Testimonio de una Homo Patient
Ricardo Joaquín Sardi
Los logoterapeutas contamos con un aliado único en nuestro trabajo clínico, un aliado que es capaz de trabajar a nuestra par cuando la situación llega a ser muy penosa y sufriente para nuestro paciente. Tiene la virtud de siempre estar presente y la capacidad de darle lucha firme y decidida al sufrimiento. Este aliado no es otro que el espíritu personal de quien nos consulta.
En este capítulo, Ricardo J. Sardi nos presenta a Verónica, una paciente con una historia de vida llena de momentos difíciles y continuas batallas contra todos ellos. Batallas que ha intentado vencer con la ayuda de distintos profesionales de la salud afines a variadas escuelas psicoterapéuticas; aunque no siempre con éxito. En los últimos años, su lucha contra su sufrimiento, la acercó a su "querido" Dr. Ricardo Sardi, a quien consulta por sus repetidos intentos de suicidio y su sentimiento de vacío existencial.
A lo largo de este capítulo, Verónica nos comparte su historia de vida, primero, contada por ella y, luego, por su madre. Como cierre del mismo nos responde "la pregunta del millón": ¿Qué elementos de la Logoterapia hicieron que dejara de ser una persona enferma y se convirtiera nuevamente en una persona entera? Y también nos ofrece algunas sugerencias a los "psicomédicos" (profesionales de la salud mental) para que tengamos en cuenta en nuestro trabajo.
Un enriquecedor testimonio de vida que, a su vez, nos permite conocer el trabajo de un gran logoterapeuta y ser humano: el Dr. Ricardo J. Sardi.
Sofía Sáenz Valiente
1. Lo que Verónica nos comparte
1.1 Historia de mi Vida
¡Hola! Me llamo Verónica, tengo treinta años y esta es mi historia de vida, ¡espero que les sirva!
Cuando tenía seis años tomé conciencia que me hacía pis en la cama, esto se había transformado en un problema ya que me sentía con mucha culpa por no poder controlarlo y además me acostaba con miedo a que en esa noche volviera a pasar lo mismo de siempre, amanecer mojada. Mis padres tomaron esto como un problema y me llevaron a una psicóloga. Esto me causaba mucha bronca ya que no tenía ganas de ir. Yo quería ver los dibujitos... hacer cosas de niños. Esto me marcó mucho ya que no podía irme a dormir a casa de mis compañeros de la escuela y además era terrible para mí ya que en un campamento al quedarme dormida me hice pis en la carpa donde dormíamos con otras niñas. La vergüenza fue aterradora.
Mis padres recurrieron a un reconocido psiquiatra quien dijo que mi incontinencia se debía a que no me importaba hacerme pis encima. Si este psiquiatra hubiese sabido el dolor que era para mí tener que irme a dormir y amanecer mojada, creo que no hubiese dicho semejante tontera. Este buen hombre me dio como tarea que cada vez que me hiciera pis debía lavar mis sábanas. Es el día de hoy que recuerdo con qué bronca lo hacía ya que no era difícil lavar las sábanas para una niña de 9 años (a esa altura habían pasado tres años) lo malo era hacerme responsable de algo que ni siquiera tenía la posibilidad de controlar ya que la incontinencia se producía de noche, mientras dormía, ¡no en el día mientras estaba despierta! ¿Cómo iba a responsabilizarme de algo? ¿De un problema que ni siquiera tenía mi altura? ¡El colchón era más grande que yo!
Pero bueno, en definitiva el tiempo me dio la razón. El problema no era hacerme pis ya que esto se iba a ir, como se fue sólo e inesperadamente a los dieciséis años, en forma paulatina. Lo que sí quedó en mi personalidad fue una marcada tendencia a tener miedo de que una noche volviera a ocurrir de nuevo.
Luego de que esto terminó, comenzó una jaqueca neurológica. Perdía la vista ya que empezaba a darme una puntada de dolor en el ojo y empezaba a ver, como en el televisor nieve, puntos negros. Después de esto venían vómitos que llegaban a durar hasta siete horas seguidas. Era una desesperación para que terminara todo este dolor. Era como una agonía. Empecé a tomar Tegretol pero no dejaban de darme los ataques, por lo que un pediatra que se interesó en mi problema mandó a Suecia mi diagnóstico y allí le informaron de que este problema se producía en la mayoría de los casos por intoxicación del hígado por lo que mis padres empezaron a realizarme una dieta a base de soja que curó definitivamente el problema. A esta altura parecía que mi vida estaba destinada a sufrir enfermedades que los médicos de todo tipo de especializaciones no sabían de que se trataban.
Pero finalmente ocurrió lo peor de lo peor. Yo a los once años tuve lo que yo llamaría hoy una pérdida de sentido de la vida. Era el día anterior a mi cumpleaños número once cuando en la noche, en mi cama comencé a llorar porque no sabía que era lo que iba a hacer de mi vida ya que iba a cumplir once años e iba a dejar de ser una niña para convertirme en mayor. Este momento pasó pero se repitió cuando tuve que dejar la escuela primaria y empezar la secundaria.
Al empezar la secundaria comencé a tener problemas para integrarme al grupo de compañeros y empecé a tener ideas de muerte por distintos motivos. Si las pudiera resumir se trataba, en general, por problemas a los cuales yo con dieciséis años no le encontraba una solución. Una tarde me sentía tan mal por la vida que llevaba que me subí al techo de mi casa con la idea de tirarme y terminar así con ella. Sentía que no tenía amigos, por lo menos yo no los veía como tales, y me había peleado con mi novio de ese momento. Mi argumento era que la vida era demasiado dura para una persona como yo. Mientras estaba en el techo, una amiga me llamó por teléfono y tuve que bajar a atenderla porque mis padres se preguntaban donde estaba y para no levantar sospechas fui a atenderla. Cuando comencé a hablar con ella me empecé a dar cuenta de que lo que estaba por hacer era incorrecto pero no se lo dije a nadie.
Las ideas de muerte continuaron durante algunos años pero en forma espaciada. Aparecía en los momentos en que me sentía muy sensible para esta vida dura que me tocaba vivir.
Todo esto lo cuento ya que es el antecedente. Lo que preparó el terreno para el momento de tomar una decisión importante. El problema se agudizó a los veinticuatro años cuando, estando de novia ya hacía cinco años con una persona, me quedo embarazada. En ese momento, en mi cabeza sólo tenía dos opciones: matarme o abortar. Me decidí por la primera y tomé pastillas, obviamente, todavía no era mi día, por lo que tuve que decidir por la segunda. Y eso fue lo que hice. Aborté.
El dolor que sobrevino fue un infierno que viví día a día hasta los treinta años. Fueron seis años de agonía. En ese momento, me sentía fuerte pero tenía muchas dudas. Ya había experimentado lo que era pensar la muerte por lo que seguía seducida por la idea.
Mi hermana me nota extraña y me aconseja empezar con una terapia realizada por una psiquiatra. Cuando comencé con la terapia lo único que hacía era llorar todo el día y pensar en cómo matarme. Ya no podía ir a trabajar, me era insoportable la angustia que sentía. Inmediatamente la psiquiatra me da a tomar Venlafaxina y Carbamacepina.
Todo se ponía peor, comenzó a ser más fuerte en mí la idea de morirme. Hasta que un día me corté el pelo. Me rapé por completo. Yo me encontraba feliz pero la psiquiatra lo consideró ya una patología por lo que decidió hablar con mis padres. En ese momento la psiquiatra decide irse de viaje a Europa y me deja a cargo de otra psiquiatra y una psicóloga. Cuando ocurre esto, intento nuevamente suicidarme tomando los antidepresivos, Carbamacepina y Clonazepan (que había comenzado a tomar diariamente no recuerdo en qué dosis).
Cuando me encontraba empezando la terapia con la nueva psiquiatra y la psicóloga, me quedo nuevamente embarazada. Pero esta vez fue distinto ya que lo hice a propósito ya que tenía la fantasía de que controlaba la vida y la muerte y podía nuevamente dar muerte al bebé. Hice lo que tenía que hacer solamente que fue peor que la anterior ya que lo que aborté fue un bebé de aproximadamente cuatro o cinco meses. Tuve que cortar el cordón umbilical y luego de tenerlo muerto en mis brazos durante un momento lo tiré al inodoro de la forma más cruel y más dura que podía. Yo sé que esto les puede resultar difícil de digerir pero es lo que fui, fue lo que hice. La terapia avanza cada vez más y los intentos de suicidio pasan de ser una idea a concretarse cada vez más. Una vez que cuento esto a la psiquiatra y a la psicóloga deciden darme Venlafaxina, Carbamacepina, Clonagin, Olanzapina y Risperidona. Todo por la angustia que cada vez me consumía más y más.
Durante un tiempo me estabilizo y comienzo a trabajar en mi actual trabajo. Pero repentinamente comenzaron a aparecer las ideas de muerte, cada vez más, hasta que decidí cortarme las venas. Así lo hice pero, a mi pesar, al otro día abrí los ojos igual que todas las mañanas. Mi papá me encuentra en mi pieza y decide taparme el tajo que yo había hecho en mi muñeca. Cuando llega mi mamá y él le cuenta lo sucedido, deciden llevarme a un médico cirujano quien me cose el tajo.
Luego de esto, una amiga de mi mamá le comenta sobre el Dr. Sardi al mismo tiempo que pedimos una consulta con mi psiquiatra y mi psicóloga. Ellas deciden que era momento de internarme por lo que me dan una orden de internación. Para ellas creo que fue fácil, yo pasé a ser un paciente fuera de control y era mucha responsabilidad. Cuando mi papá le comenta a la psicóloga sobre el Dr. Sardi, la misma contesta que no estaba de acuerdo con ese tipo de terapia pero que quizás me serviría. Mis papás toman la decisión más importante: tenían que elegir si internarme o probar con un nuevo psiquiatra. Lo bueno fue que ellos ¡¡¡me dieron una nueva oportunidad!!!
1.2 Descripción de lo que se siente cuando uno decide suicidarse
Antes de comenzar con lo que aprendí del Dr. Sardi, quiero hablar sobre lo que se siente en esos momentos que gente como yo decide suicidarse. Las ganas de suicidio comienzan siempre con algo que pasa como yo creo que no debería pasar, con algo que no funcionó según lo que la lógica o la moral indican, ya sea por eventos exteriores o pensamientos y sentimientos internos. Esto yo lo llamo frustración. ¿Por qué ocurre esto? Simple, porque lo que uno piensa o siente, lo que a uno le enseñaron sobre moral, sobre bondad, honor, sobre los valores, se manifiesta en el campo de lo ideal pero ¡ah sorpresa! Cuando uno vive con los demás y empieza a tener contacto con la realidad, eso que tenemos en la mente, en el corazón y en el espíritu, no se aplica tal cual lo pensamos y tampoco da el resultado que queríamos ya sea porque el otro no lo interpretó igual o porque simplemente no era el momento ni el lugar ni el modo. Hay tantos factores. Entonces aparece la frustración: eso que no resultó como yo creía, como yo había pensado o como los demás me habían dicho que sería ( el ejemplo típico de esto es cuando la gente dice que si uno hace las cosas bien todo sale bien, ¡¡¡bienvenidos al mundo real!!! No siempre es así).
La frustración inmediatamente me hace pensar: ¿en qué fallé? ¿qué debería haber hecho? Entonces, el cerebro empieza a elucubrar hipótesis tan variadas que uno termina por darse cuenta que se equivocó y, no sólo que se equivocó, sino que es culpable de no haber tenido en cuenta todas las variables que en este momento está teniendo en cuenta. Todo esto se da porque nos enseñan a que podemos tener el control sobre todo y... bienvenidos a la realidad, no tenemos control sobre nada.
Cuando mi cerebro llega a esta conclusión: de que por más que haga lo mejor que pueda, puede pasar que no resulte; mi sentimiento es el de frustración. Cuando mi cerebro cree que puede controlarlo todo y se da cuenta que no es así, comienza la culpa y es esa, justamente esa, la trampa.
La trampa es que si aprendí que no tengo control y que, por lo tanto, voy a equivocarme y, si eso me va a generar frustración y culpa; voy a vivir siendo culpable todo el tiempo, de todo lo que pude haber hecho y no me di cuenta, de todo lo que no pude controlar. Entonces ya nada tiene sentido. ¿Qué sentido tiene que me esfuerce en ser mejor si las cosas no van a resultar mejor? ¿Qué sentido tiene equivocarme si lo más probable es que mañana no se presente la misma situación, o sí, y tampoco sepa cómo resolverla de manera correcta? ¿Y cual sería la manera correcta? ¿La que da resultado bueno para mí o la que tiene en cuenta a los demás? Entonces decido quedarme quieta, no hacer nada de nada, así no hay posibilidades de equivocarme y el círculo vicioso no se cumple. Pero uno comienza a sentirse vacío, ya no hay valores absolutos que lo rijan; en la sociedad de hoy, amar al prójimo es ser ñoño. Entonces ¿qué queda? El suicidio: la solución fantástica que me permite colocarme en el sitio de "No puedo, asique abandono."
Cuando uno se encuentra en este estado, el dolor, la angustia, la desazón, la soledad, invaden todo mi ser. El cerebro comienza a pensar sólo sin mi consentimiento. Entonces todo es confuso. Ya no hay lo bueno y lo malo, lo correcto e incorrecto, sólo se siente dolor y, sí señores, es un dolor físico. Se siente en el pecho, en la cabeza, el cuerpo es como un flan que no tiene fuerza. Uno ya no duerme, no come a horario, todo pierde orden. Y es tan fuerte la confusión, el dolor que siento, que si elijo cortarme las venas y cortarlas reiteradas veces, ese dolor no supera al anterior.
Esto que acabo de escribir ¿se da en las universidades? Es el mismo círculo vicioso: frustración, culpa, abandono. ¿Lo han visto?
¿Qué es lo que quiero dejar en claro? Que el prototipo de hombre de la sociedad actual sólo es para uno de diez personas. Que nos hacen crecer creyendo que cuando uno hace las cosas bien no hay nada que temer, y no es así. Que tenemos el control de todo y en realidad no nos dominamos ni a nosotros mismos. Que los valores son importantes, pero sólo en la medida que te beneficien y que si te equivocás, sos un fracasado.
1.3 Lo que aprendí con la Logoterapia
Primero que todo era necesario hacer algo con las ganas de suicidarme. Pues bien, lo que aprendí es que tenía que aceptar que tenía ganas de suicidarme pero eso no significaba que lo tenía que hacer. Asique dejé que la fantasía de suicidio habitará allí, en mi cerebro, en el lugar destinado a las fantasías. Lo que ocurrió es que con el tiempo empezaron a aparecer cada vez más distanciadas. Aunque debo admitir que no las he dejado de tener. Aquí, algunos opinarán que, si estas fantasías persisten, entonces no he mejorado en términos de salud. Pero es simple de explicar: sé que las tengo, pero sé que así como aparecen se van. Aprendí a vivir con ellas y a ubicarlas en el lugar de las fantasías y, de pronto, cuando en determinadas circunstancias el cerebro las dispara como soluciones a conflictos que tengo, las dejo que existan pero sólo dentro de mi cabeza y hago el esfuerzo de encontrar otras soluciones aparte de esa al problema. Quizás el objetivo no sea que desaparezcan para siempre, sino simplemente dejarlas que existan en el campo de la fantasía.
Otra de las consecuencias de esta enfermedad es que se altera el orden del sueño y esto es así porque elegí abandonar la vida que sólo se vive de día. Sé que la noche está hecha para dormir, pero el silencio y la soledad son compañeros excelentes para que la mente vuele y piense en todo lo que uno podría hacer y no se anima a realizar de día por miedo a equivocarse. Por lo tanto, uno elige soñar despierto de noche y dormir durante el día, evitando así tener contacto con la realidad y con lo que tiene que ver con vivir.
Ahora estoy en esa etapa, la de tratar de acomodar el sueño. Ustedes pensaran que es fácil, pero no lo es. El cuerpo se acostumbra a tener ganas de hacer cosas durante la noche pero el cerebro sabe que no hay trabajo de noche, no hay amigos de noche, no hay ni siquiera un kiosco abierto. Empiezo a pedirle a los demás que hagan las cosas que yo no me animo a hacer, desde salir a comprar cigarrillos, como a pagar las cuentas. Con la logoterapia aprendí que, mientras uno más hace, más se conoce.
El Dr. Sardi ya no sabe cómo decirme que haga cosas, no importa qué, algo. Bueno, este es para mí el paso último. Ahora soy yo la que debo decidir si seguir abandonando mi vida o empezar a vivirla. Por esta razón me pedí unas vacaciones, primero y fundamental, para cambiar el sueño. Luego, hice una lista de las cosas que creo y siento que me harían sentir bien. Ahora sólo queda hacerlas. Hacer, haciendo, hacerse.
Lo fundamental es saber que no hay que cometer el pecado de creerse un dios, hybris, sino encomendarse a los brazos de nuestro Dios o del destino, tomando las decisiones que nos hagan sentir más y mejores humanos, sin olvidar eso: lo humano. Y que no importa cuanto avance la ciencia, cuanto domine el hombre al mundo, en definitiva sólo uno es responsable de las decisiones que toma y lo es sólo frente a su propia conciencia en esos minutos antes de dormir.
1.4 Conclusión
He pasado cuatro años sin hacer absolutamente nada, mi vida radica en levantarme media hora antes de ir al trabajo, tomar mates y fumar, luego voy a trabajar y hago lo mejor que puedo. Cuando vuelvo, tomo mates, fumo y cuando estoy asqueada me pongo a ver películas hasta las siete de la madrugada. Estoy sola, no tengo amigos, ni novio, ni futuro, ni facultad, ni hago ejercicios. Ustedes se preguntarán si me cure o no y saben qué creo, que de eso se trata mi vida, de entender que no se trata de tener la certeza de que sané sino la valentía de saber que si Dios me puso donde estoy es para superarlo. Pero no como en las películas, donde el final es feliz, sino como en la vida real donde aprendés a vivir con ello y de la mejor forma posible. Esa vida que yo tengo en mis manos y no otro.
1.5 Crítica constructiva
Cuando atiendan a un paciente, pregúntenle cómo cree que está compuesto su ser. Porque, Doctores: se les olvidó curarme el alma. Yo soy cuerpo, mente y espíritu.
Un beso.
2. Lo que nos comparte su Madre
2.1 Historia de Vida de Verónica
Nuestra familia está formada por mi esposo, y tres hijos: dos mujeres que se llevan 2 años entre ellas, y un varón 10 años menor que Verónica, que actualmente tiene 31 años.
Los abuelos maternos tuvieron una participación activa en nuestras vidas, siempre vivieron cerca nuestro aunque en distintas casas.
El embarazo de Verónica fue normal, no consumí ningún medicamento. Sí tuve las ansiedades propias de ser primeriza. El parto sí fue traumático porque nació con vacuum, una especie de ventosa que le produjo un hematoma importante en el lado izquierdo de la cabeza, aunque al ser revisada por el pediatra, presentaba todos los reflejos normales. También tuvo ictericia, por lo que la dejan en sala de neonatología durante nueve días y, en ese tiempo, no me permitían tener contacto con el bebé ni darle de mamar.
A los 3 meses cuando alguien le decía "Pobrecita", se le corrían las lágrimas. No sé si esto lo hacen todos los bebés.
Siempre fue una nena muy alegre, inteligente y, cuando digo esto, me refiero a que aprendía sin ningún tipo de problemas, era resuelta, segura de sí misma, muy ubicada en el espacio y muy perceptiva (a veces sentía qué adivinaba mi estado de ánimo). También muy sensible.
A los cuatro años, presenta vómitos repentinos, pero recién a los 12 años los médicos le diagnostican jaqueca neurológica. Le recetan Carbamacepina, pero los ataques no cesan hasta cerca de los 17 años. Junto con esto, presenta una enuresis hasta los 16 años.
Por este motivo, a los 5 años, las dos vamos a psicólogas, quienes hacían psicoanálisis puro, según me lo expresaron. Ella asiste un año y yo dos años. Verónica comienza a llorar diciendo que no quiere ir más, yo se lo expreso a la psicóloga y me dice que la obligue. La llevo unas sesiones más pero desisto porque lloraba mucho cuando tenía que ir, y cuando salía de la sesión.
No hubo ningún resultado sobre la enuresis. El diagnóstico que me da es que tiene celos de su hermana y que emocionalmente había madurado más que un niño normal. Lamentablemente, no me dieron ningún diagnóstico escrito.
Luego, la ve un psiquiatra, quien le da un medicamento y me dice: "En dos meses le curo la enuresis". Pasan seis meses y decido sacarle el medicamento ya que no hay resultados y se notaba muy nerviosa cuando dormía.
Decido concurrir a un afamado psiquiatra familiar, quien dice que el problema de la enuresis lo tenía yo porque ella no lo tenía. Como terapia le indica lavarse las sábanas cuando se orinaba y lo debía hacer a mano, no en el lavarropas. Recuerdo un día que el médico le dice "Pasé por el stand de pañales y me acordé de vos". Ella no le dijo nada, pero cuando salimos me dijo: "¿Sabés por qué habló de los pañales? Para que me de rabia y no me haga más pichí", tenía aproximadamente 6 años.
Mi marido también había tenido enuresis hasta los trece años, por lo que me dice que la deje que ya se le iba a pasar. Decidimos que ya no haga más tratamientos.
Siempre fue muy protectora con su hermana mientras fueron pequeñas, y con el hermano.
Durante la primaria, tenía amigas y un muy buen rendimiento escolar. En la secundaria, también, tenía amigos, era muy buena estudiante, salía a bailar, tenía novio, aunque creo que no tenía demasiada libertad, la llevábamos y la traíamos.
No era rebelde, se comunicaba mucho con nosotros, aunque sí comenzaban las peleas con su hermana, generalmente por la ropa.
A los 16 años, se pelea con el novio y pide ir a una psiquiatra, quien la vuelve a atender a los 26 años.
Ella me cuenta (hoy en día), que le confesó a la psiquiatra que tenía ideas de suicidio, pero ella no le dio importancia.
En aquel entonces, jamás nos dimos cuenta ni nos contó que pensaba en el suicidio.
2.2 Nuestra Familia
Cuando nació Verónica, éramos jóvenes de 25 y 26 años. A los dos años nació mi segunda hija y, después de 10 años, nació mi hijo.
Ambos trabajamos. Mi marido fue muy creyente siempre , yo no era tan persistente en la fe.
En la primaria, las chicas fueron a escuela religiosa, también asistían a un club dónde realizaban gimnasia deportiva, allí aprendieron a nadar. Mientras mi marido estudiaba en las tardes, nosotras asistíamos a este club. No tuvimos demasiado dinero pero en general tratábamos de darles bienestar.
Fuimos padres exigentes en cuanto al estudio, al buen comportamiento.
La relación con los abuelos maternos fue demasiado estrecha, y escasa con los abuelos paternos.
Verónica siempre mantenía (y actualmente mantiene) una relación muy intensa conmigo, hablaba mucho. Por lo que me resultó muy sorpresivo enterarme de que se quería suicidar, ya que nunca me lo había contado.
2.3 La Enfermedad
A los 26 años estudiaba una carrera universitaria, tenía amigas con quienes salía, tenía novio.
Decide cambiarse a una facultad privada y pagarla con su trabajo. Consigue en un cyber para atender a la gente que se conectaba a Internet. Asistía a la facultad a la tarde y se iba al trabajo hasta las 2 de la mañana.
Un día, hablando con mi segunda hija, quien es psicóloga, analizan entre ellas, la relación con el novio y Verónica decide ir a la psiquiatra que la había visto a los 16 años. Esto ocurrió a mediados de diciembre del 2003. Cuando vuelve de la primera sesión, me dice que le diagnosticó depresión y la medicó con Velafaxina. Yo me sorprendí porque ella hacía, en ese momento, muchas cosas, y no la notaba triste; sí muy nerviosa, pero en general, siempre se ve así. La doctora le expresa que en 3 meses la saca adelante.
Esta psiquiatra hacía terapia con ella semanalmente. A los 20 días, la depresión era terrible, lloraba a cada rato, no sabíamos realmente qué pasaba. Deja la facultad, más tarde al novio y después a sus amigas.
Dormía 2 horas y se despertaba, el mínimo ruido lo sentía.
A los 4 meses de iniciado el tratamiento con la psiquiatra, se rapa la cabeza. En ese momento, la doctora nos dice que lo que era una depresión había pasado a ser un trastorno de personalidad y que llevaba tiempo curarlo. Comienza terapia con una psicóloga semanalmente y cada 15 días con la psiquiatra.
En aquel momento la psiquiatra me informa que Verónica tenía intentos de suicidio, los que yo jamás había detectado.
Ella dice que con la psiquiatra se sintió libre para expresar lo que realmente sentía en su interior.
Se pone muy agresiva. Ella tenía buena relación con nosotros antes, pero comienza a agredirnos verbalmente, cosa que antes no hacía, se vuelve una situación terrible en el hogar, también se vuelve muy agresiva con su hermana.
La psiquiatra viaja al exterior y se lo dice de un día para otro. Queda en manos de otra psiquiatra y con la misma psicóloga quienes hacían permanentemente interconsultas. En ese momento toma pastillas que va juntando de las que yo le daba por día.
Hasta abril del 2008, continúa con estas terapias, con muchos intentos de suicidio y, cada vez, más medicación.
Pasó 3 años en soledad. No se bañaba, engordó muchísimo, fumaba exageradamente. Abandonó la facultad, su trabajo y sus amigos. Pasaba todo el día detrás de una ventana, a oscuras, fumando. No hablaba, tenía la mirada fija y perdida. Si venía gente, se escondía. No atendía el teléfono.
En ese tiempo, nos turnamos con mi marido para estar con ella en la casa y no dejarla sola.
En el último año, logró rendir un examen y conseguir un trabajo pero, en un principio, le cuesta mucho, tiene miedo. Logra mejorar un poco, pero al año de estar trabajando, comienza otra vez a sentirse mal y se corta la muñeca a lo largo de las venas, no en forma transversal.
Repentinamente, empezaba a pensar en el suicidio, yo tengo la sensación de convivir con un fantasma que aparecía a cada rato, de la manera más imprevista. Podíamos pasar un día hermoso en un camping, llegábamos a la casa y se empezaba a sentir mal. Ella comentaba que era como una idea fija en su mente que no podía apartar. Tenía la mirada fija, no hablaba, no se reía, y continúa agresiva. A veces, me asustaba.
Hablábamos largas horas con ella, no dormíamos ya que ella andaba toda la noche. Íbamos a trabajar cansadísimos.
Muchas veces la miraba a los ojos y le decía a Dios: "Por favor, devolveme a mi hija, ésta que está aquí, no es ella, mi hija era alegre, cantaba, escuchaba música."
Fue una época de mucho dolor, de no saber qué decir ni qué hacer, las recomendaciones de las profesionales eran que se separara de nosotros. Esto nos hacía sentir muy mal porque nos preguntábamos qué podíamos tener tan malo que le hacía daño a nuestra hija.
También, a sugerencia de las profesionales, asistimos a terapia familiar, pero mis hijos no querían ir y Verónica después de un tiempo deja de asistir. La psicóloga familiar sólo dice que mi marido o yo hacíamos algo como para que nuestros hijos no se fueran de la casa, pero no nos dice concretamente qué hacíamos.
En este momento, Verónica tenía dos sesiones con su psicóloga, una con la psicóloga familiar y cada quince días con la psiquiatra. El tipo de terapia era cognitiva-conductual. Cada vez que venía de terapia la comentaba con nosotros. Después, a sugerencia de las profesionales, no tenía que hablar de lo tratado en terapia.
Yo observaba que antes y después de cada sesión se sentía muy mal, pensaba permanentemente qué iba a decir en la terapia y después qué le habían dicho. Yo sugerí que me parecía que era demasiada terapia, pero me dijeron que estaba confundida.
En una época, se va de la casa a vivir con un novio que conoció en ese entonces. Igualmente tiene crisis y nos llamaba cuando se sentía mal, estuvo con él seis meses.
Posteriormente, se va a vivir con su abuela que vive cerca nuestro, pero intenta cortarse las venas por segunda vez.
Cada vez la medicaban más y cada vez las crisis eran más seguidas. En el último tiempo, eran permanentes, presentándose estas crisis también en su trabajo, por lo que las profesionales deciden una internación en un neuropsiquiátrico, la cual no concretamos. Yo personalmente, me resistía a esto.
La relación de ella y la nuestra con las profesionales fue excelente. Considero que le brindaron lo mejor, dentro de lo que pudieron hacer.
2.4 La Logoterapia
El mismo día que me dan la orden de internación, recurro al Dr. Sardi, recomendado por una amiga. Cuando el Dr. me dice que hace Logoterapia y me explica acerca del Dr. Frankl, yo no sabía de qué se trataba.
Verónica acepta ir porque yo le ruego, pero no tenía ningún deseo de ir, decía que estaba muy cansada.
Cuando el Dr. la ve por primera vez, esa noche, ella sale diferente de la sesión, contenta. Y me dice que le impresionó muy bien el Dr.
En las primeras consultas, nos mirábamos con mi marido sorprendidos cuando, desde la sala de espera, la escuchábamos reírse. Nos sorprendió muchísimo porque hacía mucho tiempo que no reía.
Al otro día de la primera consulta, fuimos juntas a la peluquería. Se veía feliz. Yo la miraba y pensaba que, si la hubieran internado, en ese momento, yo estaría visitándola en el hospital. Realmente no lo podía creer.
Busqué en Internet y me informé sobre la Logoterapia , sobre el Dr. Frank y el Dr. Sardi.
Recuerdo que en uno de sus intentos de suicidio, cuando estaba en tratamiento con la otra psiquiatra, íbamos en la ambulancia, me tomó la cara con las dos manos y me dijo "Mami, esto no es culpa de papá ni tuya, yo no le encuentro sentido a la vida". Desde ese momento, me preguntaba cómo encontrar motivos para que quisiera vivir, pero nada era posible.
Cuando leí sobre la logoterapia, me enteré que busca dar sentido a la vida, que considera al hombre como cuerpo, mente y espíritu. Entonces, supe que era lo que yo había buscado y entonces surge una esperanza para mí y para mi hija.
Cuando llega al Dr. Sardi estaba medicada con: Velafaxina, Carbamacepina, Ziprexa, Risperdal Conta, Clonazepam.
El Dr. decide darle 30 días de licencia y sacarle todos los medicamentos menos el antidepresivo y el clonazepam.
Le da técnicas para evitar el pensamiento suicida.
Imaginé que al sacarle los medicamentos, iba a estar muy mal pero, al contrario, cada vez se sentía mejor, estaba más clara de pensamiento, comenzó a reírse y a sentir dolor, ya que antes no sentía ninguno.
Cuando se sentía mal, dormía conmigo y lo que con la otra terapia estaba mal, ahora el doctor le dice que era bueno. Así duerme un tiempo conmigo y sola después decide irse a su habitación.
Las sesiones que antes eran estipuladas previamente, hoy decide ella cuando las necesita.
El doctor le recomienda libros que leemos juntas lo que nos beneficia a ambas ya que en ellos encontramos respuestas que antes no tenían explicación.
Anteriormente, no quería que le habláramos de Dios, pero después fue aceptando la idea y comenzó a acercarse a lo espiritual.
Actualmente, lleva 6 meses con el Dr. Sardi, en este tiempo, tuvo dos crisis, pero yo noto que después de cada crisis, tiene una mejoría importante (Quiero aclarar que desde que está con el tratamiento de Logoterapia nunca intentó suicidarse, lo que llamo crisis se refiere a pensamientos que nunca concretó).
Visitó a su abuela, lo que no hacía desde hace mucho tiempo, buscó turnos para los médicos ya que había dejado de lado su salud , sale con sus compañeros de trabajo, se dedica a su arreglo personal, hace ejercicio físico en la casa, se puede dialogar con ella. Pero, por sobre todas las cosas, se encarga de su espíritu. Hoy es una persona que sus compañeros han definido como pacificadora, ya que genera clima de armonía entre ellos y actúa como mediadora ante los conflictos.
En este último tiempo, puedo decir que es una persona íntegra y que gracias a Dios, el fantasma del suicidio no está presente. Quizás vuelva a aparecer pero lo más importante es que Verónica haya aprendido a enfrentarlo.
Nosotros como padres, también aprendimos que el sufrimiento es inherente a la condición humana, y esta visión nos hizo más fuertes.
Hoy, Marzo de 2009 estamos a 11 meses de la primera vez que tuvo la consulta con el Dr. Sardi, está de novia, enfrenta los problemas del trabajo y cada día resuelve mejor las situaciones que se le presentan a diario.
Creo que en esta sociedad actual, la carencia de valores verdaderos nos lleva a cometer demasiados errores. Como madre, hoy he descubierto que el no practicar profundamente la fe, me llevó a un sentimiento de desesperanza y tristeza, que se lo trasmití a mis hijos, esto a lo que me refiero de "no practicar la fe" significa que si bien era una persona que actuaba correctamente, no le daba el sentido de trascendencia espiritual a mi vida y que es tan necesaria para todo ser humano.
Hoy es muy común escuchar, de parte de muchos psicólogos, "si te hace sentir bien, hacelo". Pero creo que es fundamental orientar a los jóvenes en la dimensión espiritual que es lo que verdaderamente NOS DA SENTIDO DE PLENITUD Y FELICIDAD.
Es notable la cantidad de jóvenes que hoy se sienten perdidos, buscando el sentido de la vida en el alcohol, la droga, los lujos y, una vez que se vive dentro de esto, se siente el terrible vacío existencial que lleva a tantas vidas perdidas.
HOY MI HIJA VOLVIO gracias a la Logoterapia , al Dr. Frankl que la desarrolló y al Dr. Sardi que, con su sabiduría, la aplica. Gracias de todo corazón.
A veces me pregunto cuántas personas de las que están en el neuropsiquiátrico podrían tener un destino diferente si se les hubieran dado otras opciones.
Creo que la Logoterapia tiene que ocupar un lugar importante dentro de las terapias tradicionales, como alternativa de curación ya que hoy el hombre ha perdido los valores de lo espiritual y el verdadero SENTIDO DE LA VIDA.
(Quiero aclarar que yo no sé qué escribió Verónica, ni Verónica leyó lo que escribí yo.)
3. La pregunta del millón
¿Qué elementos de la Logoterapia hicieron que dejara de ser una persona enferma y me convirtiera nuevamente en una persona entera?
Sinceramente, me cuesta reconocer puntos o momentos precisos ya que me encontraba realmente perturbada, confundida y perdida.
Me gustaría dejarles las experiencias que me conmovieron y que produjeron en mí un cambio en la forma de ver la vida.
Lo que guardo en la memoria como mi primer recuerdo, fue que cuando yo voy a ver a mi querido Dr. Ricardo Sardi. Yo venía de tener una sesión con mi anterior psicóloga, quien me dijo que, debido a que yo tenía intenciones de suicidarme y que ya en reiteradas ocasiones había concretado esos intentos de suicidio, ella consideraba que lo más adecuado para mí era internarme en un hospital psiquiátrico, por lo que firmó la orden de internación.
Mis papás, no quedándose conformes, encontraron a mi querido Ricardo Sardi, quien me ve ese mismo día, solo con diferencias de horas. Me hace pasar al consultorio y lo primero que recuerdo y que me marcó, fue ver que yo no me tenía que sentar detrás del escritorio, sino al lado de él y que él mientras hablaba, se alejaba o se acercaba dependiendo de lo que hablábamos, en su gran silla con ruedas.
¿Qué significó eso para mi como paciente?
Que no estoy frente a una persona que me está marcando desde entrada que yo tengo el lugar de paciente y él el de analizarme ya que eso es obvio desde el momento en que yo pido consulta a un psicólogo o psiquiatra.
Lo segundo que recuerdo es que mi querido Ricardo me pregunta: "Verónica, contáme ¿qué es lo que te pasa?¨ A lo que yo le respondo entre llanto, oraciones inconclusas y sentimientos de desesperación, que me quería morir, que yo sabía que todo dependía de mí, pero que yo no podía más, ¡¡que ya no podía hacerme cargo!!
A lo que él me responde: ¨No te tenés que hacer cargo vos, porque el que sabe tratar estos problemas soy yo porque para eso estudié.¨
Esto es fundamental para un paciente, saber que el encargado de manejar la enfermedad es el médico y el encargado de llevarla lo mejor que pueda es el paciente. ¿Por qué? Porque el paciente va al psiquiatra o psicólogo debido a que hay algo que siente que no puede manejar y que necesita ayuda, por lo tanto la función del doctor es asumir la parte que le corresponde, que es reconocerle al paciente que el que estudió es él y que el que padece lo desconocido es el enfermo.
¿Por qué aclaro esto? Porque está muy de moda que los psicomédicos utilicen la frase "hacerse cargo".
Bueno, yo desde mi ignorancia y desde mi valorable lugar de paciente, les digo que a mí, como persona que sufre una "enfermedad", no pueden decirme que todo depende de mí, ni decirme que tengo que hacerme cargo porque yo la padezco y la estoy sufriendo y desconozco del tema. El encargado de aliviar mi dolor es el psicomédico. En definitiva, el recuerdo que me quedó es que mi querido Ricardo sacara de mi cabeza que yo era la encargada de sentirme bien, de mejorarme, que todo dependía de mí. Con esas sencillas palabras de: "Pará, si el que estudió fui yo, el que sabe soy yo", me quitó el peso de saber que si me sentía mal no era culpa mía, que si tenía ganas de suicidarme, él lo iba a cambiar, que si me sentía así era por algo que él, aunque no lo supiera, iba a intentar arreglar.
Lo que yo propondría es que el psicomédico se acerque al paciente sin miedo de contagiarse, ya que el lugar del médico y el del paciente están predeterminados por la realidad. Además, tendrían que ser sinceros y reconocer que si una persona acude a ustedes es porque no está entera, porque de algo carece, algo precisa; está pidiendo ayuda y no a un amigo sino a un tercero que sólo conoce porque alguien se lo recomendó por lo buen médico que es.
Una vez que Ricardo me enseñó que la enfermedad quedaba a su cargo, yo sentí alivio, no sentía pesar y, quieran o no, era ya un problema menos.
El otro momento que atesoro es cuando mi querido Dr. Ricardo Sardi me dijo que era un intercambio: yo le entregaba la responsabilidad de la enfermedad pero yo tenía que cumplir con una condición, que era no intentar suicidarme esa noche hasta que el me viera al día siguiente, pero no fue sólo un trueque sino que me pidió que le diera mi palabra de honor. "Esa" es una responsabilidad que puede llevar en las espaldas un paciente con ganas de suicidarse y que no valora la vida: "Dame tu palabra de que no te vas a suicidar hasta verme."
¿Por qué la puede llevar un paciente que se va a suicidar? Porque yo sólo pensaba en el día, para mi no hay futuro, por lo tanto, tener una meta que cumplir, no a largo plazo, sino hasta mañana, es algo importante ya que nadie confía en una persona que desea morirse. Muestra cuanto interés tiene el paciente en mejorar, y ustedes le dan el sentido de la vida sólo por un día... Y, aunque ustedes no lo crean, eso ¡¡¡produce el mismo efecto que el clonazepan!!!
En las sesiones siguientes, las cuales no recuerdo cronológicamente, fui aprendiendo otras cosas como, por ejemplo, que en determinados momentos era mi querido Dr. Ricardo Sardi el que hablaba y yo la que escuchaba. ¿Qué aprendí de eso? Que si un psicomédico vive haciéndote hablar de lo que no pudiste resolver en la semana, lo único que uno se lleva es saber que sólo no pudo y establecer que en ese lugar y con esa persona sólo se hablan los problemas. Con Ricardo no fue así, las sesiones concluían cuando no había más para hablar, no se habla solo de los problemas sino que se revaloriza lo bueno, lo que el paciente consiguió; no sólo lo que no pudo lograr. Por lo tanto, mi idea de ir a terapia con Ricardo es ir a contar aquello que no podía hacer y finalmente logré hacer, y no a llorar lo que no logré. ¿Que aprendí?: que la vida uno puede verla de varias maneras y a través de varios cristales. Uno es el que tiene que elegir cuál es el que lo llena, cual es que lo deja satisfecho y completo.
Ricardo me propuso leer libros de Frankl los cuales me los devoré. Esto me sirvió para ver que mi idea de suicidio no era muy original que digamos y que personas en circunstancias penosas y peores las habían tenido y las habían concretado. Otras las habían tenido y algo se los impidió, y otras ya tenían algo que hacía que ni siquiera se lo preguntaran. Por lo tanto lo que aprendí es que la religión, las creencias, están íntimamente relacionadas con los valores y éstos son el alimento del espíritu. Por lo que, si uno rompe con los valores, creencias, principios ínsitos en uno mismo, se autodestruye; por lo que es coherente que si lo que creés, no coincide con lo que pensás, con lo que sentís, y fundamentalmente con lo que hacés, inmediatamente aparece latente la idea del suicidio, porque en algo te traicionaste.
Esto me lo fomentó Ricardo. Cuando yo le pregunto si podía ir a un sacerdote y le explico que la psicóloga y psiquiatra que me veían antes me dijeron que no podía porque, por mi tipo de personalidad, me iba a afectar en forma negativa, él me explicó que no era así y, con la ayuda de Frankl, me hicieron revalorar que el espíritu necesita alimentarse y el lugar donde uno lo alimenta es indeterminado. Puede ser en un paisaje, en una iglesia, en la casa con los papás, con el novio, con los compañeros, a través de los valores que pone en práctica, etc.
Conclusión, son los valores los que pierde un suicida, por algo se rompe con el innato sentido de preservarse y perpetuarse. Y, lamentablemente, los valores que nos mantienen a salvo de una depresión o de un suicidio son los que "no se usan ahora". ¿Cuántas veces oimos: "te doy mi palabra de honor"? Pocas. ¿Cuántas veces me la piden? Ninguna. ¿Cuánto vale el honor de una persona? Tanto que ya nadie la da.
Otro valor que aprendí es el de la religión. Porque sin llegar al fanatismo, es el ámbito donde hoy se puede encontrar, con esfuerzo y con sus falencias (no lo niego), principios, valores, reglas de moral y buenas costumbres, que son necesarias para el hombre. Sin embargo, hoy las menospreciamos con dichos como: "hay que ser independiente en todo aspecto y con relación a toda persona", "la iglesia es una porquería", y otras cosas que escuchamos a diario. Pero no hay que olvidar que hay instituciones que se crearon debido a necesidades básicas del ser humano y, si se pierden o desvalorizan, otra debe cumplir el rol que la última dejó.
Mis psicomédicos anteriores me dijeron que los abrazos, cariños y mañas de mis padres eran malos psicológicamente para mí debido a que no se rompe el cordón. Y el tema es que no nací de un repollo, necesito afecto, necesito que me digan que me quieren, necesito que me digan "por favor"; necesito que me digan "gracias", necesito amor. Y depender del amor no me hace menos independiente. No entiendo cual es la teoría de ver todos los problemas que sufrimos de chicos, si ya crecimos y tenemos que aprender a amarnos con los defectos y con las virtudes; lo que implica necesariamente aprender a pedir perdón.
Bueno, todos esos son valores, principios y creencias que perdí mientras me encontraba enferma. ¿Cómo los recuperé? Cuando cada vez que llegaba a la sesión con mi querido Ricardo él me abrazaba, demostrándome amor. Cuando me dijo: "Dormí con tu mamá, aunque tengas 29 años y que te haga mañas... Ya vas a ver, sola vas a poder irte a dormir a tu cama".
¿Adivinen qué? Ricardo tenía razón, mi padres cometieron errores cuando yo era chica y no los acepté, ni los perdoné hablándolos desde la razón con mis psicomédicos sino que los perdoné cuando me di cuenta que el amor todavía valía y existía como cuando era niña, sabiendo en todo momento que tenía 29 años y, como me dijo Ricardo, no tuvo nada de malo... Hoy duermo sola.
En los primeros momentos de la terapia yo seguía con ideas de muerte, se lo conté a Ricardo y yo pensé que la solución era subir la dosis de medicación como ocurría con la otra terapia. Para mi sorpresa, Ricardo me dijo: "Bueno, cuando tengas ganas de morirte, andá a caminar y seguí pensándolo. Decí: Sí, tengo ganas de morirme. Así, solas, se van a ir yendo."
Y, efectivamente, no recuerdo el día, pero ya no las tengo más porque como dice el cuento de Ricardo, mientras uno piensa que no tiene que pensarlo, más lo piensa. Que paradójico es el cerebro del ser humano...
Yo me sentía muy abrumada con el diagnóstico de mis ex psicomédicas quienes habían dicho que yo era muy impulsiva, hipersensible, extremista y otros calificativos que no recuerdo. Consternada fui un día y le pregunté a Ricardo cómo podía cambiar eso, como podía controlarlo. Hoy me río, pero en ese momento, era la fórmula para sentirme mejor. Ricardo se puso a hablar y me dijo que sí, que yo podía ser así, pero que no era un problema, que quizás a mí me afectaban cosas que a los demás no, pero que eso era algo mío y que no era malo sino que me veía como una idealista. Yo no entendía. El sigue hablando y continuó diciendo: "San Martín fue un idealista y mirá quién es hoy, un héroe" ¿Que aprendí, qué me enseñó? Que no importa con qué defectos y piojos uno venga al mundo, lo importante es aprender en qué campos sembrarlos, regarlos y cultivarlos para que los frutos que den sean los que llenen el espíritu.
Quiero concluir dejando en claro ciertos puntos:
- ü el psicomédico de hoy tiene que saber que el hombre de hoy se encuentra desvalorizado porque no hay valores, principios y creencias que se puedan sostener con libertad sin que uno quede como un tonto frente a la sociedad de hoy. Es necesario que el psicomédico sepa que la angustia de hoy del paciente es por la falta del cumplimiento de un valor en el pasado, motivo por el cual tiene que curar el alma, el espíritu (o el nombre que le quieran otorgar) ya que el ser humano está desesperado por obtener la contención que no encuentra ni siquiera en la familia, debido a que la misma se ha ido desmembrando. Tampoco la encuentra en el trabajo, porque el que no corre, vuela; ni tampoco en la iglesia porque el sacerdote lo patea al psicomédico y el psicomédico sólo medica.
En cambio, la logoterapia no sólo le dio contención a mi alma dándole valores, sino que además le proporcionó herramientas ajenas al consultorio como la religión, la familia, los compañeros.
- ü el psicomédico no debe pretender que el paciente se haga independiente como persona sin que él mismo aprenda a saber cuáles son las necesidades básicas. Y mal que les pese, el ser humano necesita ayuda y tiene que pedirla, el ser humano necesita amor y tiene que pedirlo, el ser humano necesita saber que no puede controlarlo todo sino que se cometen errores y que lo bueno es que quedan en el pasado y se puede revertir en el futuro. El ser humano no puede "hacerse cargo" como dicen. El ser humano tiene que aprender a vivir con la realidad de que no puede hacerse cargo de todo por lo que tiene que pedir ayuda y no por eso deja de ser él quien logra sus objetivos.
- ü el psicomédico debe ser lo suficientemente profesional para saber cómo él considera que está formado el ser humano. Y tiene que ser lo suficientemente sabio para descubrir cómo el paciente considera que está conformado.
Y, como conclusión final, quiero responder la pregunta del millón, los elementos de la logoterapia que me ayudaron a volver a estar entera son todas aquellas cosas en las que nombré a mi querido Dr. Ricardo Sardi. El estudió y se especializó en logoterapia y se hizo cargo de mi enfermedad. Yo solo aprendí de él que el mundo es el que está loco y que el propósito de mi vida es aceptar los errores que cometí, sabiendo y disfrutando que, gracias al Dios que me da la vida, quedaron en el ayer. Que vivo el hoy con las herramientas del pasado y que mi futuro no se encuentra en mi control sino que sólo puedo bosquejarlo con las decisiones que tomo hoy, basadas en mis valores, principios y creencias. Porque¨, en la medida que no las rompa, ni quiebre, ni las transgreda, voy a permanecer entera en caso de que Dios disponga algo distinto de lo que bosquejé.
Me preocupo y me ocupo de lo que puedo, lo mejor que puedo. Todo aquello que queda fuera, me abandono a Dios y a todos aquellos a los que amo y me aman. Porque, al final del día, cuando me acuesto en la oscuridad de la noche y en la soledad, lo que me regocija son los besos que recibí, los "te quiero", los saludos en las mejillas, las sonrisas... Y eso no viene del cerebro que está cansado de pensar, ni viene del cuerpo que está cansado de trabajar, viene del soplo de Dios llamado alma, que nos mantiene vivos y con la esperanza de decir: "Mañana, cuando me levante...".
Verónica
El presente posts ha sido publicado en el libro "Logoterapia en acción - Aplicaciones Prácticas"Saenz Valiente, Sofía (coord.) Ed.San Pablo