hombres libres y pobres.

Así dice Sócrates en la República:

“Cuando está enfermo un carpintero, pide al médico que le dé un medicamento que le haga vomitar la enfermedad, o que le libere de ella mediante una evacuación por abajo, un cauterio o una incisión.
Y si le va con las prescripciones de un largo régimen, aconsejándole que se cubra la cabeza con un gorrito de lana y haga otras cosas por el estilo, pronto saldrá diciendo que ni tiene tiempo para estar malo ni vale la pena vivir de ese modo, dedicado a la enfermedad y sin poder ocuparse del trabajo que le corresponde.
Y muy luego mandará a paseo al médico y se pondrá a hacer su vida corriente;
y entonces, una de dos: o sanará y vivirá en lo sucesivo atendiendo a sus cosas o, si su cuerpo no puede soportar el mal, morirá y quedará así libre de preocupaciones”

(República III, 406 d-e).

Tan expeditivo proceder terapéutico tiene para Platón una evidente justificación social:

“He ahí –dice Glaucón comentando las palabras antedichas- el género de medicina que parece adecuado para un hombre de esa clase”

(406 e).

Según Platón, ese modo de tratar a los enfermos es el que conviene al bien de la polis, y por tanto, el objetivamente preferible.

Aristóteles después dirá:

“En toda ciudad, hay tres elementos:
los muy ricos,
los muy pobres y, en tercer lugar,
los intermedios entre unos y otros;
y puesto que hemos convenido que lo moderado y lo intermedio es lo mejor, es evidente que también cuando se trata de la posesión de los bienes de fortuna es la clase intermedia la mejor de todas, porque es la que más fácilmente obedece a la razón”

(Político, 1295 b).

Resumimos el pensamiento platónico acerca de la asistencia médica:

1)Fuesen ricos o pobres, el tratamiento de las enfermedades agudas de los hombres libres era en la Atenas platónica aproximadamente igual en todos los casos.

2)Con su personal destreza y eficacia, más o menos apoyado en el recurso subsidiario de la persuasión verbal, el médico empleaba su arsenal terapéutico, fármacos, dieta o incisiones para acabar cuanto antes con el accidente morboso.

3)Las enfermedades crónicas, en cuya causalidad tanta parte tiene el habitual régimen y estilo de vida del paciente, exigen recurrir al método terapéutico individualizador y biográfico por excelencia: el que Platón llama “pedagógico”.

De este método se puede hacer un uso recto y un abuso.

Lo usan rectamente los médicos que saben “gobernar” o “educar” los estados de enfermedad según las clara reglas apuntadas en el Timeo.

Abusan de la “terapéutica pedagógica” los médicos y los enfermos caricaturizados en la República.

4)El empleo abusivo del método “pedagógico” – y, por lo tanto, la excesiva individualización somática y biográfica de los tratamientos- es perjudicial y debe ser proscrito en una polis que aspire a la perfección, y más aun, cuando se trate de educar a los futuros gobernantes (412 a).

La existencia individual del enfermo así tratado adquiere rasgos de nocividad. Mas que vivir, el paciente así tratado camina hacia su vejez

“muriendo continuamente por causa de la ciencia”.

Porque, como enfáticamente sostiene Platón, la vida de quien no pudiera dedicarse a la ocupación que le es propia

“no valdría la pena de ser vivida”.

(407 a).

Todavía son más fuertes las razones atinentes al bien de la polis.

El excesivo cuidado del cuerpo

“constituye un impedimento para la administración de la casa, el servicio militar o el desempeño de cualquier cargo fijo en la ciudad.

Y lo que es peor todavía, dificulta toda clase de estudios, reflexiones y meditaciones, porque se teme constantemente sufrir jaquecas o vértigos, y se cree hallar la causa de ellos en la filosofía;
de manera que es un obstáculo para cualquier ejercicio y manifestación de la virtud, pues obliga a uno a pensar que está siempre enfermo y a atormentarse incesantemente, preocupado por su cuerpo”

(407 b-c).

... la vida de cada ciudadano debe cumplir su destino “político” venciendo enérgica y abnegadamente la tentación que para los débiles constituyen el cuidado del propio cuerpo y la atención constante al propio derecho: quienes no se ocupan sino en pleitear y quienes viven pendientes del médico son igualmente nocivos para la polis” (405 a-d).

“En toda ciudad bien regida –dice Platón- le está destinada a cada ciudadano una ocupación a la cual por fuerza ha de dedicarse, sin que nadie tenga tiempo para estar toda la vida enfermo y cuidándose”

(406 c);

y esto es tan cierto en el caso de los artesanos como en el de las personas ricas, porque la continua “dedicación a las enfermedades” impide la práctica de la areté [virtud] (407 a-b) tanto como pueda impedir el ejercicio de la carpintería.

Hay más argumentos pensando en el bien común.

Quienes exigen para sus propios cuerpos los cuidados de una terapéutica desmedidamente “pedagógica”, contratan sólo para sí los servicios de un médico que podría y debería atender a otros muchos enfermos.

“¿Cómo podría darse jamás, dice el Extranjero en el Político, alguien capaz de permanecer toda su vida frente a uno solo, dictándole con precisión la norma que le conviene?”

(295 b).

Platón propone para su ciudad perfecta dos instituciones complementarias:
una judicatura compuesta por ancianos virtuosos y conocedores de la vida (409 b-c); y un cuerpo médico

“que cuide de los ciudadanos de buena naturaleza anímica y corporal, pero que deje morir a aquellos cuya deficiencia radique en sus cuerpos y condene a muerte a quienes tengan un alma naturalmente mala e incorregible”

(409 e, 410 a).

De ahí la conducta de Asclepio, tan buen médico como buen político cuando fundó el arte de curar, o el proceder terapéutico de sus hijos Macaón y Podalirio en el ejército sitiador de Troya.

Asclepio

“dictó las reglas de la medicina para su aplicación a aquellos que, teniendo sus cuerpos sanos por naturaleza y por obra de su régimen de vida, han contraído determinadas enfermedades; y quiso hacerlo únicamente para estos hombres y para los que gocen de tal constitución, a los cuales, para no perjudicar los intereses de la comunidad, deja seguir el régimen ordinario, limitándose a librarles de sus males por medio de fármacos e incisiones.

En cambio, con respecto a las personas crónicamente minadas por males internos, no se consagró a prolongar y amargar su vida con un régimen de paulatinas evacuaciones e infusiones”

(407 c-e).

Con más precisión: Asclepio ideó y enseñó a sus hijos (408 a-c) el método terapéutico “resolutivo”; y si se abstuvo de practicar y de transmitir a sus descendientes el método que más tarde habría de inventar Heródico de Selimbria –la terapéutica “pedagógica”- no fue por ignorancia o por inexperiencia, sino porque sabía dar al bien de la polis toda la importancia que éste realmente tiene (406 c).

El buen médico, decía brutal y expeditivamente un apotegma lacónico que recuerda Plutarco, no es el que pudre lentamente a sus enfermos, sino el que los entierra cuanto antes.

Individualizado y robustecido por la ilustración y la persuasión, el método “resolutivo” es para Platón la terapéutica ideal y la parte verdaderamente “divina” del arte de curar.

El método “pedagógico”, en cambio, sería pura invención de los hombres y consecuencia del desorden moral de la ciudad, lacra de una polis en que los ricos, olvidados de la virtud antigua e incapaces de renovarla por su razón, viven atenidos viciosamente a los placeres y las molestias de sus propios cuerpos.

Por último, en La República, o de la Justicia puntualizará Platón:

”¿Qué dirás a esto Sócrates? ¿No es preciso disponer de buenos médicos en la ciudad? Serán estos, sin duda, aquellos que hayan tratado a más personas sanas y enfermas, al modo como se considera buenos jueces a los que han juzgado a personas de los más diversos caracteres.

... serán los médicos más diestros todos aquellos que, además de dominar a fondo el arte médica, hayan tratado desde jóvenes el mayor número posible de cuerpos mal constituídos y hayan sufrido también en sí mismos, por no gozar de una naturaleza robusta, toda clase de enfermedades.

Porque, a mi entender, no es con el cuerpo como curan el cuerpo (en cuyo caso no podrían estar enfermos ni llegar a estarlo nunca) sino con el alma, la cual, si no disfruta de salud, no será capaz de curar nada.

(República 408 d).

Ricardo Sardi

La conquista de la fiebre amarilla

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Finlay, el sabio olvidado

El origen de la fiebre amarilla aún es objeto de controversias. Algunos creen que esta enfermedad apareció en México en el siglo XV, otros, que se describió en el África ya en 1585.

Recordemos que esta enfermedad se ha conocido con no menos de 152 nombres a lo largo de su historia.

Los escritos del Dr. Benjamín Rush y otros autores relativos a la epidemia que azotó Filadelfia en 1793 describen dramáticamente sus terribles efectos.

Otros puertos de EE. UU. también fueron afectados en el siglo XVIII. Ciudades del Caribe, y de la América Central y del Sur, periódicamente sufrían epidemias devastadoras, que también llegaban a las playas de España, Portugal y Francia.

Esta peste era endémica en la Isla de Cuba. Apareció por primera vez en La Habana en 1649, provocando alta letalidad y la muerte de los médicos Estela, Gutiérrez y Sandoval. En 1878, las estadísticas refieren 1,599 defunciones por fiebre amarilla y en los 10 años de guerra por la Independencia de la Isla –entre 1868 y 1879- fallecieron en La Habana 92.231 individuos, de los cuales 11.603 lo fueron por fiebre amarilla.

Este azote contribuyó a la formación de los EE. UU., ya que obligó a Napoleón a ceder la Luisiana después que perdió nueve décimas partes de su fuerza expedicionaria en Santo Domingo, en 1802.

La fiebre amarilla o “vómito negro” como se la llamaba, derrotó mayor número de expediciones, ya fuesen españolas, francesas o inglesas, en el Nuevo Mundo, que las acciones militares. Las cifras de mortalidad eran pavorosas. Todos los esfuerzos hechos en el Continente para desterrar el azote amarillo seguían fracasando. Los sabios más famosos de la época, entre ellos el gran Pasteur, no pudieron arrancar a la fiebre amarilla su terrible secreto. Una de las mayores dificultades encontradas en la lucha contra este mal era la falta de conocimientos respecto a su mecanismo de transmisión.

El Dr. Rush creía que la epidemia de Filadelfia de 1793 se había originado en las emanaciones de un cargamento de café que se pudría en los muelles. En 1797 anotó el hecho de que un paciente desarrolló la enfermedad después de fumar un cigarro, y también que la dirección de los vientos parecía tener alguna influencia sobre el número de víctimas.
El concepto de que los insectos pudiesen participar en la difusión de las enfermedades alcanzó aceptación con muchas resistencias. El Obispo Knud de Dinamarca mencionó esta posibilidad en 1498 en su “De Regimine Pestilentico”.

Ambrosio Paré se refirió a la influencia morbosa de las moscas en los campos de batalla. La primera comunicación científica que estableció que los insectos podían intervenir en la transmisión de algunas enfermedades fue publicado por el Dr. Patrick Manson en 1880, en la que reveló que el mosquito es el huéped intermediario de la filariasis.

En 1894 Manson dio a conocer sus teorías al Mayor Ronald Ross, del ejército británico; dos años más tarde, en la India, Ross determinaba la participación de la hembra de algunos anofeles en el ciclo vital del parásito del paludismo.

Los primeros en sugerir que un insecto pudiese desempeñar un papel en la transmisión de la fiebre amarilla fueron el Dr. J. Crawford, de Baltimore, en 1807; el Dr. J. C. Nott, de Mobile, Alabama, en 1848; y el Dr. L. Beauperthuy, en 1854.

En febrero de 1881 se realiza en Washington la Conferencia Sanitaria Internacional. El Dr. Finlay asiste como delegado por Cuba, y es allí cuando declara oficialmente, por primera vez, que para que se propague la fiebre amarilla son necesarias tres condiciones: la presencia de un enfermo, la de un sujeto apto para contraer la enfermedad y la de un agente transmisor. Concluye que todas las medidas tomadas hasta entonces para detener la fiebre amarilla eran ineficaces, pues se dedicaban a combatir las dos primeras condiciones “en lugar de atacar la tercera para destruir el agente de transmisión o apartarlo de las vías por donde propaga la enfermedad”. “No nombré el mosquito en aquella ocasión –dice Finlay – reservándome hacerlo después que yo hubiera realizado un experimento total que tenía proyectado”.

Pero el mosquito no fue acusado específicamente hasta que el Dr. Finlay leyó su trabajo “El mosquito hipotéticamente considerado como agente transmisor de la Fiebre Amarilla,” ante la Academia Real de la Habana, el 14 de agosto de 1881.

Lamentablemente, por dos décadas nadie prestó atención a sus afirmaciones. El sabio se había adelantado a su tiempo. Y pasaron veinte años difíciles, sin que Finlay, al que se hacía objeto de chanzas y sarcasmos, lograra convencer a los demás de la exactitud de su doctrina. Mientras tanto, el temido “vómito negro” seguía segando vidas por millares.

Carlos Juan Finlay Barrés nació en la ciudad de Puerto Príncipe, hoy denominada Camagüey, el 3 de diciembre de 1833 y falleció en La Habana el 20 de agosto de 1915. Era hijo de un médico escocés y de madre francesa. Inició su educación en su patria y posteriormente se matriculó en la Escuela Médica Jefferson, de Filadelfia, donde se doctoró en 1855. Viajó a Francia a especializarse en Oftalmología. En 1864 comenzó su práctica médica en La Habana. Se hizo experto en epidemiología e hizo contribuciones respecto a la lepra, el beriberi, la filariasis, la triquinosis, la fiebre recurrente, el cólera y la tuberculosis; la cirugía del cáncer, el bocio exoftálmico, los efectos nocivos para la salud del gas de alumbrado, los principios científicos de la electroterapia, la reclusión de los leprosos, los niños recién nacidos...; se ocupa de la filariasis humana, la que comprueba por primera vez en Cuba, de la malaria y los abscesos hepáticos; pero su mayor interés lo constituía la fiebre amarilla. En 1872 publicó el primero de sus numerosos artículos sobre esta enfermedad. En ocasión de disertar en la Academia de Ciencias Médicas, Físicas y Naturales de La Habana en 1876 sobre “La verdad científica, la invención y su correctivo”, decía:

“La ciencia es la encargada de eslabonar las verdades sueltas que la observación le presenta”

Y agregaba:

”Desdeñada por muchos, ensalzada por otros hasta la extravagancia, la idea a priori, no por eso deja de ser una de las partes esenciales del mecanismo del entendimiento”.

Y concluía:

“Hipótesis, teoría, invención: estos son los trajes que la necesidad impone a la verdad antes de ser precepto científico....”.

Desde diciembre de1880, había pensado que los zancudos podían ser el agente involucrado en la enfermedad.

Cierta noche, el Dr. Finlay debió atender a un padre carmelita, gravemente enfermo de fiebre amarilla y debió permanecer a su lado varias horas, de tal manera que al volver a su hogar, estaba muy cansado. Se iba ya a acostar, cuando recordó que no había rezado, cumpliendo con su deber religioso, como buen católico que era.

“Demasiado cansado para arrodillarse, se sentó en su sillón. Era una noche calurosa; respiraba incómodamente; estaba deprimido y con ansiedad por sus enfermos graves y moribundos; y para colmo de males, un mosquito comenzó a rondarle. Este molesto insecto se mantuvo revoloteando y tratando de hundir la proboscis en su frente.
Mientras combatía el calor, su cansancio y el mosquito, al mismo tiempo que trataba de concentrarse en el rezo, repentinamente se le ocurrió un pensamiento: ¿Podrían los mosquitos ser los vectores de la fiebre amarilla?”. (Forster,3).

Emprendió unos experimentos, recurriendo a la especie de zancudo que sus observaciones sobre la epidemiología de la fiebre amarilla le señalaban como la más sospechosa: el llamado Culex mosquito por Robineau-Desvoidy y que ahora conocemos como Aedes aegypti. Primer gran acierto de Finlay, que lo basó en el estudio atento de sus hábitos domésticos.

Con ayuda de un viejo microscopio que adquiriera mientras estudiaba Medicina en Filadelfia, comenzó Finlay por observar el aparato picador del mosquito, encontrando que es un instrumento muy adecuado para transportar el material infectante desde el interior de los vasos sanguíneos hasta el individuo susceptible.
Planteó su hipótesis de trabajo:

“Tres condiciones serán indispensables para que la fiebre amarilla se propague:
1ª. Existencia de un enfermo de fiebre amarilla en cuyos capilares el mosquito pueda clavar sus lancetas e impregnarlas en partículas virulentas, en el período adecuado de la enfermedad.
2ª. Prolongación de la vida del mosquito entre la picada hecha en el enfermo y la que deba reproducir la enfermedad; y
3ª. Coincidencia que sea un sujeto apto para contraer la enfermedad alguno de los que el mismo mosquito vaya a picar después”.

Entre 1878 y 1881, Patrick Manson había demostrado que una filaria, Wuchereria bancrofti, cuyas larvas circulan en la sangre del hombre, tenía como mesonero a varias especies de zancudos.

Finlay se dedicó a cazar ejemplares de Aedes aegypti eligiendo los que no habían picado, uno de los cuales infectó haciéndolo picar a un enfermo de fiebre amarilla que se hallaba en el quinto día de su enfermedad y de la cual murió dos días más tarde. Seleccionó, entre los susceptibles, a los sujetos que servían para la experimentación y que él denominaba “los sanos no aclimatados” a la enfermedad, a uno de los cuales hizo picar –el 30 de junio de 1881- con el mosquito infectado doce días antes.

“Teniendo entonces en cuenta que la incubación de la fiebre amarilla –comprobada en algunos casos especiales- varía de uno a quince días –dice Finlay- seguí observando al sujeto T.B. (el sujeto de la experiencia). El día 9 de julio, empezó a sentirse mal y el 14 entró en el hospital con una fiebre amarilla benigna, pero perfectamente caracterizada”.

Esta fue, evidentemente, la primera transmisión experimental de fiebre amarilla humana, obtenida por picadura de Aedes aegypti.

Él sabía que la fiebre amarilla producía inmunidad de larga duración y que los individuos foráneos, al cabo de algún tiempo, enfermaban de ella. Por eso para sus experiencias, seleccionó 20 personas sanas, cerciorándose que nunca la habían padecido; prefirió soldados o religiosos provenientes de España y que no hubieran tenido la oportunidad de exponerse a contraer la enfermedad. Para confirmar su manera de razonar, se sometió a la picadura del mosquito, con resultados negativos; dos días después, inoculó a otro voluntario, quien a los cinco días presentó un cuadro infeccioso benigno, que fue diagnosticado en el hospital como fiebre amarilla de tipo abortiva. Igual resultado obtuvo con otro mosquito que infectó a otro enfermo de fiebre amarilla en el tercer día de su enfermedad y con el cual, a los doce días, contagió a otro individuo sano susceptible, quien presentó síntomas y signos de la infección cinco días más tarde, caso que también fue diagnosticado como fiebre amarilla abortiva. En el resto de los veinte individuos sanos en observación, que no sometió a la picadura por mosquitos no se observó ningún caso de fiebre amarilla durante todo el tiempo que duró la experimentación; eran los testigos.

En su clásico trabajo ante la Academia dijo:

” Estas pruebas son ciertamente favorables a mi teoría, pero no quiero incurrir en la exageración de considerar ya plenamente probado lo que aún no lo está, por más que sean ya muchas las posibilidades que puedo invocar a mi favor. Comprendo demasiado, que se necesita nada menos que una demostración irrefutable para que sea generalmente aceptada una teoría que discrepa tan esencialmente de las ideas hasta ahora propagadas acerca de la fiebre amarilla”.

Durante 19 años continuó realizando inoculaciones experimentales entre soldados españoles y sacerdotes, pudiendo exhibir como hecho incontrovertible a favor de su hipótesis, los 17 sujetos inmunizados, cuyo estado inmunitario no fue investigado por ninguno de sus críticos. Finlay hizo el propósito de obtener la prevención de la enfermedad mediante inoculaciones benignas, aplicando un concepto similar al de la inmunización antivariólica.

También se ocupó de la derivación profiláctica: para combatir la fiebre amarilla, había que destruir los mosquitos.

En 1898, deseando contribuir con su aporte a la guerra por la independencia de su patria, proclamó en vano, ante una asamblea de oficiales del Ejército de la Marina Norteamericana que, para extirpar la fiebre amarilla, había que eliminar los focos de crianza del mosquito Aedes aegypti. En esa oportunidad, predominó la opinión adversa que sostenía el alto Comando bajo la influencia del cirujano general Dr. G. Stemberg. Las consecuencias de esa actitud negativa fueron nefastas para el ejército norteamericano de ocupación. Doscientos soldado morían diariamente (Hench), no obstante las drásticas medidas de higiene ambiental adoptadas por el Comandante y Jefe del Cuerpo Médico Dr. William C. Gorgas, quien también estaba imbuido del escepticismo dominante en las altas esferas norteamericanas sobre la doctrina de Finlay y, en consecuencia, no quiso tomar ninguna disposición en contra del mosquito Aedes aegypti, señalado por Finlay como agente transmisor de la fiebre amarilla.

Se nombró en Washington una comisión médica presidida por el médico militar y bacteriólogo Mayor Walter Reed. Después de intentos equivocados y perplejos enfrentan una curiosa situación. Un soldado, en una celda de la prisión, cayó enfermo y murió de fiebre amarilla, pero sus compañeros de celda, expuestos a la misma atmósfera y alimentación, permanecieron sanos.

”¿Podría haber entrado algo por entre las barras de la ventana abierta, golpeado a sólo un hombre y huido? ¿Podía la fiebre amarilla ser causada por un agente alado? ¿Podía tener razón el Dr. Carlos Finlay?” (Hench).

Y así, presionados por el Gobernador Militar de la Isla de Cuba, Gral. Leonardo Wood, la Comisión se entrevistó con Finlay en su casa, el cual con toda generosidad, les entregó sus trabajos, nómina de las personas inoculadas y una cubeta con huevos del insecto y con los cuales la Comisión haría las infecciones experimentales.

La Comisión Americana, siguiendo la huella fecunda de Finlay, pudo develar definitivamente el misterio de la transmisión de la fiebre amarilla. El Comandante del Cuerpo Médico del Ejército Americano en la Isla de Cuba, W. C. Gorgas, se decidió finalmente en febrero de 1901 a iniciar la profilaxis de la fiebre amarilla, bajo el lema: “guerra a muerte al mosquito”. Recurrió al petróleo, que hacía arrojar en los focos de crianza domésticos: barriles, tinas, charcos de agua, escusados, floreros y cuanto tiesto podía conservar aguas estancadas por más de una semana. Con estas medidas, en siete meses eliminó para siempre la fiebre amarilla de La Habana, poniendo fin a 250 años del flagelo. Gorgas (quien se había opuesto tercamente durante más de dos años a seguir los consejos de Finlay) exclamaba más tarde:

“No conozco ninguna teoría establecida por un hombre de ciencia que obtuviera tan rápida y brillante sanción y que fuese aplicada con tanto éxito por aquellos que ejercen el poder”.

En forma sucesiva se dio el saneamiento de Panamá, Veracruz, Nueva Orleáns, Río de Janeiro y Guayaquil.

Párrafo especial merece la espectacular construcción del Canal de Panamá, después del fracaso sufrido por Fernando Lesseps, a causa de la inexorable mortandad por fiebre amarilla que allí se producía. El Canal de Panamá sólo pudo construirse cuando W. C. Gorgas efectuó el saneamiento del lugar, aplicando las medidas profilácticas inspiradas en la doctrina de Carlos Finlay.
Esta fue la epopeya de Finlay “el obstinado”.

El 3 de diciembre es el Día del Médico. Esta efeméride fue propuesta en 1953 por la Confederación Panamericana de Dallas, Texas, como Día de la Medicina Americana, eligiéndose la fecha del nacimiento del científico cubano Dr. Carlos Finlay (1853-1915) descubridor del agente transmisor de la fiebre amarilla.
El Gobierno Argentino modificó (por Decreto 11.869 del 3 de julio de 1956) la fecha original de celebración del Día del Médico, trasladándola al 3 de diciembre.

Horacio Fischer y Ricardo Joaquín Sardi

Thomas Percival y la Ética Médica

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La evolución de los Códigos de Ética Médica desde Hipócrates a la actualidad ha conservado cuatro objetivos fundamentales:

la promoción de la conciencia moral,
la protección del “gremio” médico,
la formación de los profesionales y
la regulación de la profesión.

El punto liminar de la historia de los Códigos es el Juramento Hipocrático, escrito probablemente hacia el 400 a. C. por discípulos de Hipócrates, que comprende una serie de votos de naturaleza religiosa con raigambre pitagórica (Edelstein), de carácter sagrado y fuerte solemnidad.
El rasgo más sobresaliente es su paternalismo, encarnado en la frase: “Del daño y la injusticia le preservaré (al paciente).”
Así se asume una completa responsabilidad sobre el enfermo, dotando el compromiso asumido de una filosofía de vida en la actividad profesional, como así también de una serie de reglas específicas de conducta médica. Ha resistido impecablemente el paso del tiempo, como lo prueba su reiteración en las ceremonias de graduación de los nuevos médicos. Otros Códigos (no tan célebres)demuestran el esfuerzo en distintas culturas por estructurar principios rectores en medicina de acuerdo a la influencia de las distintas cosmovisiones respectivas, como se ve en tres códigos representativos: los juramentos hindú, hebreo y persa.

El Caraka Samhita es un texto escrito por un médico hindú en el primer siglo d.C. y contiene un juramento para los estudiantes de medicina con votos, al estilo del Juramento Hipocrático. El estudiante jura tratar a sus pacientes con respeto y no aprovecharse de ellos.

El Libro de Asaf Harofé es el texto médico hebreo más antiguo conocido y también contiene el juramento que los estudiantes debían realizar en su graduación. Asaf ben Berejiahu (llamado Asaf Harofé) fue un médico judío que ejerció en Siria o Mesopotamia alrededor del siglo VI d.C. Gran parte del juramento es de carácter religioso e insta al estudiante a que deposite su confianza en Dios, fuente última de misericordia y saber.

Con similar énfasis en lo divino se expresa el texto de ética médica de , un médico persa del siglo X, respetando a Hipócrates y considerando omnisciente a Dios y por tanto origen de la sabiduría. Exhorta a respetar al maestro y proteger las necesidades de la siguiente generación médica.

Después de varios siglos aparecen nuevos códigos. En 1617, el médico chino Chen Shih-Kung incluyó en su manual de cirugía una declaración sobre ética médica con cinco “mandamientos”, con el respeto a la dignidad de los pacientes como denominador común.

La declaración ética del persa Mohamed Hosin Aghili (1770) enumera hasta 23 deberes, entre los que pueden encontrarse precedentes de las obligaciones éticas actuales en medicina.

Por ejemplo, el médico debe consultar a un colega si no está suficientemente preparado para tratar un caso.

La contribución más notable a la codificación de la ética médica desde el Renacimiento se debió indudablemente al médico inglés Thomas Percival. Su papel fundamental como fuente del pensamiento ético médico contemporáneo, se expresa en su Code of institutes and precepts adapted to the professional conduct of physicians and surgeons, publicado en 1803, que es esencialmente, un manual de ética y etiqueta médica.

En 1791 Percival, famoso médico y moralista, devoto cristiano, recibió el encargo de redactar un código de conducta para resolver un áspero enfrentamiento que tenía lugar en el Manchester Infirmary respecto a quién debía ser, en último término, el responsable del paciente. Impregnado de principios judeocristianos, al tratar de la conducta profesional en el marco hospitalario, tiene más de código de práctica que de código de ética.

En la dedicatoria a su hijo, entonces estudiante de medicina, Percival alude al hombre sabio que actúa según “principios definitivos” y al hombre bueno que se asegura que estos principios sean “conformes a la rectitud y la virtud” y apela a sus colegas para que adopten conductas benevolentes, como el perdón, “que propicia la reforma y la virtud” asumiendo una actitud sensible que tenga tanto en cuenta los sentimientos como los síntomas de los pacientes.

Aborda lo que debe ser una práctica médica correcta, planteando cuestiones como la necesidad de auditorías y el control de calidad.

Siendo el origen del código las disputas entre el personal médico, varios preceptos se refieren a las relaciones entre profesionales. Así, es deber de cirujanos y médicos reconocer y aceptar sus respectivas áreas de trabajo, consultar entre sí los casos complejos, desistir de poner en tela de juicio la reputación de sus colegas y respetar la opinión de todos los médicos, incluidos los de menor rango. Su código tiene un sesgo fuertemente paternalista estableciendo que “la superioridad que da la autoridad inspira en la mente de los pacientes gratitud, respeto y confianza”.

En su Medical ethics, basado necesariamente en la virtud, la idea clave es que ”la figura del médico es la única garantía del bien y del bienestar del paciente”. El corolario es claro: para ser buen médico hay que ser buena persona.

La fundación de la American Medical Association (AMA) es de 1847, que ese mismo año adoptó un Código derivado del de Percival. Su finalidad era corregir el caos en que estaba sumida la medicina americana.

La AMA enfrentó la formidable tarea de desenmascarar a los pseudomédicos de manera que la profesión estuviera representada tan sólo por médicos adecuadamente formados.

Era un objetivo básico del Código dar una buena imagen de la medicina para inspirar confianza en la sociedad. Al promulgarse normas legales, esto se tornó innecesario y el Código fue modificándose para convertirse en un documento basado en la ética del deber, más preocupado por el paciente y con una mayor fundamentación ética.

Ricardo Joaquín Sardi

La violencia a los enfermos

Experimentos absolutamente escandalosos.

1. Los experimentos del Código de Nuremberg.

Durante la Segunda Guerra Mundial, los médicos alemanes se dedicaron a realizar “experimentos” brutales en los campos de concentración. Entre las atrocidades cometidas se cuentan mutilaciones quirúrgicas sin intención terapéutica, inyección de bacilos tíficos a prisioneros, experimentación farmacológica sin programación utilitaria...

Por ironía de la historia, Alemania se encuentra entre los primeros países que promulgaron el Código de Deontología de la investigación con sujetos humanos (1931).

Éste código (estrictas normas sobre experimentación con seres humanos y aplicación de nuevos productos terapéuticos en medicina) NO impidió los experimentos nazis en los campos de concentración. Estas Richtlinien no tuvieron parangón en su época y son de algún modo el primer gran código ético sobre ensayos clínicos.

En 1946 se sentaron en el banquillo de los acusados de Nüremberg veinte médicos y tres administradores.

Introductoriamente, el fiscal afirmó:

“A los acusados en este caso se les imputan asesinatos, torturas y otras atrocidades cometidas en nombre de la ciencia médica... En muchos casos los experimentos fueron diseñados por personas sin preparación; fueron efectuadas al azar, sin razones científicas adecuadas, y en condiciones físicas indignas. Todos los experimentos fueron hechos con sufrimientos y daños innecesarios, y muy pocas o ningunas precauciones se tomaron para proteger o salvaguardar a los seres humanos de las posibilidades de daño, incapacidad o muerte. En cada uno de los experimentos los sujetos padecieron dolor extremo o tortura, y en muchos de ellos sufrieron daños permanentes, mutilaciones o la muerte, ya como consecuencia de los experimentos, ya a causa de la falta de adecuada asistencia”.

Las declaraciones de principios se reducen a piadosas intenciones, si no hay rigurosa conciencia de ética profesional.

2. Experimentos con sujetos “vulnerables".

En el Willowbrook State Hospital de Nueva York se experimentó con el virus de la hepatitis en niños afectados de retraso mental.

En el Jewish Chronic Disease Hospital, de Brooklyn, se trasplantaron tejidos cancerosos a sujetos sin que éstos lo supiesen.

Los 400 negros sifilíticos de Tuskegee, Alabama EE.UU. en quienes se dejó que la enfermedad evolucionara y se omitió deliberadamente la administración del tratamiento adecuado. El experimento duró cuarenta años (entre 1939 y 1972). Entre los responsables figuraban personajes que habían ocupado cargos importantes, ministeriales e internacionales; el estudio (Sífilis terciaria en varones de raza negra, dirigido por Klaus Tagliaferro) pretendía observar la evolución natural de la enfermedad, a pesar que existía desde 1945 el tratamiento específico: la penicilina.

Después de conocerse la verdad, habían sobrevivido 8 personas, de las cuales 5 fueron recibidos por Clinton en 1997, quien les solicitó perdón en nombre del pueblo norteamericano.

Perdón públicamente debió pedir también el primer ministro japonés Junichiro Koizumi (2001) a todos los pacientes de lepra, que tras la promulgación en Japón de la Ley de Prevención de la Lepra, en 1958, fueron forzosamente puestos en cuarentena. Dicha ley violó prácticamente todos y cada uno de los derechos humanos.

En ese momento se obligó a los enfermos a trasladarse a centros especiales, donde permanecieron encerrados durante años, la mayoría de las veces sin ver a sus familiares y sin recibir tratamiento adecuado. El problema no era la falta de remedios, pues ya había drogas que permitían el tratamiento sin ser aislados del resto del mundo. El problema fue la marginación. Además la mayoría de los hombres fueron esterilizados contra su voluntad y las mujeres embarazadas, forzadas a abortar. El primer ministro reconoció violaciones a los derechos humanos dos días después que su gobierno manifestara que no se opondría al dictamen de una Corte que obliga al Estado a compensar a más de 100 damnificados por 114 mil dólares.

¿Cómo garantizar la protección de los sujetos que por su condición son especialmente vulnerables? es decir, más o menos incapaces de resistirse a la iniciativa experimental.

Es de notar que los abusos experimentales más significativos se producen en personas “marginadas” (retrasados, enfermos crónicos, ancianos). Lo cierto es que tales poblaciones pagan un tributo experimental mucho mayor que otras.

3. Experimentos con prisioneros y delincuentes .

En 1980, un psicofarmacólogo estadounidense, C.C. Pfeiffer, recibió 25.000 dólares de la C.I.A. para estudiar los efectos del LSD en el hombre. En ese tiempo no estaba permitido en EE.UU. utilizar prisioneros para que se experimentara con ellos (lo cual fue prohibido en 1977). Pfeiffer experimentó con los reclusos de una penitenciaría de Atlanta.

En Francia, en 1982 un equipo de investigadores solicitó al “Comité d’ ethique de L’ Institut national de la santé et de la recherche medical” (INSERM) una autorización para estudiar la administración de neurolépticos en medios carcelarios.

La autorización fue concedida.
Daniel Riche describe los experimentos japoneses a gran escala (entre 1931 y 1940), destinados a poner a punto armas bacteriológicas. Estos experimentos, llevado a cabo por militares causaron numerosas muertes (más de 3000): se realizaban en el Hospital de Harbin, en Manchuria (ocupada en ésa época por los japoneses).

4. Un caso excepcional

Recordemos el caso que relata J. Lehrmite, por ser verdaderamente excepcional.

El neurocirujano de la cárcel de San Quintín consiguió legalmente permiso para ofrecer sus servicios a los condenados a muerte; el “cobayo voluntario” fue un sentenciado a la pena capital. Se trataba de hacer psicocirugía para explorar los cambios que en la personalidad producían extensas lobectomías del lóbulo frontal.

A cambio de la intervención quirúrgica experimental, el reo consiguió que lo eximieran de la pena capital y, más adelante, obtuvo su libertad.

Los resultados parecían excelentes.

El profesor publicó el caso señalando los beneficios de la psicocirugía para aplacar la conducta agresiva de un delirante peligroso que por sus crímenes había sido condenado a muerte.

El propio enfermo se había interesado en los éxitos del cirujano. A tal punto participaba sentimentalmente, que un día decidió suicidarse. En una carta dirigida al cirujano lamentaba que su decisión causara decepción al maestro, ya que comprobaba que su personalidad no había cambiado y que en su intimidad seguía con los mismos deseos agresivos de siempre.

Hace más de 40 años el radiólogo estadounidense J. G. McAfee realizó una encuesta sobre la aortografía traslumbar.

Aunque sólo se recibieron 194 respuestas de los 450 radiólogos encuestados, resultó que el examen había causado 37 fallecimientos. Se mencionaban 98 casos de complicaciones importantes (entre ellas, 24 de parálisis de ambas piernas).

En ningún caso, el enfermo ha de ser utilizado como medio para que progrese la ciencia.

Las “declaraciones internacionales” ¿han logrado definir una investigación biomédica ideal?

El Art.1º del Código de Nuremberg afirma que es absolutamente esencial

“el consentimiento voluntario” del sujeto, y que antes de realizar un “experimento” el paciente debe saber su naturaleza y alcance, así como los riesgos que se corre.

Finalmente, debe garantizarse el derecho que tiene el interesado, de sustraerse al experimento en cuanto lo desee.

En 1905 la legislatura del estado de Pensilvania aprobó un Acta para la Prevención de la Idiotez en los que se incluía una cláusula de esterilización.
Fue vetada por el gobernador Pennypacker, quien dijo:

”Estos niños, casos de imbecilidad y de debilidad mental, han sido confiados a las instituciones por sus padres o tutores con el fin de que se les enseñe e instruya. Se propone (en el Acta) experimentar con ellos; no para su instrucción, sino para ayudar a la sociedad en el futuro... sin su consentimiento, que no pueden dar... Esta Acta asume que no se les puede enseñar ni instruir... (sin embargo, su) condición mental se debe a causas... completamente fuera del alcance de nuestros conocimientos”.

(Harry H. Laughlin, Eugenical Sterilization in the United States {Chicago, Psychopathic Laboratory of the Municipal Court of Chicago, 1922} pp.35-36.

Yatrogénesis clínica:

La enfermedad yatrogénica clínica comprende todos los estados clínicos en los cuales los remedios, los médicos o los hospitales son los agente patógenos o “enfermantes”. Son tan antiguos como la medicina misma, fueron estudiados por los árabes. Al-Razi (865-925 d.C.) médico jefe del Hospital de Bagdad, se ocupó del estudio médico de la yatrogénesis, según Al-Nadim en el Fihrist. En el tiempo de Al-Nadim (año 935) aún podían consultarse tres libros y una carta de Al-Razi sobre el tema:

“Los errores de objetivo de los médicos, De las purgas administradas a pacientes febriles antes del momento oportuno, Por qué razón los médicos ignorantes, el común de las gentes y las mujeres de las ciudades tratan ciertas enfermedades con más éxito que los hombres de ciencia y las excusas que ofrecen por esto los médicos.”

El dolor y la invalidez provocados por el médico han sido parte del ejercicio profesional a lo largo de la historia.

Heráclito (El Obscuro), sentencia 59:

“Y bien y mal {son una sola cosa}: Los médicos, pues, al cortar, quemar y torturar por todas partes y de mal modo a los enfermos, piden además recibir una remuneración de los enfermos, a pesar de no merecer nada, ellos que producen idénticamente los beneficios y los sufrimientos.”

“Fuera desto no hay ley alguna que castigue esta ignorancia capital, ni exemplo alguno de venganza. Aprenden con nuestros peligros y hazen experiencias con nuestras muertes, y solamente al médico le es concedido matar al hombre sin algún castigo. Antes las quexas se tornan en vituperio y denuestro; y se da la culpa a nuestra intemperancia y desorden, y por una o por otra parte son argüidos y reprehendidos los que se mueren.”

Cayo Plinio Segundo, Historia Natural, México, UNAM, 1976.

Aunque en realidad el Derecho Romano ya contenía algunas disposiciones contra los daños de origen médico, “damnum injuria datumper medicum”.

En Roma la jurisprudencia hace al médico legalmente responsable no sólo por su ignorancia y negligencia, sino también por actuar chapuceramente. El médico que había operado a un esclavo pero no había vigilado debidamente su convalescencia, tenía que pagar el precio del esclavo y la pérdida de ingresos al amo durante el tiempo que se prolongara la enfermedad. Esas disposiciones no cubrían a los ciudadanos, pero éstos podían demandar por su cuenta al médico por mal ejercicio profesional.

Los médicos están entrenados para "hacer algo" y expresar su preocupación con activismo, auto percibiéndose útil y eficaz cuando puede diagnosticar un mal.

La regla de la decisión médica lo empuja a buscar seguridad diagnosticando enfermedad antes que salud.

Howard W. Haggard en "El médico en la Historia" en p.301 nos describe los remedios y la terapéutica que los médicos de la realeza practicaron a un Rey moribundo en el año 1685:

“Una mañana, a eso de las 8 del día 2 de febrero, el Rey Carlos II perdió el conocimiento mientras se estaba afeitando en su dormitorio.

Inmediatamente se requirió la presencia de su médico que lo primero que hizo fue sacarle 500 gr. de sangre del brazo derecho y después 250 gr. del hombro izquierdo (ya hacía 57 años que Harvey había descrito la circulación de la sangre), le dio luego un emético, para que vomitase; dos purgas y una enema que contenía antimonio, sal de piedra, hojas de malvavisco, violetas, raíces de remolacha, flores de camamila, semillas de hinojo, linazas, semillas de cardamomo, canela, azafrán, cochinilla y aloes. Después se le afeitó la cabeza al Rey y se le produjo una ampolla en el cráneo y se le dieron polvos de estornudar de semillas de eléboro para purgar su cerebro, ya que entonces se creía que la secreción nasal venía del cerebro, y polvos de prímula para fortalecérselo. Se continuaba mientras tanto la administración de eméticos, a intervalos frecuentes, al mismo tiempo que se le daba una bebida calmante compuesta de agua de cebada, regaliz y almendras dulces, vino ligero, aceite de ajenjo, anís, hojas de cardo silvestre, menta, rosa y angélica. A los pies le pusieron un emplasto de pez y de estiércol de palomero y después se le hicieron más sangrías, seguidas de la administración de semillas de melón, maná, olmo, agua de cerezas negras, extracto de lirio del valle, peonía, espliego, perlas disueltas en vinagre, semillas de genciana, nuez moscada y clavo. A esta mezcla se añadieron cuarenta gotas de extracto de cerebro humano y finalmente, en la desesperación, se probó la piedra bezoar; y el Rey murió”.

Herman Boerhaave (1668-1738) en Leyden decía:

”El mejor remedio para esto (manía o melancolía) es arrojar al paciente imprevistamente al mar y mantenerlo bajo el agua todo lo que sea posible sin que se ahogue”.

Cien años después, éste método de la “zambullida” aún sería usado por Benjamín Rush en Filadelfia.

Reil, excelente clínico, a comienzos del s. XIX deseaba despertar a los pacientes a la razón por medio del temor, por el estampido de los cañones y escribía:

“Sea como fuere, la camisa de fuerza, el encierro, el hambre o unos latigazos (de lo cual hay que notificar a una tercera persona por una resolución debidamente escrita) bastarán para reprimir al paciente en poco tiempo

La clásica demostración de este prejuicio del activismo médico se dio en un experimento realizado en 1934, (American Child Health Association, Physical Defects: The Pathway to Correction, N. York, 1934, cap.8,pp.80-96), con una encuesta de mil niños de once años procedentes de las escuelas públicas de Nueva York. Se descubrió que el 61% había sufrido le extirpación de las amígdalas.

“El 39% restante fue sometido a examen por un grupo de médicos, que seleccionaron el 45% de estos niños para la tonsilectomía y rechazaron al resto.

Los niños rechazados fueron reexaminados por otro grupo de médicos, que recomendaron la tonsilectomía para el 46% de los que quedaban después del primer examen. Cuando los niños rechazados fueron examinados por tercera vez, un porcentaje similar fue seleccionado para la tonsilectomía, de modo que al cabo de tres exámenes sólo quedaban 65 niños para los que no se había recomendado la extirpación.

Estos sujetos restantes NO fueron examinados nuevamente porque se agotó la dotación de médicos examinadores.”

Harry Bakwin, Pseudodoxia Pediatrica, New England Journal of Medicine 232, 1945, pp.691-97).

La prueba se realizó en una clínica gratuita, donde no había consideraciones económicas que explicaran el prejuicio.

En 1967 el Dr. Maurice Pappworth publicó un informe sobre ciertos procedimientos experimentales de diagnóstico que implicaban gran riesgo de daño permanente o de muerte, que aparecen descritos recientemente en las publicaciones médicas más respetables, y que se aplicaron a menudo a no-pacientes, niños, mujeres embarazadas, débiles mentales y ancianos. Él ha sido atacado por hacer un servicio negativo (disservicio) a su profesión, por minar la confianza de la gente en los médicos, y por publicar en un libro de edición popular {Human Guinea Pig: Experimentation on Man, Boston: Beacon Press, 1968} lo que “éticamente” sólo podía decirse en la literatura escrita para médicos.

Acaso lo más sorprendente en estos informes sea la repetición sin descanso de procedimientos idénticos de alto riesgo con el sólo propósito de ganar promociones académicas.

Entre 1963 y 1979 veinticuatro pacientes mueren en el Hospital Psiquiátrico Chelmsford de Sidney por tratamiento de electroshock en coma inducido por barbitúricos, (Terapia de Sueño Profundo y T.E.C.= terapia electro convulsiva).
Responsable principal el Dr. Harry Bailey que se sometió a su propio tratamiento y se suicidó en 1985.

Hace unos años en el Hospital Lainz de Viena unos médicos preocupados observaron que la cantidad de muertes en la clínica de medicina interna era siempre más alta cuando ciertas enfermeras estaban a cargo del turno noche. Después de ser detenidas por la policía, cuatro de ellas confesaron haber dado muerte a 49 pacientes, todos de más de 75 años, desde 1983. Los pacientes fueron eliminados inyectándoles sobredosis de medicamentos, incluyendo insulina o introduciéndoles agua en los pulmones para sofocarlos, siendo ésta la mayor cifra de homicidios en un hospital que se haya dado en Europa.

Las enfermeras, de entre 27 y 50 años, confesaron que comenzaron a matar a los ancianos originalmente por compasión al ver sus sufrimientos y sabiendo que se trataba de enfermos desahuciados. Al continuar con su práctica, algunos pacientes fueron eliminados simplemente porque se habían tornado molestos, por stress de sobrecarga laboral o por repulsión.

En un estudio realizado en 1973 el New England Journal of Medicine reveló que el 14% de los bebés que morían en la unidad de terapia intensiva de Yale-New Haven sucumbían por falta de tratamiento. Hoy en día, en el Centro Médico Nacional del Hospital de Niños de Washington D.C., los facultativos renuncian a mantener con vida, mediante terapéutica, a un 17% de los bebés.

Enfermeras turcas protestan por prueba de virginidad,( en Ankara, Turquía) y prometieron (2001) "luchar hasta el fin" contra una nueva medida que exige pruebas de virginidad para las estudiantes de facultades de Medicina de quienes se sospecha mantienen relaciones sexuales.

Representantes de la Asociación de Enfermeras Turcas se reunieron con el ministro de Salud Pública Osman Durmus para protestar por la medida, diciendo que era "arcaica y contra la libertad y los derechos humanos".

Buyan Doga, presidenta de la asociación de enfermeras, dijo a Durmus que "lucharemos hasta el fin" a fin de que la medida sea derogada, informó la agencia noticiosa Anatolia.

Durmus defendió la medida, diciendo que protegerá a menores de la prostitución.

La nueva medida propone la expulsión de estudiantes que hayan tenido relaciones sexuales. Se aplica sólo a estudiantes mujeres en facultades de Medicina, donde se entrena también a enfermeras y parteras.

Los Impostores: D.L. Rosehan, "On being sane in insane places", Science, 179 (enero), pags. 250-258, 1973 by American Association for the Advancement of Science. El autor y sus colaboradores realizan la investigación sobre:

"Si la cordura y la locura existen, ¿cómo las reconoceremos?".

A tal fin, sin conocimiento del personal de doce hospitales psiquiátricos se presentan como pacientes, pidiendo hora y llegando a la oficina de admisión quejándose de que habían estado oyendo voces...

Inmediatamente después de la admisión, los pseudopacientes (tres mujeres y cinco hombres) dejaron de simular cualquier síntoma o anormalidad, comportándose en la sala como lo hacían “normalmente”. Al ser preguntados por su estado respondían que se sentían bien, que habían dejado de experimentar síntomas. Siguieron las instrucciones del personal, concurrieron a los llamados para medicación (pero NO tomaron las píldoras). Redactaron las notas de sus observaciones a la vista de los demás, que no les prestaron demasiada atención. Con excepción de uno, todos fueron diagnosticados como “esquizofrénicos”. En el alta médica y epicrisis quedaron registrados como “esquizofrenia residual”.

Pudieron examinar a través de un conocimiento directo el proceso por el cual las personas son recibidas y clasificadas como “cuerdas” o “locas”. La extensión de la hospitalización fue de los siete a los cincuenta y dos días, con un promedio de diecinueve días. Estos pseudopacientes incluían a tres psicólogos, un pediatra, un psiquiatra, un pintor, un ama de casa y un estudiante de psicología de veinte años, el más joven del grupo.

La aparición en el siglo XIX de la anestesia quirúrgica planteó problemas novedosos en cuanto al consentimiento informado. En 1884 H. Wells realizó en Hartford, Conneticut, las primeras extracciones dentarias indoloras utilizando óxido nitroso y W.T.G. Morton consiguió efectos similares en el Massachusetts General Hospital de Boston, empleando éter sulfúrico. Desde entonces los cirujanos cobraron conciencia de que poseían un arma potentísima, no sólo para evitar el dolor, sino también para vencer las resistencias de los pacientes a ser operados. La pérdida de conciencia que producía el gas anestésico permitía todo tipo de actuaciones sin que el paciente las conociera, sobre todo con los pacientes incompetentes, del tipo de enfermos mentales o de niños. Es interesante advertir que, entre los sujetos en quienes se presumía la falta de capacidad o la capacidad disminuida, estaban en esa época los esclavos, los inmigrantes y las mujeres.

En un famoso caso estudiado por el perito Brouardel, el dentista Levy hipnotizó a una joven mujer en el sillón basculante y la embarazó (la niña era hipnotizable); a pesar de sus negativas de haberse valido de tal procedimiento, fue condenado (Annales d’Hygène et de Medecine Légal, 1879, citado por Nerio Rojas, Medicina Legal, p. 202).

Una de las situaciones en que más aceptación tuvo la anestesia involuntaria fue en el de las parturientas con problemas que requerían intervención instrumental.

El Bulletin of the New York Academy of Sciences publica la historia de un obstetra que convirtió en un “hábito indefectible” el utilizar el éter a fin de poder intervenir en el parto “sin decir a las mujeres que se iba a utilizar el fórceps”:

“Ahora, señor, en los casos de fórceps, yo encuentro el mayor placer del mundo... en ahorrar a las pacientes la anticipación de la operación... El cloroformo es una gran ventaja que permite hacer un completo examen de la criatura sin que la madre sepa que estás haciendo eso con vistas a la operación. Otra ventaja consiste en el hecho de que puedes consultar a otros colegas sin su conocimiento. Se ahorra el saber que el Dr. A o el Dr. B está en camino: el médico puede llegar, realizar la operación e irse, mientras la paciente ignora por completo lo que se está haciendo”

En la década de 1890 los tribunales americanos empezaron a ser asediados por pacientes que denunciaban el haber sido víctimas involuntarias de la cirugía.
Ahora los pacientes acusaban a sus médicos de agresión (battery), no de negligencia. Según la legislación norteamericana, el delito de agresión se comete siempre que alguien actúa intencionadamente sobre el cuerpo de otra persona sin su permiso. Fue entonces en el cambio de siglo, cuando la common law empezó a establecer claramente que toda intervención sanitaria en la que el médico actuara sobre el cuerpo del paciente sin su consentimiento, podía constituir delito de agresión técnica.

Entre 1907 y 1960, 60.000 personas fueron esterilizadas a la fuerza en varios estados norteamericanos por las “políticas demográficas” con las mujeres “retrasada mentales” con alta proporción de afroamericanas.

Entre 1934 y 1975, 63.000 personas, de las cuales 90% eran mujeres, fueron esterilizadas autoritariamente en Suecia, y 48.000 en Noruega.

Muerte de mujer en experimento médico detona polémica sobre ensayos clínicos en EEUU

Washington (Afp) - La prestigiosa Universidad estadounidense Johns Hopkins tendrá que suspender todos sus ensayos clínicos humanos financiados por los fondos federales, tras la muerte de un cobayo humano, en un caso que trágicamente puso en el tapete el poco control en la medicina experimental.

La oficina federal de protección en materia de investigaciones humanas (OHRP, por sus siglas en inglés) estimó que la Universidad Jonhs Hopkins violó 24 veces el reglamento en materia de ensayos clínicos sobre el ser humano y le ordenó suspender sus experimentos hasta nuevo aviso.

La medida fue la consecuencia de una investigación sobre la muerte el 2 de junio de una joven mujer de 24 años que estaba en perfecto estado de salud, Ellen Roche, cuando participó voluntariamente del ensayo clínico de un medicamento experimental contra el asma, el hexamethonium.

Por el pago de 365 dólares, ella aceptó inhalar el medicamento, que ejerció un efecto constrictor sobre las vías pulmonares. Dos días después de la primera inhalación, el 7 de mayo, fue víctima de una insuficiencia respiratoria aguda.

Rápidamente hospitalizada, Roche murió tras tres semanas de agonía el 2 de junio.

La noticia no fue divulgada al público sino dos semanas después por la misma universidad, que informó de este primer deceso de un cobayo humano desde 1986.

En su informe, la OHRP implicó particularmente en la causa al médico inmunólogo, Alkis Togias, que estaba a cargo de la supervisión de este experimento del medicamento contra el asma.

Los motivos para cuestionar el papel de Togias fueron, según la OHRP, el uso de un producto que no había sido aprobado para ser utilizado en seres humanos; el olvido de notificar los efectos secundarios que habían sido probados con anterioridad en otro paciente; la modificación del protocolo experimental sin referirse a sus superiores, y la falta de consulta de estudios científicos que mencionaban el efecto tóxico del hexamethonium en los pulmones.

Además, los voluntarios que participaron en el experimento no habían sido completamente informados de los riesgos que corrían, ni de que la Agencia Federal de Control de Medicamentos (FDA) consideraba el consumo por inhalación del hexamethonium como un procedimiento experimental.

Con sede en Baltimore (Maryland, al este), la Universidad Johns Hopkins es una de las primeras instituciones de investigación en Estados Unidos, ya que es la unidad académica que más subvenciones recibe por parte de las agencias nacionales de la salud (NIH). Tan sólo el año pasado se le otorgaron 419 millones de dólares, de los cuales 277,5 millones se consagraron a la investigación del ser humano.

Si bien la Universidad se atribuyó "la entera responsabilidad" de la trágica muerte e indicó que aceleraría la implantación de medidas para que no se repitan hechos como éste, sus autoridades protestaron fuertemente contra la interrupción forzada de las investigaciones que se encuentran en desarrollo.

Según afirmaron en Johns Hopkins, la medida es

"precipitada, paralizante, inútil e injustificada (...) Fue tomada con el mayor desdén hacia la salud y tal vez la vida de los pacientes", de los cuales hay quienes están muy enfermos y reciben tratamientos experimentales".

"Incluso una interrupción temporal de los ensayos clínicos terapéuticos, como aquellos donde están implicadas las enfermedades del cáncer, podría ser desastrosa",

advirtió la Universidad en un comunicado.

Con esto la Universidad paga las consecuencias de sus errores, indicó el doctor Sanford Chodosh, presidente de la Asociación Responsabilidades en Medicina e Investigación, que justificó la sanción.

"Los accidentes pueden ocurrir, pero si la mitad de las conclusiones del informe es verdadera, entonces es pavoroso",

afirmó Chodosh. Los investigadores "no respetaron las reglas del juego. Ellos salieron totalmente del contexto reglamentario.

Para Ruth Falden, directora del Instituto de Bioética Phoebe Berman en Johns Hopkins, este caso pone en riesgo la confianza del público en la investigación biomédica.

"Temo mucho que personas que actualmente estén participando en ensayos clínicos o investigaciones humanas comiencen a tener pánico".

El comité divino de Seattle.

En 1962, el Dr. Scribner de Seattle, estado de Washington, se hizo famoso. Pero no por salvar vidas humanas gracias a los riñones artificiales, sino porque seleccionaba a aquellos pacientes que le parecían dignos de vivir.

La historia del riñón artificial comienza durante la Segunda Guerra Mundial. El primer aparato de este tipo lo construyó en ese turbulento período un médico holandés, el Dr. Willem Kolff. En 1947, Kolff atravesó el Atlántico y, partiendo de los planos de su invento y las ayudas que encontró en el hospital Peter Bent Brigham de Boston, realiza el riñón artificial Kolff-Brigham. Este aparato filtra la sangre, eliminando las substancias nocivas que, al acumularse, se vuelven fatales para el organismo. Sin embargo, el alivio que este tratamiento procuraba a los enfermos aquejados de uremia era de corta duración. La máquina debía conectarse en el punto de entrada en una arteria y, en el punto de salida, en una vena. Dado que cada arteria y cada vena no podían utilizarse más que una sola vez, la esperanza de supervivencia de cada paciente quedaba inexorablemente restringida. En 1960, el Dr. Bernard Scribner y sus colegas de la facultad de medicina del estado de Washington en Seattle ponen a punto un tubo que puede implantarse en forma permanente en una vena y una arteria del brazo, de modo que las vías de acceso a la máquina permanecen fijas. Por primera vez, el riñón artificial podía tratar a los pacientes afectos de graves enfermedades renales crónicas.

Gracias a una fundación, el Dr. Scribner pudo crear en 1962 el Centro de riñón artificial de Seattle. El primer año, el centro atendió a tres pacientes. La escasez de riñones artificiales obligó al centro a proceder a una selección y el Dr. Scribner, que no quería tomar personalmente semejantes decisiones, instituyó una comisión de admisión. La comisión estaba compuesta por personas que no pertenecían al mundo de la medicina, escogidas de manera anónima y no remuneradas. Este "comité de admisión y orientación del Centro de riñón artificial de Seattle" fue rápidamente conocido por la opinión pública con el nombre de "comité divino de Seattle" (the Seattle God committee).

Menos de un año después de la creación del comité estalla el escándalo cuando sus prácticas de selección quedan expuestas por una periodista, Shana Alexander, en la revista Life (noviembre, 1962).

Un electricista de treinta y tres años, de raza blanca y con siete personas a su cargo, es el primer paciente escogido por el comité. La periodista mantiene que una mujer ha sido rechazada porque había vivido de la prostitución en el pasado.

Los pacientes son admitidos o rechazados de acuerdo con su estilo de vida, su estado civil, el número de personas a su cargo, sus convicciones religiosas y la contribución (económica, social...) que se supone han aportado a la sociedad.

Alexander no era la primera persona que escribía acerca del comité de Seattle, pero su artículo llama la atención sobre la autoridad discrecional de ese organismo y muestra indignación por el uso de criterios no médicos.

La comunidad médica no tuvo dudas respecto de la reacción del público. Supuso que la opinión compartía la indignación del periodista. El Dr. Scribner fue criticado por sus colegas en el congreso anual de urólogos porque su procedimiento había suscitado las críticas de la opinión pública (Fox y Swazey, 1978). El Dr. Scribner no comprendió lo que se le reprochaba. ¿Con qué derecho objetaban su procedimiento de selección unos extraños al mundo de la medicina? Lo importante no era la organización del comité, sino el hecho de que, gracias a la implantación de los dos tubos, el riñón artificial permitiera salvar vidas (Scribner, 1972; citado por Fox y Swazey, 1978).

Este escándalo ha dejado una huella permanente en la memoria de los médicos generalistas, de los especialistas y los expertos profanos. Después de él, se hizo impensable que los criterios no médicos de selección pudieran volver a tener la apariencia de valores "pequeño burgueses". Para los médicos, la elección de pacientes debe estar sólidamente fundamentada en razones médicas. De hecho, antes de disolverse en 1967, el comité de Seattle tuvo cada vez más en cuenta los argumentos médicos. Entre los expertos "profanos" creció la desconfianza hacia los procedimientos discrecionales en medicina. Con la apariencia de juicio médico ¿no estarán los facultativos y sus aliados disimulando sus prejuicios sociales o raciales?. Sanders y Dukeminier, psiquiatra y jurista respectivamente, critican el proceso de selección adoptado por el comité de Seattle:

"La justicia exige que la selección se haga mediante un método más equitativo que el del libre juego de las conciencias individuales, los prejuicios arraigados o la fantasiosa omnipotencia de un comité secreto"

(1978). Las palabras de estos expertos profanos tuvieron amplio eco. La comisión oficial, puesta en marcha por el estado de Massachusetts para regular los trasplantes renales, retomará su razonamiento en 1985. La selección de los pacientes para trasplante no debe ser el resultado de un procedimiento en el que se emita un juicio sobre el valor social de los candidatos.

El racionamiento médico, cuando afecta a cuestiones de vida o muerte, constituye un problema políticamente difícil de gestionar. Las autoridades federales han comprendido la lección y no han querido verse en la situación del "comité divino" de Seattle. Más que tener que elegir entre "el que vive y el que muere", los poderes públicos han acelerado la puesta en funcionamiento de riñones artificiales en los centros médicos. A partir de 1972, la escasez en este terreno desapareció en todo el territorio estadounidense.

Eva Perón: ¿víctima del síndrome V.I.P. (very important person)?. (o patient.)

Una cuestión ética controversial.

A fines de agosto de 1951 la señora Eva Perón tuvo pérdidas sanguíneas vaginales que trajeron preocupación a su ambiente íntimo.

El Dr. Raúl Mendé, médico y ministro de Asuntos Técnicos, muy allegado a la familia Perón, sugirió de inmediato un prolijo examen ginecológico por su ex maestro, profesor de Ginecología de Córdoba, Dr. Humberto Dionisi, quien comprobó una lesión ulcerada del cuello uterino efectuando la biopsia correspondiente. El patólogo, Dr. Julio Lascano González informó: "carcinoma endofítico".

El 20 de septiembre de 1951 el Dr. Méndez San Martín (Ministro de Educación) convoca al Dr. Jorge Albertelli a revisar a la paciente.

Su diagnóstico coincidió con el del Dr. Dionisi, quien había manifestado que no podría hacerse cargo del tratamiento.

Coincidieron también en que el pronóstico era muy poco alentador y en forma conjunta la conducta terapéutica a seguir. El patólogo había encontrado células neoplásicas abundantes en las venas del tumor, lo que significaba que éstas células serían llevadas por la sangre de la vena cava al ventrículo derecho y de allí al pulmón. El Dr. Albertelli aplicó radium intracavitario el 28 de septiembre de 1951, programando realizar la histerectomía unos cuarenta días después. Desde ese momento fue requerido como médico de cabecera, debiendo mudarse a vivir en la residencia presidencial de la calle Agüero, transformándose en observador y partícipe privilegiado durante tres meses del clima familiar, almorzando regularmente con el Presidente y su entorno, manteniendo largas pláticas con la Sra. de Perón.

Sus informes médicos eran entregados directamente al Presidente y tuvo a su cargo la responsabilidad directa de organizar la internación y la próxima operación. Ante la idea quirúrgica el general Perón deseaba que la intervención fuera efectuada por un renombrado cirujano oncólogo, sobre todo del extranjero. El Dr. Abel N. Canónico sugirió el nombre del Dr. George T. Pack, eminente especialista del Memorial Cancer Hospital de Nueva York, quien aceptó trasladarse al país en la segunda quincena de octubre, alojándose en la residencia oficial de Olivos. Revisó a la enferma quien había solicitado estar bajo los efectos de la anestesia general, por lo cual no vio ni entrar ni salir al facultativo. La Sra. Eva Perón cumplió el ciclo de tratamiento con el radium e ignoraba la presencia del Dr. Pack y que él fuera su futuro cirujano. Fue una estricta preocupación de la familia Perón el no dejar entrever la existencia de una lesión tumoral maligna, por lo que el Dr. Canónico actuó sólo como asesor, no entrevistando nunca a la enferma.

¿Por qué esta reserva frente al diagnóstico? En primer lugar, en aquellos años la sola mención de un proceso oncológico se asociaba irremisiblemente a sufrimientos y fatalidad.

En segundo lugar, dado el temperamento vigoroso y superactivo de la paciente, la certificación de un proceso canceroso hubiese determinado una gran frustración para su espíritu de alta sensibilidad.

Habiendo sido informada que padecía un fibroma, ella intuía que sería objeto de una intervención ginecológica de importancia.

A su pedido se convocó al Dr. Ricardo Finochietto, en calidad de cirujano general de reconocido prestigio, para que la próxima intervención aparentara no tener el carácter eminentemente ginecológico que en realidad tendría. La internación fue pública, (aunque no se dieron las razones de ella ni detalle alguno de la dolencia) en el Policlínico de Avellaneda.

De acuerdo con lo previsto, el Dr. Pack realizó la operación.

El Dr. Albertelli hizo de primer ayudante y el Dr. Horacio Mónaco de segundo. El Dr. Roberto Goyenechea era el anestesista. También estaban en el quirófano el Dr. Mendé, el Dr. Méndez San Martín, el Dr. Fariman, el Dr. Finochietto y el Dr. Canónico. Se hizo una anexo-histerectomía total con vaciamiento ganglionar pelviano.

El proceso tumoral se extendía fuera del cuello uterino y el examen histopatológico de la pieza operatoria, efectuado por el Dr. Grato Bur, confirmó que el carcinoma invadía el parametrio izquierdo.
Se dijo a la Sra. de Perón que el Dr. Albertelli había sido el único cirujano.
El profesional estuvo retenido en la residencia presidencial durante más de dos meses, sin poder salir de ella, para cuidar a la paciente.

La herida operatoria comenzó a supurar en toda su extensión.

La paciente, convencida que la había operado el Dr. Albertelli, tuvo con él violentas discusiones. Éste sugirió terapia radiante a cargo del Dr. Joaquín Carrascosa, mediante un equipo que se instaló en la residencia de la calle Agüero. En esa época no era aún practicable la cobaltoterapia ni el acelerador lineal. El equipo de los cuidados postoperatorios fue organizado por el Dr. Ricardo Finochietto. Actuaban de “médicos de cabecera” los Dres. Alberto Taquini y Jorge Alberto Taiana.

Este último era Decano de la Facultad de Medicina, sería luego Rector de la UBA y posteriormente Ministro de Educación, siendo el firmante (con 22 años de diferencia) de los certificados de defunción del matrimonio Perón.

El Dr. Albertelli se desvinculó de la Sra. de Perón el 31 de diciembre de 1951, finalizado el plan terapéutico de tres meses. No volvió a tener relación con ella ni con los médicos que la atendieron en las fases terminales de su enfermedad.

(La revolución de 1955 dejó cesante al Dr. Albertelli de la jefatura del Servicio de Ginecología del Instituto Peralta Ramos, y también fue cesanteado como Profesor de la Segunda Cátedra de Ginecología. Se recluyó en su domicilio y prácticamente no se lo volvió a ver). El Dr. Pack, que había tenido el gesto de no aceptar honorarios, recibió el título de Doctor Honoris Causa de la Universidad de Buenos Aires.

En los primeros meses de 1952 la enferma comenzó a tener síntomas de reactivación en la zona operatoria pelviana y manifestaciones bronco pulmonares. La radiografía puso en evidencia imágenes nodulares que mostraban la diseminación tumoral en ambos pulmones.

Consultado telefónicamente el Dr. Pack sugirió, como única tentativa, ensayar un nuevo compuesto químico, derivado de la mostaza nitrogenada el cual comenzaba a emplearse en el Memorial. Tuvo la cortesía de enviar varias dosis de la droga, que de inmediato se le suministró a la paciente por vía endovenosa. Quizá sea el primer caso de terapia antitumoral en nuestro país, y aunque causó una transitoria reacción favorable, el proceso tumoral siguió su curso irreversible, causando el fallecimiento de la paciente el 26 de julio de ese mismo año.

El tres de julio del año 2000, la revista The Lancet (Gran Bretaña) publicó un trabajo del Dr. Barron H. Lerner, historiador de la medicina y especialista en Ética de la Universidad de Columbia, que tropezó con el rol del Dr. Pack mientras investigaba la historia del cáncer de mama y consideró que mostraba el cambio sustancial y dignificante que se registró en la práctica y la Ética médicas durante los últimos 50 años.

Trágico para una nación fue lo sucedido con Tancredo Neves, presidente electo de Brasil en la reapertura democrática después de muchos años de dictadura militar. Antes de asumir debió ser sometido a una intervención quirúrgica abdominal. Como los tiempos marcados para las ceremonias oficiales se agotaban, los políticos urgieron al profesional a que NO colocara los drenajes obligados en estos post-quirúrgicos, para acelerar su recuperación. Como era de prever, todo se complicó; el paciente falleció y asumió la Presidencia el vicepresidente electo, Sarney.

En comunicación oral el Dr. Mauricio Knobel recordó que él debía ir a la casa de ese facultativo tratante para atenderlo y que se sucedían las visitas de grupos antagónicos. Unos le decían:

"Si Tancredo muere, tú te mueres"

. Los otros le decían:

"Si Tancredo vive, tú te mueres".

Históricamente en la medicina predominó el llamado Principio de Beneficencia por el cual los pacientes con cáncer y otras enfermedades mortales difícilmente eran informados por sus médicos acerca de su condición y pronóstico, no posibilitándole el ejercicio de su libre albedrío en lo atinente a su dignidad y calidad de vida.

El Dr. Pack, (murió en 1969), quería escribir sobre el caso clínico y el modo en que su participación fue condicionada sin intervención ni conocimiento de la enferma Eva Perón, pero no pudo hacerlo porque fue obligado a proteger la confidencialidad de tan importante personalidad. El entonces embajador norteamericano en Argentina, Ellsworth Bunker, aprobó, al igual que otras figuras del gobierno, sus acciones. Este cirujano general (y no ginecológico) le dejó grabaciones a su viuda Elena, que permitieron al Dr. Lerner investigar sobre la cuestión.

Estos son ejemplos que muestran cómo muchas personas famosas y con poder reciben menos asistencia (información y cuidados médicos óptimos)que le limitan y coartan el decidir acerca de su propia vida, por ser víctimas del síndrome V.I.P. (very important patient).

En esta crónica, basada en testimonios de los testigos presenciales, está visiblemente ausentes los principios básicos de la Bioética.

Hoy en día cualquier persona sin distinción de condición está protegida por la "Declaración de los Derechos de los Pacientes" y en particular en relación al Principio de Autonomía y al Consentimiento Informado.

El Principio de Autonomía se fundamenta en que el enfermo no es un simple ente, sino una persona dotada de razón para entender y de voluntad para decidir.

Cuando hay consentimiento informado, podrá aceptar o rechazar un tratamiento de acuerdo con lo que estima su bien. El consentimiento informado, por su parte, debe ser bastante explícito respecto del diagnóstico y las diversas posibilidades de tratamiento, y es obligatorio adecuarlo al grado de cultura de la persona. Desde este punto de vista, la relación médico-paciente no es de autoridad docta frente a un lego, o de paternidad al modo de la medicina tradicional, sino de igualdad de derechos y deberes. Mediante la progresiva definición de las figuras jurídicas de la imprudencia, la impericia, la negligencia y la coacción, el paciente va cobrando su propia autonomía.

El Principio del Consentimiento Informado e Idóneo es la fórmula que resume esta recuperación de la autonomía del paciente, sea o no V.I.P.

Dres. Horacio Fischer y Ricardo Joaquín Sardi

La medicina griega, considerada como PAIDEIA.

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El final del siglo V y el siglo IV a. de C. representaron en la historia de la profesión médica un momento culminante de cotización social y espiritual.

El médico aparece como representante de una cultura especial del más alto refinamiento metódico y es, al propio tiempo, la encarnación de una ética profesional ejemplar por la proyección del saber sobre un fin ético de carácter práctico la cual se invoca constantemente para inspirar confianza en la finalidad creadora del saber teórico en cuanto a la construcción de la vida humana.

La ciencia ética de Sócrates, que ocupa el lugar central en los diálogos de Platón, habría sido inconcebible sin el procedimiento de la medicina.

En todas partes y en todos los tiempos ha habido médicos, pero la medicina griega sólo se convirtió en un arte consciente y metódico bajo la acción de la filosofía jónica de la naturaleza.

La conexión entre el pensamiento médico de las obras de Hipócrates y el estudio de la naturaleza en su conjunto encuentra una expresión grandiosa en la introducción al escrito Sobre los vientos, las aguas y las regiones:

“Quien desee aprender bien el arte del médico deberá proceder así:

en primer lugar, deberá tener presentes las estaciones del año y sus efectos, pues no son todas iguales, sino que difieren radicalmente en cuanto a su esencia específica y en cuanto a sus transiciones.

Asimismo, deberá observar los vientos caliente y fríos, empezando por los comunes a todos los hombres y siguiendo por los característicos de cada región.

Deberá tener presentes también los efectos de las diversas clases de aguas. Éstas se distinguen no sólo por su sabor y por su peso, sino también por sus virtudes. Cuando el médico [usualmente en aquellas épocas, médico ambulante] llegue a una ciudad desconocida para él deberá precisar ante todo la posición que ocupa ante las diversas corrientes de aire y ante el curso del sol..., así como también observar lo que se refiere a las aguas... y a la calidad del terreno...

Conociendo lo referente al cambio de las estaciones y del clima y a la salida y ocaso de los astros... conocerá de antemano la calidad del año...

Puede que alguien opine que todo esto se halla demasiado orientado hacia la ciencia natural, pero quien tal piense puede convencerse, si es capaz de aprender algo, de que la astronomía puede contribuír esencialmente a la medicina, pues el cambio de las enfermedades del hombre se halla relacionado con el cambio del clima”

La asistencia médica en la obra de Platón.

Los temas médicos aparecen frecuentemente en los escritos de los antiguos griegos.
Con gran precocidad el “arte de curar” formó parte del pensamiento y la vida social entre los habitantes de la Hélade, como parte esencialísima de la paideia.

Para entender el papel de la medicina dentro de la antropología platónica debemos recordar que se concibe al hombre como una entidad dual compuesta de cuerpo y alma.

Y que mientras la atención del alma puede cumplirse por medio de la música (República, 376 e), las matemáticas y la filosofía en lo que a su educación y cuidado se refiere, la atención del cuerpo corre a cargo de dos disciplinas, o mejor dicho, dos artes: la gimnástica y la medicina.

Ambas tienden a dos momentos o a dos estados del cuerpo humano:
la gimnástica al momento o al estado sano;
la medicina al momento o al estado enfermo.

Las dos tienen sin embargo un objetivo común: procurar el bienestar del cuerpo. Mantenerlo en un caso, restituirlo en el otro.

Si a la gimnástica y a la medicina las comparamos con la política, vemos que en ésta hay también dos partes que cumplen con respecto al alma de los ciudadanos funciones idénticas a las que aquellas cumplen con respecto al cuerpo.

Dos disciplinas o artes componen la Política, efectivamente: a la legislación le corresponde dar las normas para una correcta vida pública; a la justicia le corresponde restituir la corrección en la vida pública (Gorgias, 464 b).

A estas cuatro formas legítimas del arte (gimnasia, medicina, legislación y justicia) que tienen como objetivo el bienestar del hombre al lograr el de su cuerpo y el de su alma, les corresponden cuatro formas ilegítimas, en cuyo ejercicio y aplicación se nos destacan más las formas primeras.

A la gimnasia –como forma legítima- se la puede sustituir con la cosmética –como forma degenerada-, que intenta dar una ilusión de la belleza corpórea en lugar de la belleza auténtica.

A la medicina, a su vez, se la suplanta con la cocina
(Gorgias, 465 a) cuando hacemos que no sea Hipócrates quien ordene nuestro régimen alimentario, sino Sarambó, el bodeguero, Tearión, el panadero, o Miteco, el de la famosa cocina siciliana (Gorgias, 518 b).

De la misma manera como a la legislación se la reemplaza con la sofística y a la justicia con la retórica (Gorgias, 465 a).

Así llega Platón a una definición uniforme de la medicina: “Es el arte que procura al cuerpo lo que le es conveniente, cuando se ha aposentado en él un estado que no le conviene, la enfermedad” (República, 341 e).

“Su beneficio particular –como en cada caso lo tiene todo otro arte- consiste, para ella en restituir la salud”
(República, 346 a).

“Y es en este sentido que el arte del médico le procura al hombre el mayor de los bienes, puesto que sin salud, ninguno de los otros bienes le es asequible” (Gorgias, 452 a).

“Así se comprende como hay hombres que, obedeciendo a los médicos, sufran curaciones dolorosas y beban remedios desagradables, pues los impulsa como única causa el recuperar la salud” (Gorgias, 467 c).

“Todo esto define a la medicina con un objetivo independiente, pues es la ciencia de la salud y de la enfermedad”
(Cármides, 171 a).

A través de textos distribuídos en diversos diálogos -Gorgias, Cármides, República, Político, Timeo y Leyes- Platón nos muestra un cuadro muy completo de lo que fue en las ciudades griegas el ejercicio de la medicina.

Tal como fue la estructura social de la polis clásica ésta asistencia se desmembró en tres modalidades:

el tratamiento de los esclavos,
la asistencia médica a los hombres libres y ricos,

el cuidado terapéutico de los enfermos libres y pobres.
A) El esclavo enfermo.

El tratamiento médico de los esclavos en la Atenas platónica aparece magistralmente descripto en las Leyes:

“Ocurre aquí lo mismo que con los médicos: éste tiene una manera de curarnos; el otro tiene otra manera de hacerlo. Recordemos, pues, los dos sistemas, para presentar luego nuestra demanda al legislador, como si fuéramos niños que ruegan a su médico los cure de la manera más suave posible.

Hay, pienso, médicos y servidores de médicos, a los que también llamamos médicos...

Pueden (los médicos) ser, pues, ya libres, ya esclavos, y en este caso adquieren su arte según las prescripciones de sus dueños, viéndoles y practicando empíricamente, pero no según la naturaleza, como los (médicos) libres por sí mismos lo aprenden y lo enseñan a sus discípulos...

Y siendo los enfermos en las ciudades unos libres y otros esclavos, a los esclavos los tratan por lo general los esclavos, bien corriendo de un lado para otro, bien permaneciendo en sus consultorios; y ninguno de tales médicos da ni admite la menor explicación sobre la enfermedad de cada uno de esos esclavos, sino que prescribe lo que la práctica rutinaria le sugiere, como si estuviese perfectamente al tanto de todo y con la arrogancia de un tirano, y pronto salta de allí en busca de otro esclavo enfermo, y así alivia a su dueño del cuidado de atender a tales pacientes” (Leyes 720 a c).

Platón aquí nos informa ampliamente y con gran penetración sobre el tratamiento médico de los esclavos griegos que difería esencialmente del que en Atenas recibían los hombres libres y destaca en ese tratamiento:

1- A los esclavos no los atendían por lo común médicos propiamente dichos formados en las escuelas médicas de Cos, Cnido, Cirene o Sicilia, sino toscos empíricos que al lado de algún médico, casi siempre como esclavos suyos, habían aprendido la rutina externa del arte de curar.

2- La comunicación verbal entre el terapeuta y el paciente era mínima.

De acuerdo con lo que acerca del ser del esclavo se pensó en la Grecia clásica, la medicina que con él se practicaba era una suerte de “veterinaria para hombres”.

3- Casi nula era, por tanto, la individualización del tratamiento.

El enfermo quedaba sometido sin discriminación al rasero igualitario de la norma general; y a la manera de un tirano, “como un hombre orgulloso e ignorante, que a nadie consiente hacer nada contra su propio dictamen, ni deja que nadie le pregunte” (Político, 294 c),
el terapeuta trataba rudamente de gobernar con sus prescripciones el curso de la naturaleza.

No es de extrañar la gran afluencia de población a los templos de Asclepio en busca de alivio.

“Donde no hay recompensa, no hay arte” dice irónicamente el aldeano Cremilo en el segundo Pluto de Aristófanes.

Su pobreza le impide contratar los servicios técnicos de un médico verdadero y le obliga a llevar a Pluto al templo de Asclepio.

Como sigue sucediendo aún hoy, la inagotable fe supersticiosa ocupaba entonces el lugar de la lúcida confianza en la medicina científica.

B- El enfermo libre y rico

Bien distinta era la conducta del terapeuta en el caso de los enfermos libres y ricos. También estos recurrían a la incubación (dormir en el suelo) en el templo ya que seguía viva en sus almas la fe en la virtud sanadora de los dioses.

Pero cuando se buscaba la genuina asistencia médica la individualización más exquisita del tratamiento se constituía en norma principal del asclepíada.

¿Por qué el tema de la asistencia médica despierta tan profundamente el interés de Platón?.

El problema de la ley justa y eficaz aparece con frecuencia en los diálogos de la madurez y senectud del filósofo.

“Las desemejanzas entre los hombres y entre los actos, y el hecho de que nada entre las cosas humanas goza jamás, por así decirlo, de fijeza –enseña el Extranjero del Político-, no permiten que un arte, sea el que sea, imponga en cuestión alguna un principio valedero para todos los casos y para todo tiempo” (Político 294 b).

Esto es justamente lo que hace la ley cuando sus preceptos tienen validez general.

El saber hacer del hombre llega a ser “arte” cuando procede según principios y normas de carácter general.

La “ley” (nomos) a su vez, sólo es de veras eficaz, suponiendo que sea justa, cuando el legislador es capaz de aplicarla general y coactivamente (Político, 296-297).

El problema de la relación entre nomos y physis se convierte en una cuestión doble: la relación mutua entre la ley y el arte, la posible perfección de sus operaciones respectivas.

Según Platón, en el caso del arte de curar se lograría la perfección, individualizando razonablemente el diagnóstico y el tratamiento del enfermo.

De los textos platónicos se desprende que se procuraba alcanzar esa meta merced a tres recursos técnicos, que Laín Entralgo denomina: ilustración, persuasión y adecuación biográfica.

La ILUSTRACIÓN del enfermo por parte del médico tenía fines diagnósticos y terapéuticos.

Cuando cuida a hombres libres, el médico libre, dice Platón en las Leyes, “conferenciando con el enfermo y con los amigos de éste, aprende por sí algo de los enfermos, y por otro lado instruye en la medida de su capacidad al enfermo mismo” (Leyes 270 d).

Y continúa, más explícito:

“Si algún médico de los que practican el arte de curar empíricamente –esto es: uno de los esclavos empíricos- sorprendiese a otro médico de condición libre en conversación con un enfermo también libre, sirviéndose en ella de argumentos punto menos que filosóficos, tomando la enfermedad desde su principio y remontándose a considerar la entera naturaleza de los cuerpos, pronto se reiría a carcajadas y no diría otras palabras que las que siempre tienen a flor de labio la mayor parte de esos pretendidos médicos:

Insensato, no estás curando al enfermo; lo que en fin de cuentas haces es instruirle, como si él quisiera ser médico y no ponerse bueno” (Leyes 857 c d).

Queda claro: el médico libre trata al enfermo libre ilustrándole acerca de su enfermedad y utilizando tal empeño para la perfección de su diagnóstico.

En el escrito hipocrático “de prisca medicina” se aconseja a los médicos:

“Los discursos y las pesquisas de un médico no tienen otro objeto que las enfermedades de que cualquier hombre enferma y que cualquier hombre padece.

Sin duda, los ignorantes en medicina no pueden saber en sus enfermedades propias, ni cómo éstas nacen y terminan, ni por qué causas crecen y disminuyen;

pero si los que han descubierto estas cosas se las explican, les será fácil instruirse en ellas; porque entonces no se tratará más que de recordar, escuchando al médico, lo que ellos mismos han experimentado.

Si el médico no llega a hacerse comprender de los profanos y si no pone a sus oyentes en ésta disposición de espíritu, no alcanzará (a conocer) lo que las cosas son” (L. I, 572-574).

La concordancia entre el saber del médico y la intelección que el enfermo hace de sí mismo cuando su mente ha sido ilustrada por la palabra de aquél, era para el asclepíada hipocrático firme criterio de verdad.

Tal aserto sigue fundamentando la praxis del clínico actual.

Desde un punto de vista terapéutico, la ilustración del enfermo por el médico sirvió en la práctica hipocrática para acrecentar la confianza en el terapeuta.

Pero el recurso supremo para suscitar tal confianza – y, por tanto, para individualizar terapéuticamente la relación entre el paciente y su médico-, fue, según Platón, la PERSUASIÓN VERBAL.

El buen médico no prescribe nada al enfermo “mientras no le ha convencido (de la eficacia de su tratamiento);
y solo entonces, teniéndole ya ablandado por la persuasión, trata de llevar a término su obra restituyéndole la salud”(Leyes, 720 d).

Esto mismo había enseñado muchos años antes el ejemplar discípulo de Zamolxis que en Potidea descubrió a Sócrates la eficacia terapéutica de los “bellos discursos”:

“el terapeuta –dijo a Sócrates ese médico tracio- no debe emplear sus fármacos si el enfermo no le ha presentado previamente el alma para que él la trate mediante los “bellos discursos” (Cármides, 157 b).

Con otras palabras, mientras el paciente no haya sido convenientemente persuadido, mediante oportunos discursos, de que esos fármacos poseen eficacia terapéutica real.

En el libro Gorgias, o de la retórica dirá el mismo Gorgias: “Si tú supieras Sócrates, que en cierto modo tiene en sus manos la retórica todos los poderes!

Y de ello voy a darte una prueba convincente.

Muchas veces he ido con mi hermano o con otros médicos a casa de enfermos que se negaban a beber un medicamento o a dejar que se les practicase un corte o una cauterización; el médico no pudo persuadirlos, y yo lo conseguí sin emplear otros medios que la retórica”. (Gorgias 456 b).

Y en El Encomio de Helena, Gorgias será taxativo:

“La palabra es un poderoso soberano, que con un pequeñísimo y muy invisible cuerpo realiza empresas absolutamente divinas.

En efecto, puede eliminar el temor, suprimir la tristeza, infundir alegría, aumentar la compasión.

Las sugestiones inspiradas mediante la palabra producen el placer y apartan el dolor.

La fuerza de la sugestión adueñándose de la opinión del alma, la domina, la convence y la transforma como por una fascinación.

Dos artes de fascinación y de encantamiento han sido creadas, las cuales sirven de extravío al alma y de engaño a la opinión.

...Pues la fuerza de la persuasión... es imposible de resistir y por ello no da lugar a censura, ya que tiene el mismo poder que el destino.

En efecto, la palabra que persuade el alma obliga necesariamente a esta alma, que ha persuadido, a obedecer sus mandatos y a aprobar sus actos.

Por tanto, el que infunde una persuasión, en cuanto priva de la libertad, obra injustamente, pero quien es persuadida, en cuanto es privada de la libertad por la palabra, sólo por error puede ser censurada.

...Y la misma proporción hay entre el poder de la palabra respecto a la disposición del alma que entre el poder de los medicamentos con relación al estado del cuerpo.

Así como unos medicamentos expulsan del cuerpo unos humores y otros a otros distintos, y unos eliminan la enfermedad y otros la vida, así también unas palabras producen tristeza, otras placer, otras temor, otras infunden en los oyentes coraje, otras mediante una maligna persuasión emponzoñan y engañan el alma”.

En el Fedro, o de la belleza se dirá: “La ciencia médica tiene, en cierto modo, el mismo carácter que la retórica.

En ambas hay que analizar una naturaleza:

la del cuerpo en la una, la del alma en la otra, si se quiere recurrir no solo a una rutina y a una práctica, sino a una técnica, para suministrar al cuerpo medicinas y alimentos y producir así en él la salud y la fuerza, y al alma, ideas y ocupaciones justas para transmitirle la convicción y la virtud que se desea. (Fedro 270 b).

La individualización del tratamiento alcanzará su cúspide por obra de la persuasión verbal:

ésta hace que el enfermo acepte la indicación del terapeuta con la certidumbre objetiva y subjetiva de que esa indicación es realmente “para él”

La palabra del médico hace cualitativa y según el alma una individualización del tratamiento que de otro modo no sería sino cuantitativa y según el cuerpo.

“Aquella prescripción tiránica de que hablábamos y que comparábamos a las prescripciones de los médicos que llamamos serviles, no es, según esto, sino ley pura; y lo manifestado antes de ella, eso que éste (Megilo) ha llamado lo suasorio, siendo como es realmente persuasivo, tiene el mismo carácter que un exordio en relación con un discurso” (Leyes, 722 e-723 a).

La oportuna persuasión mediante un “bello discurso” hace suaves la ejecución del tratamiento médico y la obediencia a la ley
(Leyes 720 a).

Aceptando como justo el texto legal, el ciudadano queda en sí y por sí mismo obligado a lo que la ley impone y así procura demostrarlo Platón.

“Si un médico, sin intentar persuadir a su paciente, pero realmente impuesto en su arte, obliga a un niño, a un hombre o a una mujer a que cumplan la norma mejor, ¿cual será el nombre de esa imposición?.

¿No será cualquier cosa antes que el llamado error pernicioso contrario al arte?.

Y quien sufra tal imposición, ¿no estará acaso en el derecho de afirmarlo todo, salvo que ha sufrido tratamientos perniciosos e inhábiles por parte d los médicos que se los impusieron?” (Político, 296 b-c).

La ilustración y la persuasión del enfermo ganan su máxima eficacia individualizadora merced a la ADECUACIÓN BIOGRÁFICA del tratamiento.

“No sólo pueden ser beneficiosos para unos cuerpos y perjudiciales para otros un mismo ejercicio y un mismo remedio (Leyes 636 a-b);

también sucede que una prescripción dietética o terapéutica, buena en determinada ocasión de la vida, no lo sea tanto en otra”.

Aristóteles le recuerda a los griegos:

“Los médicos en Egipto –escribe en su Política (1286 a)- pueden apartarse de las prescripciones generales al cuarto día del tratamiento, y antes por su cuenta y riesgo.

Es evidente, pues que el régimen fundado en disposiciones escritas y leyes (válidas, por tanto, coactivamente y sin discriminación de personas y tiempos) no es el mejor”.

Sin una exquisita adecuación del tratamiento a la individualidad y a la biografía del paciente, no podría lograr su perfección el arte de curar.

Pero una asistencia médica excesivamente individualizada, atenta a la más leve dolencia y a la más tenue peculiaridad de la constitución y la biografía del enfermo, ¿es realmente deseable?.

¿No será, por último, indigna y perjudicial?

Así lo cree Platón:

“¿No te parece vergonzoso- dice Sócrates en la República- el necesitar de la medicina, no cuando nos obligue a ello una herida o el ataque de alguna enfermedad epidémica, sino por estar, a causa de la molicie o de un régimen de vida (tan vicioso) como el descripto, llenos, tal que pantanos, de humores o de flatos, obligando a los ingeniosos asclepíadas a poner a las enfermedades nombres como flatulencias y catarros?”
(III, 405 c-d).

Frente a la medicina que Platón juzga sana y tradicional, solo atenida a las enfermedades que por azar surgen en la vida del paciente, el artificio y la molicie de los hombres han construído una terapéutica “pedagógica”, cuya norma es seguir día a día el curso vital del paciente, a la manera que el pedagogo va siguiendo los pasos del niño que cuida.
Heródico de Selimbria habría sido su inventor:

“Heródico de Selimbria, que era profesor de gimnasia y perdió la salud -escribe Platón- compuso una mixtura de gimnástica y medicina, y comenzó a torturarse a sí mismo para seguir después torturando a los demás...

Por no ser capaz de sanar su enfermedad, que era mortal (esto es: incurable) se dedicó a seguirla paso a paso y continuó durante toda su vida sin otra ocupación que la de cuidarse, sufriendo siempre ante la idea de salirse lo más mínimo de su régimen acostumbrado;

y así consiguió llegar a viejo, muriendo continuamente en vida por culpa de su propia ciencia”.
(República III, 406 a-b).

Ocioso será decir que son las personas ricas las únicas que pueden permitirse el lujo de utilizar para su propio cuidado esta minuciosa y exigente “terapéutica pedagógica”

“Cada ser viviente –dice un significativo pasaje del Timeo- nace llevando consigo una duración asignada por el destino, no contando las enfermedades por necesidad (ananké)... Y lo mismo acaece en cuanto a la composición de las enfermedades.

Si mediante fármacos se pone fin a la enfermedad antes del término fijado por el destino, de ordinario nacen entonces de las enfermedades leves enfermedades graves, y de enfermedades en pequeño número gran copia de enfermedades.

Por lo cual todas las cosas de este género deben ser gobernadas
-educadas- en la medida que para ello haya holgura, y no conviene irritar, tratándolo con fármacos, un mal caprichoso”.
(Timeo, 89 b-c).

Tres afirmaciones hace Platón: que los tratamientos enérgicos e intempestivos pueden ser perjudiciales;

que la “terapéutica pedagógica” –suave unas veces, menos suave otras, cuidadosamente atenta siempre a la peculiaridad individual y al curso vital del paciente- es la procedente en las enfermedades crónicas;

y por último, que tal método terapéutico no es posible sin cierta holgura del enfermo, porque sólo abandonando sus quehaceres habituales podrá éste consagrarse a los que le imponga el tratamiento; lo cual, como es obvio, pide que dicha “holgura” sea económica.

“Del rico – enseña la República – podemos decir que no tiene a su cargo una tarea cuyo abandono forzoso le haga intolerable la vida” (III, 407 a);

y es evidente que la “terapéutica pedagógica” requiere del paciente –aparte los honorarios del médico y el pago de los remedios que éste prescriba – muy amplia disponibilidad de tiempo libre: ocio.

Sólo el rico puede comprar tiempo propio y tiempo ajeno.

Toda la axiología social del mundo griego
–alta estimación del ocio, subestimación de la faena servil, exigencia ética de emplear el ocio para la propia perfección individual y estética y en última instancia al servicio de la polis – se halla presente en esa breve frase de Platón.

C- El enfermo libre y pobre.

Entre la impersonalizada y “tiránica” asistencia médica a los esclavos y el tratamiento curativo y dietético de los hombres libres y ricos, tan exquisitamente individualizado, se hallaba el cuidado “resolutivo” que en los casos de enfermedad recibían los hombres libres y pobres.

Así dice Sócrates en la República:

“Cuando está enfermo un carpintero, pide al médico que le dé un medicamento que le haga vomitar la enfermedad, o que le libere de ella mediante una evacuación por abajo, un cauterio o una incisión.

Y si le va con las prescripciones de un largo régimen, aconsejándole que se cubra la cabeza con un gorrito de lana y haga otras cosas por el estilo, pronto saldrá diciendo que ni tiene tiempo para estar malo ni vale la pena vivir de ese modo, dedicado a la enfermedad y sin poder
ocuparse del trabajo que le corresponde.

Y muy luego mandará a paseo al médico y se pondrá a hacer su vida corriente;
y entonces, una de dos:
o sanará y vivirá en lo sucesivo atendiendo a sus cosas
o, si su cuerpo no puede soportar el mal, morirá y quedará así libre de preocupaciones”
(República III, 406 d-e).

Tan expeditivo proceder terapéutico tiene para Platón una evidente justificación social:

“He ahí –dice Glaucón comentando las palabras antedichas- el género de medicina que parece adecuado para un hombre de esa clase” (406 e).

Según Platón, ese modo de tratar a los enfermos es el que conviene al bien de la polis, y por tanto, el objetivamente preferible.

Aristóteles después dirá:

“En toda ciudad, hay tres elementos:

los muy ricos,
los muy pobres y, en tercer lugar,
los intermedios entre unos y otros;

y puesto que hemos convenido que lo moderado y lo intermedio es lo mejor, es evidente que también cuando se trata de la posesión de los bienes de fortuna es la clase intermedia la mejor de todas, porque es la que más fácilmente obedece a la razón” (Político, 1295 b).

Resumimos el pensamiento platónico acerca de la asistencia médica:

1- Fuesen ricos o pobres, el tratamiento de las enfermedades agudas de los hombres libres era en la Atenas platónica aproximadamente igual en todos los casos.

2- Con su personal destreza y eficacia, más o menos apoyado en el recurso subsidiario de la persuasión verbal, el médico empleaba su arsenal terapéutico, fármacos, dieta o incisiones para acabar cuanto antes con el accidente morboso.

3- Las enfermedades crónicas, en cuya causalidad tanta parte tiene el habitual régimen y estilo de vida del paciente, exigen recurrir al método terapéutico individualizador y biográfico por excelencia:

el que Platón llama “pedagógico”.

De este método se puede hacer un uso recto y un abuso.

Lo usan rectamente los médicos que saben “gobernar” o “educar” los estados de enfermedad según las clara reglas apuntadas en el Timeo.

Abusan de la “terapéutica pedagógica” los médicos y los enfermos caricaturizados en la República.

4- El empleo abusivo del método “pedagógico” – y, por lo tanto, la excesiva individualización somática y biográfica de los tratamientos- es perjudicial y debe ser proscrito en una polis que aspire a la perfección, y más aun, cuando se trate de educar a los futuros gobernantes (412 a).

La existencia individual del enfermo así tratado adquiere rasgos de nocividad.

Mas que vivir, el paciente así tratado camina hacia su vejez “muriendo continuamente por causa de la ciencia”.

Porque, como enfáticamente sostiene Platón, la vida de quien no pudiera dedicarse a la ocupación que le es propia “no valdría la pena de ser vivida”. (407 a).

Todavía son más fuertes las razones atinentes al bien de la polis.

El excesivo cuidado del cuerpo “constituye un impedimento para la administración de la casa, el servicio militar o el desempeño de cualquier cargo fijo en la ciudad.

Y lo que es peor todavía, dificulta toda clase de estudios, reflexiones y meditaciones, porque se teme constantemente sufrir jaquecas o vértigos, y se cree hallar la causa de ellos en la filosofía;

de manera que es un obstáculo para cualquier ejercicio y manifestación de la virtud, pues obliga a uno a pensar que está siempre enfermo y a atormentarse incesantemente, preocupado por su cuerpo” (407 b-c).

... la vida de cada ciudadano debe cumplir su destino “político” venciendo enérgica y abnegadamente la tentación que para los débiles constituyen el cuidado del propio cuerpo y la atención constante al propio derecho:

quienes no se ocupan sino en pleitear y quienes viven pendientes del médico son igualmente nocivos para la polis” (405 a-d).

“En toda ciudad bien regida –dice Platón- le está destinada a cada ciudadano una ocupación a la cual por fuerza ha de dedicarse, sin que nadie tenga tiempo para estar toda la vida enfermo y cuidándose” (406 c);

y esto es tan cierto en el caso de los artesanos como en el de las personas ricas, porque la continua “dedicación a las enfermedades” impide la práctica de la areté [virtud] (407 a-b) tanto como pueda impedir el ejercicio de la carpintería.

Hay más argumentos pensando en el bien común.

Quienes exigen para sus propios cuerpos los cuidados de una terapéutica desmedidamente “pedagógica”, contratan sólo para sí los servicios de un médico que podría y debería atender a otros muchos enfermos.

“¿Cómo podría darse jamás, dice el Extranjero en el Político, alguien capaz de permanecer toda su vida frente a uno solo, dictándole con precisión la norma que le conviene?” (295 b).

Platón propone para su ciudad perfecta dos instituciones complementarias:
-una judicatura compuesta por ancianos virtuosos y conocedores de la vida (409 b-c);
- un cuerpo médico “que cuide de los ciudadanos de buena naturaleza anímica y corporal, pero que deje morir a aquellos cuya deficiencia radique en sus cuerpos y condene a muerte a quienes tengan un alma naturalmente mala e incorregible”
(409 e, 410 a).

De ahí la conducta de Asclepio, tan buen médico como buen político cuando fundó el arte de curar, o el proceder terapéutico de sus hijos Macaón y Podalirio en el ejército sitiador de Troya.

Asclepio “dictó las reglas de la medicina para su aplicación a aquellos que, teniendo sus cuerpos sanos por naturaleza y por obra de su régimen de vida, han contraído determinadas enfermedades; y quiso hacerlo únicamente para estos hombres y para los que gocen de tal constitución, a los cuales, para no perjudicar los intereses de la comunidad, deja seguir el régimen ordinario, limitándose a librarles de sus males por medio de fármacos e incisiones.

En cambio, con respecto a las personas crónicamente minadas por males internos, no se consagró a prolongar y amargar su vida con un régimen de paulatinas evacuaciones e infusiones”
(407 c-e).

Con más precisión: Asclepio ideó y enseñó a sus hijos (408 a-c) el método terapéutico “resolutivo”; y si se abstuvo de practicar y de transmitir a sus descendientes el método que más tarde habría de inventar Heródico de Selimbria –la terapéutica “pedagógica”- no fue por ignorancia o por inexperiencia, sino porque sabía dar al bien de la polis toda la importancia que éste realmente tiene (406 c).

El buen médico, decía brutal y expeditivamente un apotegma lacónico que recuerda Plutarco, no es el que pudre lentamente a sus enfermos, sino el que los entierra cuanto antes.

Individualizado y robustecido por la ilustración y la persuasión, el método “resolutivo” es para Platón la terapéutica ideal y la parte verdaderamente “divina” del arte de curar.

El método “pedagógico”, en cambio, sería pura invención de los hombres y consecuencia del desorden moral de la ciudad, lacra de una polis en que los ricos, olvidados de la virtud antigua e incapaces de renovarla por su razón, viven atenidos viciosamente a los placeres y las molestias de sus propios cuerpos.

Por último, en La República, o de la Justicia puntualizará Platón:

”¿Qué dirás a esto Sócrates? ¿No es preciso disponer de buenos médicos en la ciudad? Serán estos, sin duda, aquellos que hayan tratado a más personas sanas y enfermas, al modo como se considera buenos jueces a los que han juzgado a personas de los más diversos caracteres.

... serán los médicos más diestros todos aquellos que, además de dominar a fondo el arte médica, hayan tratado desde jóvenes el mayor número posible de cuerpos mal constituídos y hayan sufrido también en sí mismos, por no gozar de una naturaleza robusta, toda clase de enfermedades.

Porque, a mi entender, no es con el cuerpo como curan el cuerpo (en cuyo caso no podrían estar enfermos ni llegar a estarlo nunca) sino con el alma, la cual, si no disfruta de salud, no será capaz de curar nada. (República 408 d).

Ricardo Joaquín Sardi