Experimentos absolutamente escandalosos.
1. Los experimentos del Código de Nuremberg.
Durante la Segunda Guerra Mundial, los médicos alemanes se dedicaron a realizar “experimentos” brutales en los campos de concentración. Entre las atrocidades cometidas se cuentan mutilaciones quirúrgicas sin intención terapéutica, inyección de bacilos tíficos a prisioneros, experimentación farmacológica sin programación utilitaria...
Por ironía de la historia, Alemania se encuentra entre los primeros países que promulgaron el Código de Deontología de la investigación con sujetos humanos (1931).
Éste código (estrictas normas sobre experimentación con seres humanos y aplicación de nuevos productos terapéuticos en medicina) NO impidió los experimentos nazis en los campos de concentración. Estas Richtlinien no tuvieron parangón en su época y son de algún modo el primer gran código ético sobre ensayos clínicos.
En 1946 se sentaron en el banquillo de los acusados de Nüremberg veinte médicos y tres administradores.
Introductoriamente, el fiscal afirmó:
“A los acusados en este caso se les imputan asesinatos, torturas y otras atrocidades cometidas en nombre de la ciencia médica... En muchos casos los experimentos fueron diseñados por personas sin preparación; fueron efectuadas al azar, sin razones científicas adecuadas, y en condiciones físicas indignas. Todos los experimentos fueron hechos con sufrimientos y daños innecesarios, y muy pocas o ningunas precauciones se tomaron para proteger o salvaguardar a los seres humanos de las posibilidades de daño, incapacidad o muerte. En cada uno de los experimentos los sujetos padecieron dolor extremo o tortura, y en muchos de ellos sufrieron daños permanentes, mutilaciones o la muerte, ya como consecuencia de los experimentos, ya a causa de la falta de adecuada asistencia”.
Las declaraciones de principios se reducen a piadosas intenciones, si no hay rigurosa conciencia de ética profesional.
2. Experimentos con sujetos “vulnerables".
En el Willowbrook State Hospital de Nueva York se experimentó con el virus de la hepatitis en niños afectados de retraso mental.
En el Jewish Chronic Disease Hospital, de Brooklyn, se trasplantaron tejidos cancerosos a sujetos sin que éstos lo supiesen.
Los 400 negros sifilíticos de Tuskegee, Alabama EE.UU. en quienes se dejó que la enfermedad evolucionara y se omitió deliberadamente la administración del tratamiento adecuado. El experimento duró cuarenta años (entre 1939 y 1972). Entre los responsables figuraban personajes que habían ocupado cargos importantes, ministeriales e internacionales; el estudio (Sífilis terciaria en varones de raza negra, dirigido por Klaus Tagliaferro) pretendía observar la evolución natural de la enfermedad, a pesar que existía desde 1945 el tratamiento específico: la penicilina.
Después de conocerse la verdad, habían sobrevivido 8 personas, de las cuales 5 fueron recibidos por Clinton en 1997, quien les solicitó perdón en nombre del pueblo norteamericano.
Perdón públicamente debió pedir también el primer ministro japonés Junichiro Koizumi (2001) a todos los pacientes de lepra, que tras la promulgación en Japón de la Ley de Prevención de la Lepra, en 1958, fueron forzosamente puestos en cuarentena. Dicha ley violó prácticamente todos y cada uno de los derechos humanos.
En ese momento se obligó a los enfermos a trasladarse a centros especiales, donde permanecieron encerrados durante años, la mayoría de las veces sin ver a sus familiares y sin recibir tratamiento adecuado. El problema no era la falta de remedios, pues ya había drogas que permitían el tratamiento sin ser aislados del resto del mundo. El problema fue la marginación. Además la mayoría de los hombres fueron esterilizados contra su voluntad y las mujeres embarazadas, forzadas a abortar. El primer ministro reconoció violaciones a los derechos humanos dos días después que su gobierno manifestara que no se opondría al dictamen de una Corte que obliga al Estado a compensar a más de 100 damnificados por 114 mil dólares.
¿Cómo garantizar la protección de los sujetos que por su condición son especialmente vulnerables? es decir, más o menos incapaces de resistirse a la iniciativa experimental.
Es de notar que los abusos experimentales más significativos se producen en personas “marginadas” (retrasados, enfermos crónicos, ancianos). Lo cierto es que tales poblaciones pagan un tributo experimental mucho mayor que otras.
3. Experimentos con prisioneros y delincuentes .
En 1980, un psicofarmacólogo estadounidense, C.C. Pfeiffer, recibió 25.000 dólares de la C.I.A. para estudiar los efectos del LSD en el hombre. En ese tiempo no estaba permitido en EE.UU. utilizar prisioneros para que se experimentara con ellos (lo cual fue prohibido en 1977). Pfeiffer experimentó con los reclusos de una penitenciaría de Atlanta.
En Francia, en 1982 un equipo de investigadores solicitó al “Comité d’ ethique de L’ Institut national de la santé et de la recherche medical” (INSERM) una autorización para estudiar la administración de neurolépticos en medios carcelarios.
La autorización fue concedida.
Daniel Riche describe los experimentos japoneses a gran escala (entre 1931 y 1940), destinados a poner a punto armas bacteriológicas. Estos experimentos, llevado a cabo por militares causaron numerosas muertes (más de 3000): se realizaban en el Hospital de Harbin, en Manchuria (ocupada en ésa época por los japoneses).
4. Un caso excepcional
Recordemos el caso que relata J. Lehrmite, por ser verdaderamente excepcional.
El neurocirujano de la cárcel de San Quintín consiguió legalmente permiso para ofrecer sus servicios a los condenados a muerte; el “cobayo voluntario” fue un sentenciado a la pena capital. Se trataba de hacer psicocirugía para explorar los cambios que en la personalidad producían extensas lobectomías del lóbulo frontal.
A cambio de la intervención quirúrgica experimental, el reo consiguió que lo eximieran de la pena capital y, más adelante, obtuvo su libertad.
Los resultados parecían excelentes.
El profesor publicó el caso señalando los beneficios de la psicocirugía para aplacar la conducta agresiva de un delirante peligroso que por sus crímenes había sido condenado a muerte.
El propio enfermo se había interesado en los éxitos del cirujano. A tal punto participaba sentimentalmente, que un día decidió suicidarse. En una carta dirigida al cirujano lamentaba que su decisión causara decepción al maestro, ya que comprobaba que su personalidad no había cambiado y que en su intimidad seguía con los mismos deseos agresivos de siempre.
Hace más de 40 años el radiólogo estadounidense J. G. McAfee realizó una encuesta sobre la aortografía traslumbar.
Aunque sólo se recibieron 194 respuestas de los 450 radiólogos encuestados, resultó que el examen había causado 37 fallecimientos. Se mencionaban 98 casos de complicaciones importantes (entre ellas, 24 de parálisis de ambas piernas).
En ningún caso, el enfermo ha de ser utilizado como medio para que progrese la ciencia.
Las “declaraciones internacionales” ¿han logrado definir una investigación biomédica ideal?
El Art.1º del Código de Nuremberg afirma que es absolutamente esencial
“el consentimiento voluntario” del sujeto, y que antes de realizar un “experimento” el paciente debe saber su naturaleza y alcance, así como los riesgos que se corre.
Finalmente, debe garantizarse el derecho que tiene el interesado, de sustraerse al experimento en cuanto lo desee.
En 1905 la legislatura del estado de Pensilvania aprobó un Acta para la Prevención de la Idiotez en los que se incluía una cláusula de esterilización.
Fue vetada por el gobernador Pennypacker, quien dijo:
”Estos niños, casos de imbecilidad y de debilidad mental, han sido confiados a las instituciones por sus padres o tutores con el fin de que se les enseñe e instruya. Se propone (en el Acta) experimentar con ellos; no para su instrucción, sino para ayudar a la sociedad en el futuro... sin su consentimiento, que no pueden dar... Esta Acta asume que no se les puede enseñar ni instruir... (sin embargo, su) condición mental se debe a causas... completamente fuera del alcance de nuestros conocimientos”.
(Harry H. Laughlin, Eugenical Sterilization in the United States {Chicago, Psychopathic Laboratory of the Municipal Court of Chicago, 1922} pp.35-36.
Yatrogénesis clínica:
La enfermedad yatrogénica clínica comprende todos los estados clínicos en los cuales los remedios, los médicos o los hospitales son los agente patógenos o “enfermantes”. Son tan antiguos como la medicina misma, fueron estudiados por los árabes. Al-Razi (865-925 d.C.) médico jefe del Hospital de Bagdad, se ocupó del estudio médico de la yatrogénesis, según Al-Nadim en el Fihrist. En el tiempo de Al-Nadim (año 935) aún podían consultarse tres libros y una carta de Al-Razi sobre el tema:
“Los errores de objetivo de los médicos, De las purgas administradas a pacientes febriles antes del momento oportuno, Por qué razón los médicos ignorantes, el común de las gentes y las mujeres de las ciudades tratan ciertas enfermedades con más éxito que los hombres de ciencia y las excusas que ofrecen por esto los médicos.”
El dolor y la invalidez provocados por el médico han sido parte del ejercicio profesional a lo largo de la historia.
Heráclito (El Obscuro), sentencia 59:
“Y bien y mal {son una sola cosa}: Los médicos, pues, al cortar, quemar y torturar por todas partes y de mal modo a los enfermos, piden además recibir una remuneración de los enfermos, a pesar de no merecer nada, ellos que producen idénticamente los beneficios y los sufrimientos.”
“Fuera desto no hay ley alguna que castigue esta ignorancia capital, ni exemplo alguno de venganza. Aprenden con nuestros peligros y hazen experiencias con nuestras muertes, y solamente al médico le es concedido matar al hombre sin algún castigo. Antes las quexas se tornan en vituperio y denuestro; y se da la culpa a nuestra intemperancia y desorden, y por una o por otra parte son argüidos y reprehendidos los que se mueren.”
Cayo Plinio Segundo, Historia Natural, México, UNAM, 1976.
Aunque en realidad el Derecho Romano ya contenía algunas disposiciones contra los daños de origen médico, “damnum injuria datumper medicum”.
En Roma la jurisprudencia hace al médico legalmente responsable no sólo por su ignorancia y negligencia, sino también por actuar chapuceramente. El médico que había operado a un esclavo pero no había vigilado debidamente su convalescencia, tenía que pagar el precio del esclavo y la pérdida de ingresos al amo durante el tiempo que se prolongara la enfermedad. Esas disposiciones no cubrían a los ciudadanos, pero éstos podían demandar por su cuenta al médico por mal ejercicio profesional.
Los médicos están entrenados para "hacer algo" y expresar su preocupación con activismo, auto percibiéndose útil y eficaz cuando puede diagnosticar un mal.
La regla de la decisión médica lo empuja a buscar seguridad diagnosticando enfermedad antes que salud.
Howard W. Haggard en "El médico en la Historia" en p.301 nos describe los remedios y la terapéutica que los médicos de la realeza practicaron a un Rey moribundo en el año 1685:
“Una mañana, a eso de las 8 del día 2 de febrero, el Rey Carlos II perdió el conocimiento mientras se estaba afeitando en su dormitorio.
Inmediatamente se requirió la presencia de su médico que lo primero que hizo fue sacarle 500 gr. de sangre del brazo derecho y después 250 gr. del hombro izquierdo (ya hacía 57 años que Harvey había descrito la circulación de la sangre), le dio luego un emético, para que vomitase; dos purgas y una enema que contenía antimonio, sal de piedra, hojas de malvavisco, violetas, raíces de remolacha, flores de camamila, semillas de hinojo, linazas, semillas de cardamomo, canela, azafrán, cochinilla y aloes. Después se le afeitó la cabeza al Rey y se le produjo una ampolla en el cráneo y se le dieron polvos de estornudar de semillas de eléboro para purgar su cerebro, ya que entonces se creía que la secreción nasal venía del cerebro, y polvos de prímula para fortalecérselo. Se continuaba mientras tanto la administración de eméticos, a intervalos frecuentes, al mismo tiempo que se le daba una bebida calmante compuesta de agua de cebada, regaliz y almendras dulces, vino ligero, aceite de ajenjo, anís, hojas de cardo silvestre, menta, rosa y angélica. A los pies le pusieron un emplasto de pez y de estiércol de palomero y después se le hicieron más sangrías, seguidas de la administración de semillas de melón, maná, olmo, agua de cerezas negras, extracto de lirio del valle, peonía, espliego, perlas disueltas en vinagre, semillas de genciana, nuez moscada y clavo. A esta mezcla se añadieron cuarenta gotas de extracto de cerebro humano y finalmente, en la desesperación, se probó la piedra bezoar; y el Rey murió”.
Herman Boerhaave (1668-1738) en Leyden decía:
”El mejor remedio para esto (manía o melancolía) es arrojar al paciente imprevistamente al mar y mantenerlo bajo el agua todo lo que sea posible sin que se ahogue”.
Cien años después, éste método de la “zambullida” aún sería usado por Benjamín Rush en Filadelfia.
Reil, excelente clínico, a comienzos del s. XIX deseaba despertar a los pacientes a la razón por medio del temor, por el estampido de los cañones y escribía:
“Sea como fuere, la camisa de fuerza, el encierro, el hambre o unos latigazos (de lo cual hay que notificar a una tercera persona por una resolución debidamente escrita) bastarán para reprimir al paciente en poco tiempo
La clásica demostración de este prejuicio del activismo médico se dio en un experimento realizado en 1934, (American Child Health Association, Physical Defects: The Pathway to Correction, N. York, 1934, cap.8,pp.80-96), con una encuesta de mil niños de once años procedentes de las escuelas públicas de Nueva York. Se descubrió que el 61% había sufrido le extirpación de las amígdalas.
“El 39% restante fue sometido a examen por un grupo de médicos, que seleccionaron el 45% de estos niños para la tonsilectomía y rechazaron al resto.
Los niños rechazados fueron reexaminados por otro grupo de médicos, que recomendaron la tonsilectomía para el 46% de los que quedaban después del primer examen. Cuando los niños rechazados fueron examinados por tercera vez, un porcentaje similar fue seleccionado para la tonsilectomía, de modo que al cabo de tres exámenes sólo quedaban 65 niños para los que no se había recomendado la extirpación.
Estos sujetos restantes NO fueron examinados nuevamente porque se agotó la dotación de médicos examinadores.”
Harry Bakwin, Pseudodoxia Pediatrica, New England Journal of Medicine 232, 1945, pp.691-97).
La prueba se realizó en una clínica gratuita, donde no había consideraciones económicas que explicaran el prejuicio.
En 1967 el Dr. Maurice Pappworth publicó un informe sobre ciertos procedimientos experimentales de diagnóstico que implicaban gran riesgo de daño permanente o de muerte, que aparecen descritos recientemente en las publicaciones médicas más respetables, y que se aplicaron a menudo a no-pacientes, niños, mujeres embarazadas, débiles mentales y ancianos. Él ha sido atacado por hacer un servicio negativo (disservicio) a su profesión, por minar la confianza de la gente en los médicos, y por publicar en un libro de edición popular {Human Guinea Pig: Experimentation on Man, Boston: Beacon Press, 1968} lo que “éticamente” sólo podía decirse en la literatura escrita para médicos.
Acaso lo más sorprendente en estos informes sea la repetición sin descanso de procedimientos idénticos de alto riesgo con el sólo propósito de ganar promociones académicas.
Entre 1963 y 1979 veinticuatro pacientes mueren en el Hospital Psiquiátrico Chelmsford de Sidney por tratamiento de electroshock en coma inducido por barbitúricos, (Terapia de Sueño Profundo y T.E.C.= terapia electro convulsiva).
Responsable principal el Dr. Harry Bailey que se sometió a su propio tratamiento y se suicidó en 1985.
Hace unos años en el Hospital Lainz de Viena unos médicos preocupados observaron que la cantidad de muertes en la clínica de medicina interna era siempre más alta cuando ciertas enfermeras estaban a cargo del turno noche. Después de ser detenidas por la policía, cuatro de ellas confesaron haber dado muerte a 49 pacientes, todos de más de 75 años, desde 1983. Los pacientes fueron eliminados inyectándoles sobredosis de medicamentos, incluyendo insulina o introduciéndoles agua en los pulmones para sofocarlos, siendo ésta la mayor cifra de homicidios en un hospital que se haya dado en Europa.
Las enfermeras, de entre 27 y 50 años, confesaron que comenzaron a matar a los ancianos originalmente por compasión al ver sus sufrimientos y sabiendo que se trataba de enfermos desahuciados. Al continuar con su práctica, algunos pacientes fueron eliminados simplemente porque se habían tornado molestos, por stress de sobrecarga laboral o por repulsión.
En un estudio realizado en 1973 el New England Journal of Medicine reveló que el 14% de los bebés que morían en la unidad de terapia intensiva de Yale-New Haven sucumbían por falta de tratamiento. Hoy en día, en el Centro Médico Nacional del Hospital de Niños de Washington D.C., los facultativos renuncian a mantener con vida, mediante terapéutica, a un 17% de los bebés.
Enfermeras turcas protestan por prueba de virginidad,( en Ankara, Turquía) y prometieron (2001) "luchar hasta el fin" contra una nueva medida que exige pruebas de virginidad para las estudiantes de facultades de Medicina de quienes se sospecha mantienen relaciones sexuales.
Representantes de la Asociación de Enfermeras Turcas se reunieron con el ministro de Salud Pública Osman Durmus para protestar por la medida, diciendo que era "arcaica y contra la libertad y los derechos humanos".
Buyan Doga, presidenta de la asociación de enfermeras, dijo a Durmus que "lucharemos hasta el fin" a fin de que la medida sea derogada, informó la agencia noticiosa Anatolia.
Durmus defendió la medida, diciendo que protegerá a menores de la prostitución.
La nueva medida propone la expulsión de estudiantes que hayan tenido relaciones sexuales. Se aplica sólo a estudiantes mujeres en facultades de Medicina, donde se entrena también a enfermeras y parteras.
Los Impostores: D.L. Rosehan, "On being sane in insane places", Science, 179 (enero), pags. 250-258, 1973 by American Association for the Advancement of Science. El autor y sus colaboradores realizan la investigación sobre:
"Si la cordura y la locura existen, ¿cómo las reconoceremos?".
A tal fin, sin conocimiento del personal de doce hospitales psiquiátricos se presentan como pacientes, pidiendo hora y llegando a la oficina de admisión quejándose de que habían estado oyendo voces...
Inmediatamente después de la admisión, los pseudopacientes (tres mujeres y cinco hombres) dejaron de simular cualquier síntoma o anormalidad, comportándose en la sala como lo hacían “normalmente”. Al ser preguntados por su estado respondían que se sentían bien, que habían dejado de experimentar síntomas. Siguieron las instrucciones del personal, concurrieron a los llamados para medicación (pero NO tomaron las píldoras). Redactaron las notas de sus observaciones a la vista de los demás, que no les prestaron demasiada atención. Con excepción de uno, todos fueron diagnosticados como “esquizofrénicos”. En el alta médica y epicrisis quedaron registrados como “esquizofrenia residual”.
Pudieron examinar a través de un conocimiento directo el proceso por el cual las personas son recibidas y clasificadas como “cuerdas” o “locas”. La extensión de la hospitalización fue de los siete a los cincuenta y dos días, con un promedio de diecinueve días. Estos pseudopacientes incluían a tres psicólogos, un pediatra, un psiquiatra, un pintor, un ama de casa y un estudiante de psicología de veinte años, el más joven del grupo.
La aparición en el siglo XIX de la anestesia quirúrgica planteó problemas novedosos en cuanto al consentimiento informado. En 1884 H. Wells realizó en Hartford, Conneticut, las primeras extracciones dentarias indoloras utilizando óxido nitroso y W.T.G. Morton consiguió efectos similares en el Massachusetts General Hospital de Boston, empleando éter sulfúrico. Desde entonces los cirujanos cobraron conciencia de que poseían un arma potentísima, no sólo para evitar el dolor, sino también para vencer las resistencias de los pacientes a ser operados. La pérdida de conciencia que producía el gas anestésico permitía todo tipo de actuaciones sin que el paciente las conociera, sobre todo con los pacientes incompetentes, del tipo de enfermos mentales o de niños. Es interesante advertir que, entre los sujetos en quienes se presumía la falta de capacidad o la capacidad disminuida, estaban en esa época los esclavos, los inmigrantes y las mujeres.
En un famoso caso estudiado por el perito Brouardel, el dentista Levy hipnotizó a una joven mujer en el sillón basculante y la embarazó (la niña era hipnotizable); a pesar de sus negativas de haberse valido de tal procedimiento, fue condenado (Annales d’Hygène et de Medecine Légal, 1879, citado por Nerio Rojas, Medicina Legal, p. 202).
Una de las situaciones en que más aceptación tuvo la anestesia involuntaria fue en el de las parturientas con problemas que requerían intervención instrumental.
El Bulletin of the New York Academy of Sciences publica la historia de un obstetra que convirtió en un “hábito indefectible” el utilizar el éter a fin de poder intervenir en el parto “sin decir a las mujeres que se iba a utilizar el fórceps”:
“Ahora, señor, en los casos de fórceps, yo encuentro el mayor placer del mundo... en ahorrar a las pacientes la anticipación de la operación... El cloroformo es una gran ventaja que permite hacer un completo examen de la criatura sin que la madre sepa que estás haciendo eso con vistas a la operación. Otra ventaja consiste en el hecho de que puedes consultar a otros colegas sin su conocimiento. Se ahorra el saber que el Dr. A o el Dr. B está en camino: el médico puede llegar, realizar la operación e irse, mientras la paciente ignora por completo lo que se está haciendo”
En la década de 1890 los tribunales americanos empezaron a ser asediados por pacientes que denunciaban el haber sido víctimas involuntarias de la cirugía.
Ahora los pacientes acusaban a sus médicos de agresión (battery), no de negligencia. Según la legislación norteamericana, el delito de agresión se comete siempre que alguien actúa intencionadamente sobre el cuerpo de otra persona sin su permiso. Fue entonces en el cambio de siglo, cuando la common law empezó a establecer claramente que toda intervención sanitaria en la que el médico actuara sobre el cuerpo del paciente sin su consentimiento, podía constituir delito de agresión técnica.
Entre 1907 y 1960, 60.000 personas fueron esterilizadas a la fuerza en varios estados norteamericanos por las “políticas demográficas” con las mujeres “retrasada mentales” con alta proporción de afroamericanas.
Entre 1934 y 1975, 63.000 personas, de las cuales 90% eran mujeres, fueron esterilizadas autoritariamente en Suecia, y 48.000 en Noruega.
Muerte de mujer en experimento médico detona polémica sobre ensayos clínicos en EEUU
Washington (Afp) - La prestigiosa Universidad estadounidense Johns Hopkins tendrá que suspender todos sus ensayos clínicos humanos financiados por los fondos federales, tras la muerte de un cobayo humano, en un caso que trágicamente puso en el tapete el poco control en la medicina experimental.
La oficina federal de protección en materia de investigaciones humanas (OHRP, por sus siglas en inglés) estimó que la Universidad Jonhs Hopkins violó 24 veces el reglamento en materia de ensayos clínicos sobre el ser humano y le ordenó suspender sus experimentos hasta nuevo aviso.
La medida fue la consecuencia de una investigación sobre la muerte el 2 de junio de una joven mujer de 24 años que estaba en perfecto estado de salud, Ellen Roche, cuando participó voluntariamente del ensayo clínico de un medicamento experimental contra el asma, el hexamethonium.
Por el pago de 365 dólares, ella aceptó inhalar el medicamento, que ejerció un efecto constrictor sobre las vías pulmonares. Dos días después de la primera inhalación, el 7 de mayo, fue víctima de una insuficiencia respiratoria aguda.
Rápidamente hospitalizada, Roche murió tras tres semanas de agonía el 2 de junio.
La noticia no fue divulgada al público sino dos semanas después por la misma universidad, que informó de este primer deceso de un cobayo humano desde 1986.
En su informe, la OHRP implicó particularmente en la causa al médico inmunólogo, Alkis Togias, que estaba a cargo de la supervisión de este experimento del medicamento contra el asma.
Los motivos para cuestionar el papel de Togias fueron, según la OHRP, el uso de un producto que no había sido aprobado para ser utilizado en seres humanos; el olvido de notificar los efectos secundarios que habían sido probados con anterioridad en otro paciente; la modificación del protocolo experimental sin referirse a sus superiores, y la falta de consulta de estudios científicos que mencionaban el efecto tóxico del hexamethonium en los pulmones.
Además, los voluntarios que participaron en el experimento no habían sido completamente informados de los riesgos que corrían, ni de que la Agencia Federal de Control de Medicamentos (FDA) consideraba el consumo por inhalación del hexamethonium como un procedimiento experimental.
Con sede en Baltimore (Maryland, al este), la Universidad Johns Hopkins es una de las primeras instituciones de investigación en Estados Unidos, ya que es la unidad académica que más subvenciones recibe por parte de las agencias nacionales de la salud (NIH). Tan sólo el año pasado se le otorgaron 419 millones de dólares, de los cuales 277,5 millones se consagraron a la investigación del ser humano.
Si bien la Universidad se atribuyó "la entera responsabilidad" de la trágica muerte e indicó que aceleraría la implantación de medidas para que no se repitan hechos como éste, sus autoridades protestaron fuertemente contra la interrupción forzada de las investigaciones que se encuentran en desarrollo.
Según afirmaron en Johns Hopkins, la medida es
"precipitada, paralizante, inútil e injustificada (...) Fue tomada con el mayor desdén hacia la salud y tal vez la vida de los pacientes", de los cuales hay quienes están muy enfermos y reciben tratamientos experimentales".
"Incluso una interrupción temporal de los ensayos clínicos terapéuticos, como aquellos donde están implicadas las enfermedades del cáncer, podría ser desastrosa",
advirtió la Universidad en un comunicado.
Con esto la Universidad paga las consecuencias de sus errores, indicó el doctor Sanford Chodosh, presidente de la Asociación Responsabilidades en Medicina e Investigación, que justificó la sanción.
"Los accidentes pueden ocurrir, pero si la mitad de las conclusiones del informe es verdadera, entonces es pavoroso",
afirmó Chodosh. Los investigadores "no respetaron las reglas del juego. Ellos salieron totalmente del contexto reglamentario.
Para Ruth Falden, directora del Instituto de Bioética Phoebe Berman en Johns Hopkins, este caso pone en riesgo la confianza del público en la investigación biomédica.
"Temo mucho que personas que actualmente estén participando en ensayos clínicos o investigaciones humanas comiencen a tener pánico".
El comité divino de Seattle.
En 1962, el Dr. Scribner de Seattle, estado de Washington, se hizo famoso. Pero no por salvar vidas humanas gracias a los riñones artificiales, sino porque seleccionaba a aquellos pacientes que le parecían dignos de vivir.
La historia del riñón artificial comienza durante la Segunda Guerra Mundial. El primer aparato de este tipo lo construyó en ese turbulento período un médico holandés, el Dr. Willem Kolff. En 1947, Kolff atravesó el Atlántico y, partiendo de los planos de su invento y las ayudas que encontró en el hospital Peter Bent Brigham de Boston, realiza el riñón artificial Kolff-Brigham. Este aparato filtra la sangre, eliminando las substancias nocivas que, al acumularse, se vuelven fatales para el organismo. Sin embargo, el alivio que este tratamiento procuraba a los enfermos aquejados de uremia era de corta duración. La máquina debía conectarse en el punto de entrada en una arteria y, en el punto de salida, en una vena. Dado que cada arteria y cada vena no podían utilizarse más que una sola vez, la esperanza de supervivencia de cada paciente quedaba inexorablemente restringida. En 1960, el Dr. Bernard Scribner y sus colegas de la facultad de medicina del estado de Washington en Seattle ponen a punto un tubo que puede implantarse en forma permanente en una vena y una arteria del brazo, de modo que las vías de acceso a la máquina permanecen fijas. Por primera vez, el riñón artificial podía tratar a los pacientes afectos de graves enfermedades renales crónicas.
Gracias a una fundación, el Dr. Scribner pudo crear en 1962 el Centro de riñón artificial de Seattle. El primer año, el centro atendió a tres pacientes. La escasez de riñones artificiales obligó al centro a proceder a una selección y el Dr. Scribner, que no quería tomar personalmente semejantes decisiones, instituyó una comisión de admisión. La comisión estaba compuesta por personas que no pertenecían al mundo de la medicina, escogidas de manera anónima y no remuneradas. Este "comité de admisión y orientación del Centro de riñón artificial de Seattle" fue rápidamente conocido por la opinión pública con el nombre de "comité divino de Seattle" (the Seattle God committee).
Menos de un año después de la creación del comité estalla el escándalo cuando sus prácticas de selección quedan expuestas por una periodista, Shana Alexander, en la revista Life (noviembre, 1962).
Un electricista de treinta y tres años, de raza blanca y con siete personas a su cargo, es el primer paciente escogido por el comité. La periodista mantiene que una mujer ha sido rechazada porque había vivido de la prostitución en el pasado.
Los pacientes son admitidos o rechazados de acuerdo con su estilo de vida, su estado civil, el número de personas a su cargo, sus convicciones religiosas y la contribución (económica, social...) que se supone han aportado a la sociedad.
Alexander no era la primera persona que escribía acerca del comité de Seattle, pero su artículo llama la atención sobre la autoridad discrecional de ese organismo y muestra indignación por el uso de criterios no médicos.
La comunidad médica no tuvo dudas respecto de la reacción del público. Supuso que la opinión compartía la indignación del periodista. El Dr. Scribner fue criticado por sus colegas en el congreso anual de urólogos porque su procedimiento había suscitado las críticas de la opinión pública (Fox y Swazey, 1978). El Dr. Scribner no comprendió lo que se le reprochaba. ¿Con qué derecho objetaban su procedimiento de selección unos extraños al mundo de la medicina? Lo importante no era la organización del comité, sino el hecho de que, gracias a la implantación de los dos tubos, el riñón artificial permitiera salvar vidas (Scribner, 1972; citado por Fox y Swazey, 1978).
Este escándalo ha dejado una huella permanente en la memoria de los médicos generalistas, de los especialistas y los expertos profanos. Después de él, se hizo impensable que los criterios no médicos de selección pudieran volver a tener la apariencia de valores "pequeño burgueses". Para los médicos, la elección de pacientes debe estar sólidamente fundamentada en razones médicas. De hecho, antes de disolverse en 1967, el comité de Seattle tuvo cada vez más en cuenta los argumentos médicos. Entre los expertos "profanos" creció la desconfianza hacia los procedimientos discrecionales en medicina. Con la apariencia de juicio médico ¿no estarán los facultativos y sus aliados disimulando sus prejuicios sociales o raciales?. Sanders y Dukeminier, psiquiatra y jurista respectivamente, critican el proceso de selección adoptado por el comité de Seattle:
"La justicia exige que la selección se haga mediante un método más equitativo que el del libre juego de las conciencias individuales, los prejuicios arraigados o la fantasiosa omnipotencia de un comité secreto"
(1978). Las palabras de estos expertos profanos tuvieron amplio eco. La comisión oficial, puesta en marcha por el estado de Massachusetts para regular los trasplantes renales, retomará su razonamiento en 1985. La selección de los pacientes para trasplante no debe ser el resultado de un procedimiento en el que se emita un juicio sobre el valor social de los candidatos.
El racionamiento médico, cuando afecta a cuestiones de vida o muerte, constituye un problema políticamente difícil de gestionar. Las autoridades federales han comprendido la lección y no han querido verse en la situación del "comité divino" de Seattle. Más que tener que elegir entre "el que vive y el que muere", los poderes públicos han acelerado la puesta en funcionamiento de riñones artificiales en los centros médicos. A partir de 1972, la escasez en este terreno desapareció en todo el territorio estadounidense.
Eva Perón: ¿víctima del síndrome V.I.P. (very important person)?. (o patient.)
Una cuestión ética controversial.
A fines de agosto de 1951 la señora Eva Perón tuvo pérdidas sanguíneas vaginales que trajeron preocupación a su ambiente íntimo.
El Dr. Raúl Mendé, médico y ministro de Asuntos Técnicos, muy allegado a la familia Perón, sugirió de inmediato un prolijo examen ginecológico por su ex maestro, profesor de Ginecología de Córdoba, Dr. Humberto Dionisi, quien comprobó una lesión ulcerada del cuello uterino efectuando la biopsia correspondiente. El patólogo, Dr. Julio Lascano González informó: "carcinoma endofítico".
El 20 de septiembre de 1951 el Dr. Méndez San Martín (Ministro de Educación) convoca al Dr. Jorge Albertelli a revisar a la paciente.
Su diagnóstico coincidió con el del Dr. Dionisi, quien había manifestado que no podría hacerse cargo del tratamiento.
Coincidieron también en que el pronóstico era muy poco alentador y en forma conjunta la conducta terapéutica a seguir. El patólogo había encontrado células neoplásicas abundantes en las venas del tumor, lo que significaba que éstas células serían llevadas por la sangre de la vena cava al ventrículo derecho y de allí al pulmón. El Dr. Albertelli aplicó radium intracavitario el 28 de septiembre de 1951, programando realizar la histerectomía unos cuarenta días después. Desde ese momento fue requerido como médico de cabecera, debiendo mudarse a vivir en la residencia presidencial de la calle Agüero, transformándose en observador y partícipe privilegiado durante tres meses del clima familiar, almorzando regularmente con el Presidente y su entorno, manteniendo largas pláticas con la Sra. de Perón.
Sus informes médicos eran entregados directamente al Presidente y tuvo a su cargo la responsabilidad directa de organizar la internación y la próxima operación. Ante la idea quirúrgica el general Perón deseaba que la intervención fuera efectuada por un renombrado cirujano oncólogo, sobre todo del extranjero. El Dr. Abel N. Canónico sugirió el nombre del Dr. George T. Pack, eminente especialista del Memorial Cancer Hospital de Nueva York, quien aceptó trasladarse al país en la segunda quincena de octubre, alojándose en la residencia oficial de Olivos. Revisó a la enferma quien había solicitado estar bajo los efectos de la anestesia general, por lo cual no vio ni entrar ni salir al facultativo. La Sra. Eva Perón cumplió el ciclo de tratamiento con el radium e ignoraba la presencia del Dr. Pack y que él fuera su futuro cirujano. Fue una estricta preocupación de la familia Perón el no dejar entrever la existencia de una lesión tumoral maligna, por lo que el Dr. Canónico actuó sólo como asesor, no entrevistando nunca a la enferma.
¿Por qué esta reserva frente al diagnóstico? En primer lugar, en aquellos años la sola mención de un proceso oncológico se asociaba irremisiblemente a sufrimientos y fatalidad.
En segundo lugar, dado el temperamento vigoroso y superactivo de la paciente, la certificación de un proceso canceroso hubiese determinado una gran frustración para su espíritu de alta sensibilidad.
Habiendo sido informada que padecía un fibroma, ella intuía que sería objeto de una intervención ginecológica de importancia.
A su pedido se convocó al Dr. Ricardo Finochietto, en calidad de cirujano general de reconocido prestigio, para que la próxima intervención aparentara no tener el carácter eminentemente ginecológico que en realidad tendría. La internación fue pública, (aunque no se dieron las razones de ella ni detalle alguno de la dolencia) en el Policlínico de Avellaneda.
De acuerdo con lo previsto, el Dr. Pack realizó la operación.
El Dr. Albertelli hizo de primer ayudante y el Dr. Horacio Mónaco de segundo. El Dr. Roberto Goyenechea era el anestesista. También estaban en el quirófano el Dr. Mendé, el Dr. Méndez San Martín, el Dr. Fariman, el Dr. Finochietto y el Dr. Canónico. Se hizo una anexo-histerectomía total con vaciamiento ganglionar pelviano.
El proceso tumoral se extendía fuera del cuello uterino y el examen histopatológico de la pieza operatoria, efectuado por el Dr. Grato Bur, confirmó que el carcinoma invadía el parametrio izquierdo.
Se dijo a la Sra. de Perón que el Dr. Albertelli había sido el único cirujano.
El profesional estuvo retenido en la residencia presidencial durante más de dos meses, sin poder salir de ella, para cuidar a la paciente.
La herida operatoria comenzó a supurar en toda su extensión.
La paciente, convencida que la había operado el Dr. Albertelli, tuvo con él violentas discusiones. Éste sugirió terapia radiante a cargo del Dr. Joaquín Carrascosa, mediante un equipo que se instaló en la residencia de la calle Agüero. En esa época no era aún practicable la cobaltoterapia ni el acelerador lineal. El equipo de los cuidados postoperatorios fue organizado por el Dr. Ricardo Finochietto. Actuaban de “médicos de cabecera” los Dres. Alberto Taquini y Jorge Alberto Taiana.
Este último era Decano de la Facultad de Medicina, sería luego Rector de la UBA y posteriormente Ministro de Educación, siendo el firmante (con 22 años de diferencia) de los certificados de defunción del matrimonio Perón.
El Dr. Albertelli se desvinculó de la Sra. de Perón el 31 de diciembre de 1951, finalizado el plan terapéutico de tres meses. No volvió a tener relación con ella ni con los médicos que la atendieron en las fases terminales de su enfermedad.
(La revolución de 1955 dejó cesante al Dr. Albertelli de la jefatura del Servicio de Ginecología del Instituto Peralta Ramos, y también fue cesanteado como Profesor de la Segunda Cátedra de Ginecología. Se recluyó en su domicilio y prácticamente no se lo volvió a ver). El Dr. Pack, que había tenido el gesto de no aceptar honorarios, recibió el título de Doctor Honoris Causa de la Universidad de Buenos Aires.
En los primeros meses de 1952 la enferma comenzó a tener síntomas de reactivación en la zona operatoria pelviana y manifestaciones bronco pulmonares. La radiografía puso en evidencia imágenes nodulares que mostraban la diseminación tumoral en ambos pulmones.
Consultado telefónicamente el Dr. Pack sugirió, como única tentativa, ensayar un nuevo compuesto químico, derivado de la mostaza nitrogenada el cual comenzaba a emplearse en el Memorial. Tuvo la cortesía de enviar varias dosis de la droga, que de inmediato se le suministró a la paciente por vía endovenosa. Quizá sea el primer caso de terapia antitumoral en nuestro país, y aunque causó una transitoria reacción favorable, el proceso tumoral siguió su curso irreversible, causando el fallecimiento de la paciente el 26 de julio de ese mismo año.
El tres de julio del año 2000, la revista The Lancet (Gran Bretaña) publicó un trabajo del Dr. Barron H. Lerner, historiador de la medicina y especialista en Ética de la Universidad de Columbia, que tropezó con el rol del Dr. Pack mientras investigaba la historia del cáncer de mama y consideró que mostraba el cambio sustancial y dignificante que se registró en la práctica y la Ética médicas durante los últimos 50 años.
Trágico para una nación fue lo sucedido con Tancredo Neves, presidente electo de Brasil en la reapertura democrática después de muchos años de dictadura militar. Antes de asumir debió ser sometido a una intervención quirúrgica abdominal. Como los tiempos marcados para las ceremonias oficiales se agotaban, los políticos urgieron al profesional a que NO colocara los drenajes obligados en estos post-quirúrgicos, para acelerar su recuperación. Como era de prever, todo se complicó; el paciente falleció y asumió la Presidencia el vicepresidente electo, Sarney.
En comunicación oral el Dr. Mauricio Knobel recordó que él debía ir a la casa de ese facultativo tratante para atenderlo y que se sucedían las visitas de grupos antagónicos. Unos le decían:
"Si Tancredo muere, tú te mueres"
. Los otros le decían:
"Si Tancredo vive, tú te mueres".
Históricamente en la medicina predominó el llamado Principio de Beneficencia por el cual los pacientes con cáncer y otras enfermedades mortales difícilmente eran informados por sus médicos acerca de su condición y pronóstico, no posibilitándole el ejercicio de su libre albedrío en lo atinente a su dignidad y calidad de vida.
El Dr. Pack, (murió en 1969), quería escribir sobre el caso clínico y el modo en que su participación fue condicionada sin intervención ni conocimiento de la enferma Eva Perón, pero no pudo hacerlo porque fue obligado a proteger la confidencialidad de tan importante personalidad. El entonces embajador norteamericano en Argentina, Ellsworth Bunker, aprobó, al igual que otras figuras del gobierno, sus acciones. Este cirujano general (y no ginecológico) le dejó grabaciones a su viuda Elena, que permitieron al Dr. Lerner investigar sobre la cuestión.
Estos son ejemplos que muestran cómo muchas personas famosas y con poder reciben menos asistencia (información y cuidados médicos óptimos)que le limitan y coartan el decidir acerca de su propia vida, por ser víctimas del síndrome V.I.P. (very important patient).
En esta crónica, basada en testimonios de los testigos presenciales, está visiblemente ausentes los principios básicos de la Bioética.
Hoy en día cualquier persona sin distinción de condición está protegida por la "Declaración de los Derechos de los Pacientes" y en particular en relación al Principio de Autonomía y al Consentimiento Informado.
El Principio de Autonomía se fundamenta en que el enfermo no es un simple ente, sino una persona dotada de razón para entender y de voluntad para decidir.
Cuando hay consentimiento informado, podrá aceptar o rechazar un tratamiento de acuerdo con lo que estima su bien. El consentimiento informado, por su parte, debe ser bastante explícito respecto del diagnóstico y las diversas posibilidades de tratamiento, y es obligatorio adecuarlo al grado de cultura de la persona. Desde este punto de vista, la relación médico-paciente no es de autoridad docta frente a un lego, o de paternidad al modo de la medicina tradicional, sino de igualdad de derechos y deberes. Mediante la progresiva definición de las figuras jurídicas de la imprudencia, la impericia, la negligencia y la coacción, el paciente va cobrando su propia autonomía.
El Principio del Consentimiento Informado e Idóneo es la fórmula que resume esta recuperación de la autonomía del paciente, sea o no V.I.P.
Dres. Horacio Fischer y Ricardo Joaquín Sardi
servido por dequincit
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